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70 CULTURAyESPECTÁCULOS Adiós al tenor de la voz de oro VIERNES 7 s 9 s 2007 ABC REACCIONES Royal Opera House Convent Garden (Londres) Franco Zefirelli Director de escena y de cine Mirella Freni Soprano Plácido Domingo Tenor Era uno de esos raros artistas que influyó en todos los ámbitos. Con sus conciertos y grabaciones elevó el poder extraordinario de la ópera Hay tenores y luego está Pavarotti. Adoraba la música y la abordó en su globalidad: de la canción a la lírica, pasando por la opereta Hemos perdido un gran tenor, un gran cantante, pero yo también he perdido un gran amigo. Es un momento muy duro y muy triste Siempre admiré la gloria divina de su voz, ese timbre inconfundible y especial. También amé su fabuloso sentido del humor Un gran exhibicionista Pavarotti camina hacia la eternidad con sus caprichos. Ellos le permitieron convertirse en un fenómeno de masas como no ha existido otro en la historia lírica POR ALBERTO GONZALEZ LAPUENTE MADRID. Sin saberlo, hace pocos años que Luciano Pavarotti escribía su epitafio: Sólo soy un exhibicionista, soy sólo una voz Aún no le habían diagnosticado el cáncer de páncreas, pero anunciaba su retirada. Comenzaba su última gira, Worlwide celebration farewell con parada en España, en Santiago de Compostela. La declaración se recogió junto con otras jugosas singularidades sobre la personalidad del cantante. Pavarotti era supersticioso, coqueto, fiel a su imagen barnizada de juventud y a los pañuelos de Hermés, degustador impenitente de pasta italiana, vino de Marsala y helados de Módena, caprichoso, comprador convulsivo, generoso con los íntimos, conquistador y, en consecuencia, infiel. Ya se sabía. Quien fuera su secretario durante treinta y seis años, Herbert Berslin, fue uno de los primeros en chismorrearlo con profusión de detalles. Escribió que en ese tiempo a su lado debió ganar y perder más de 2.500 kilos, que en su equipaje nunca faltaba una maleta atiborrada de pastillas y que entre las muchas y variopintas supersticiones que le obsesionaban estaba la de encontrar un clavo torcido camino del escenario, algo que sus más cercanos colaboradores se encargaban de satisfacer. Pavarotti vivía atrapado por un personaje con el que todo adquiría dimensiones extraordinarias, era un exhibicionista. En este momento Pavarotti camina hacia la eternidad al lado de sus caprichos. También ellos le permitieron convertirse en un fenómeno de masas como no ha existido otro en la historia de la ópera. Ni el idolatrado Farinelli ni el gran Enrico Caruso, por citar a dos abanderados en la antigua y la moderna historia del canto, alcanzaron un reconocimiento social de semejante proporción más allá de la limitada periferia del escenario de un teatro. Con Pavarotti se sublimó un fenómeno no igualado ni por sus más cercanos contemporáneos. compañeros. Verdad o mentira, siguieron otros conciertos similares, algunos benéficos, otros bien remunerados al lado de artistas del jazz, el rock o la música étnica, especialmente los titulados Luciano Pavarotti and friends abiertos a la participación de Sting, Elton John, Bryan Adams o el vocalista de los U 2, Bono. Pero el fenómeno Pavarotti es mucho más. También en 1990 aparece el superventas Tutto Pavarotti recopilación de momentos estelares como cantante de ópera. Para entonces había grabado la totalidad de las obras de su repertorio, algunas dos veces, y alcanzaba la plenitud vocal tras casi tres décadas de recorrido profesional sin significativos tropiezos. Este disco descubrirá al mundo entero que la ópera contaba con una voz prodigiosa, sutil, cálida, mediterránea. Su mejor coartada. Pavarotti siempre hará valer la excelencia de un timbre único, algo que es obvio en las grabaciones e indiscutible para quienes recuerdan a una de las bellas voces nunca escuchadas en directo. Homogénea, compacta y apoyada en una técnica que se prodigaba sin aparente esfuerzo incluso cuando la torpeza física, mezcla de artritis y sobrepeso, era manifiesta, toda ella sonaba exhalada a flor de labio, acariciando los sonidos, alargada en amplios fiati capaces de construir una emisión de embaucador legato de prolongadas y elegantes frases sin ruptura. Talento y hedonismo Pavarotti, en el concierto de los tres tenores celebrado en Pekín en 2001 AFP Trío de ases El tenor y España Pavarotti entra en España por el Liceo de Barcelona. El 16 de noviembre de 1963 canta una única función de La traviata al quedar completamente afónico. Volverá en 1971 para protagonizar La Bohème y Lucia di Lammermoor En la plenitud de su carrera, en 1989, ofrece un recital para el que el Liceo ha de ampliar el aforo hasta las 4.000 localidades. Ese mismo año se llega a ofrecer hasta un millón de pesetas por un palco para escucharle L elisir d amore que suspende. Pavarotti se despide de Barcelona, en 1997, en concierto de Los tres tenores en el Camp Nou. En Madrid se presenta en mayo de 1970, en una apoteósica Bohème junto a Mirella Freni en el Teatro de la Zarzuela. Vuelve, en 1974, protagonizando Un ballo in maschera al lado de una arrebatadora Ángeles Gulín. Lo que sigue tiene otra dimensión. En 1990 ofrece un recital en el Palacio de Deportes y al poco otro en el Auditorio Nacional. Ocho años después son Los tres tenores los que actúan en el Teatro Real con motivo del 60 cumpleaños del Rey. Anunciado para el homenaje a Alfredo Kraus que organiza este teatro en 2000, no asistió provocando un notable escándalo. Bilbao y Oviedo conocen a Pavarotti en 1970. Por entonces ambas ciudades hacen una programación de ópera paralela. Manon en italiano, y L elisir d amore son las primeras obras que se le escuchan. Pero en Oviedo es necesario suspender la primera por indisposición de Mirella Freni. La compensación llega días después. Tras L elisir se regala el segundo cuadro del acto tercero de Manon Lescaut completando una función que acaba a las 4 de la mañana. En 1971, Pavarotti protagoniza La fille du regiment y, en 1978, volverá con Luisa Miller Todo ello antes de la despedida española, en 2004, en un concierto multitudinario en Santiago de Compostela. No llegó a celebrar el de Toledo. Siempre habrá un punto de estricta profesionalidad en la inteligente discreción de Plácido Domingo, como es prudente y hasta inevitable la fama alcanzada por José Carreras o no acabó de cuajar el afán de aplauso multitudinario al que Alfredo Kraus ponía trabas con la boca pequeña. Precisamente, en Roma, coincidiendo con el mundial de fútbol de 1990, Pavarotti se unió a los dos primeros en el primer concierto de los Tres tenores organizado tras la enfermedad de Carreras. Dicen que no fue una actuación millonaria, al menos no en la medida que podría haber sido pues cada uno cobró 300.000 dólares pero ningún royalty por la venta de la grabación. Malas lenguas explicarían después que Pavarotti, quien desde 1973 sabía bien lo que eran los macroconciertos, logró posteriormente un acuerdo económico a espaldas de sus Ni el idolatrado Farinelli ni el gran Enrico Caruso, por citar a dos abanderados en la antigua y la moderna historia del canto, alcanzaron un reconocimiento social de semejante proporción