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ABC VIERNES 7 s 9 s 2007 Adiós al tenor de la voz de oro CULTURAyESPECTÁCULOS 73 REACCIONES Bono Cantante James Levine Director musical del Met Romano Prodi Primer ministro de Italia Zubin Mehta Director de orquesta Era un volcán que cantaba fuego, que derramaba amor por la vida. Era muy divertido y le gustaba divertirse. Le llamábamos la Pavlova Su voz era tan hermosa y su interpretación tan natural, que su canto hablaba directo a los corazones del público, supieran de ópera o no Uno de los mayores logros del tenor fue el de haber mostrado al mundo el verdadero rostro de nuestro país Soy feliz de haber hecho tanta música junto a él: ópera, conciertos, discos. Pavarotti tenía un aura especial, emanaba energía positiva Tutto fuera de la escena Pocos cantantes de ópera han traspasado la frontera de ese reducido universo para convertirse en personajes populares. Pavarotti fue uno de ellos: desde sus problemas con el fisco hasta su enamoramiento otoñal, su vida estuvo siempre en el disparadero JULIO BRAVO MADRID. Durante unas clases magistrales abiertas al público hace unos años, un espectador le preguntó a Pavarotti cuál era el piropo que más le había gustado de cuantos le habían dedicado durante su carrera. En una ocasión- -dijo sin dudarlo y entre risas- un hombre se tropezó conmigo en la calle y me dijo: Perdone, no le había visto Además de definir el excelente sentido del humor del cantante, la anécdota revela una de las constantes de Pavarotti; siempre fue un hombre rebosante, excesivo. Tanto dentro del escenario, donde durante décadas demostró ser uno de los más grandes, como fuera de ella. Ya en 1968, la retransmisión por televisión de La bohème que Pavarotti cantó en el Met de Nueva York tuvo una audiencia masiva (alguien dijo que ese día había visto la ópera de Puccini más gente que en todas sus representaciones anteriores) y convirtió al cantante en un fenómeno, especialmente en Italia y Estados Unidos. Fue el artista clásico (junto a Maria Callas) que más discos vendió; cerca de cien millones de unidades. Junto a Plácido Domingo y José Carreras, formó el trío más rentable de la historia de la ópera: los tres tenores, una marca registrada que aumentó sensiblemente las arcas de los tres. Adua, su primera mujer, se reveló como una magnífica empresaria e hizo de Pavarotti (de lo artístico ya se ocupaba él, y muy bien) una saneada marca. A pesar de DEL PAÑUELO EL DIVINO HOMBRE Con Luciano Pavarotti se marcha una época de oro para la ópera. Sin Pavarotti el mundo de la lírica es menos brillante, menos popular, y, sobre todo, mucho menos divino POR PABLO MELÉNDEZ- HADDAD BARCELONA. Pavarotti en realidad no era un hombre persiguiendo a un pañuelo pero él, clarividente y experto en marketing, conocía muy bien aquello del valor de la imagen. La suya fue la del tenor por excelencia: alto, gordo, embutido en su frac, con las cejas delineadas en exceso y emitiendo unos sonidos fascinantes. Desplazó, en el mundo de la lírica, a la del típico tenor bajito y rollizo, acomplejado, desmitificando con posados excéntricos, con camisas de colores o saliendo de la piscina en toda su enormidad. Sus regímenes para adelgazar llegaban hasta las revistas de cotilleos, lo mismo que sus aventuras y desventuras amorosas: muy a su pesar, llegó a ser noticia por todo lo que hacía, convertido, más que en personaje público, en auténtica celebridad. Pavarotti, a finales de la década de los setenta del pasado siglo, era considerado en Estados Unidos como el tenor más grande del mundo debido a esa popularidad que lo llenó de una luz que más tenía que ver con Hollywood que con el escenario. Incluso explotó cierto lado sexy que contribuyó poderosamente a esa popularidad- -y a pesar de los 120 kilos que pesaba cuando estaba en la cima del éxito- empapado en una dulzura, una alegría y una ternura únicas que lo convertían en el más cercano a la gente corriente. Su éxito de ventas Tutto Pavarotti -llegaron a confundir su nombre con el de Tutto- -mezclado con su presencia en las giras de los Tres Tenores, con las que ganó varios millones de dólares, fue la traca final de una carrera modélica. Pero tras esa fachada consagrada en películas de dudosa calidad y ajenas al mundo operístico estaba uno de los mejores tenores líricos de la historia, aquel que hacía sentir a quien le escuchara- -en disco o en directo- -que cantaba sólo para él. Hijo de un panadero de Módena amante de la ópera, debutó en 1961 como Rodolfo- -un papel que haría suyo durante décadas- -en Reggio Emilia, principio de una trayectoria que ganaría fama internacional desde su temprano debut en el Covent Garden de Londres reemplazando a Giuseppe Di Stefano, también como Rodolfo. Sus giras junto a la soprano Joan Sutherland consolidarían una de las parejas líricas más poderosas de la época, cantante de la que más tarde confesaría que había aprendido incluso a respirar. En 1965 llegaría La Scala, en 1967 San Francisco y en 1968 el Metropolitan de Nueva York, desde donde nacería una fructífera competitividad con el otro tenor del momento, Plácido Domingo. A partir de entonces todo en él sería públicamente comentado, desde sus errores en el repertorio- -con su Radamés Aida medio mundo lírico se echó las manos a la cabeza- -hasta esos recitales con los que ganó millones al ser el mejor pagado desde los tiempos de Adelina Patti, fórmula que le permitía saltarse los honorarios máximos por función impuestos por los teatros de ópera. En esas veladas fue donde su pañuelo gigante se asociaría a su voz prodigiosa, única, completamente reconocible, aquella que seguirá cantando Nessun dorma por toda la eternidad. Con Luciano Pavarotti se marcha una época de oro para la ópera. Sin Pavarotti el mundo de la lírica es menos brillante, menos popular y, sobre todo, mucho menos divino. El tenor, con Nicoletta Mantovani y la hija de ambos, Alice ello, no pudo evitar tener que acudir a los tribunales bajo la acusación de haber evadido el pago de impuestos por un valor de más de 15 millones de euros entre 1989 y 1995; el tenor se defendió y aseguró que había actuado de buena fe. Finalmente, pudo resolver el problema al pagar a la Justicia italiana 25.000 millones de liras. Amante del juego- -Carreras alabó ayer su talento para el póker- -de la buena mesa (especialmente de la pasta) y del buen vino, el que fuera su manager durante más de treinta años, Herbert Breslin, desveló en su libro El rey y yo (lleno de vitriolo, venganza y malos modos) su pasión por la comida: No es solamente que le chifle comer; es que le encanta oler a comida, tocar la comida, ABC Mesa, vino y viagra preparar comida, pensar en la comida, hablar de la comida... Esta obsesión era similar a la que sentía por su peso, que le llevó a iniciar una y otra vez regímenes de adelgazamiento. No fue un hombre escandaloso, pero fue imposible que evitara a la prensa del corazón cuando, después de más de treinta años de matrimonio, se enamoró de su secretaria, Nicoletta Mantovani, treinta años más joven que él. Una fotografía tomada en los Barbados, que mostraba a la pareja besándose, precipitó el divorcio de su primera mujer, Adua, en 1996, dejó al tenor las puertas abiertas para una relación y una posterior boda que generó muchas críticas. Él nunca hizo caso de ellas- se ve que somos muy felices y mostraba su sentido del humor al mostrarse partidario de la viagra.