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74 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos JUEVES 6- -9- -2007 ABC En la ciudad de Sylvia y en la de Bach Guerín presentó su película a competición en Venecia, y Pere Portabella la suya en la Sección Orizzonti E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL VENECIA. Es más raro ver a un cineasta consecuente que a un vegetariano cazando perdices. Todos, hasta los más plastas, aseguran que su intención es entretener, llegar, aunque luego hagan todo lo posible porque te crezca la barba viendo sus películas. José Luis Guerín sí es un cineasta consecuente, que dice lo que hace y que hace lo que dice. Ayer se presentaba en la competición En la ciudad de Sylvia una película de una sencillez casi inaceptable y con muy poco más allá de lo que se ve: un hombre que busca y sigue a una mujer, o el recuerdo (o el fantasma) de una mujer. Y este ser consecuente también alcanza a Pere Portabella, que presentaba en la Sección Orizzonti El silencio antes de Bach Jornada curiosa, pues, del cine español en el Festival de Venecia. No hubiera venido mal la compañía de Santiago Segura, o de su Torrente. La película de Guerín pretende defenderse con ese nimio argumento de los ojos de un hombre y el rostro, el aire, de una mujer, y la cámara no se sale de esa intriga: rostros, gestos, esbozos en hojas de papel (el hombre es dibujante o pintor) calles de una ciudad, Estrasburgo, sus habitantes, sus rótulos, pintadas, deseos, espejos... y en eso consiste una trama que se explica, sólo, mediante el estado de ánimo que la provoca, profundamente primaveral, ingenuo, optimista, ardoroso, erótico, y que es, en el fondo, lo único que diferencia ésta de una vieja película de Bresson con la que está livianamente emparentada, aunque sólo sea por el corte del personaje y el título, Cuatro noches de un soñador (basada, la de Bresson, no ésta, en Las noches blancas de Dostoievski) Y el hecho de que Guerín confiese ahora su fascinación por La mirada de Michelangelo o sea, por Antonioni y su último y genial trabajo, no es más que un azar entre mirones. Debe de haber tantos modos de sentarse y ver esta película como rostros de mujeres salen en la pantalla. Se puede estar ante ella como en la terraza de ese bar y dedicarse pacientemente a ese indiscreto modo de mirar, espiar, soñar, que la vida Pilar López de Ayala, en la playa del Lido de Venecia, antes de la presentación de En la ciudad de Sylvia real no nos permite, al menos sin molestar a los demás. Se puede ser impaciente, pedirle a la cámara que nos cuente algo, que nos muestre más. Se puede, igualmente, participar de la intriga que sugiere al tener ese título: ¿Cuándo aparecerá el rostro de Sylvia? ¿Cómo? Detrás de unos cristales, con el reflejo de la ciudad enturbiando su cara, aparece Pilar López de Ayala, pero tal vez ella no sea Sylvia. La seguimos. ¿La perdemos? ¿Se acercará el soñador? ¿Se romperá el hilo? ¿Había, acaso, hilo? Como ven, nada o casi nada que te obligue a saltar en la butaca; bien: puede estarse uno tranquilamente en ella, observando, sin molestar ni molestándose, en el mero quedarse con lo que sugiere un gesto, una mirada, un cartel, un vendedor de flores, un inmigrante, unos bocetos en un cuaderno que podrían querer ser una historia, pero que no lo son. En la ciudad de Sylvia es una película de Guerín, pero si alguien se esfuerza también puede apropiársela, hacerla completamente suya, porque allí está, en la pantalla, con todo por hacer. Y de Estrasburgo, a Dresde, o Leipzig, o a cualquier terreno real o simbólico desde el que enfocar bien el Juan Sebastián Bach que propone Pere Portabella en El silencio antes de Bach una película impresionista que sólo te ofrece la figura si se mira a la distancia justa; más cerca, colores, música; más lejos, confusión, ruido. Portabella, como Todd Haynes para retratar a Bob Dylan, huye de la biografía y de la historia para instalarse en lo puramente químico: de la mezcla de esencias habrá de surgir el olor del personaje, y a ello con- EFE En la ciudad de Sylvia es una película de Guerín, pero si alguien se esfuerza también puede hacerla completamente suya, porque allí está, en la pantalla, con todo por hacer tribuye tanto un camionero como Mendelssohn, que lo descubrió o un guía turístico como el hijo de Bach o un afinador de pianos ciego. Un collage en el que lo visual no encaja como un puzzle, sino que se solapa, se completa y hasta se repele, y lo musical le proporciona, en cambio, el sentido narrativo, la continuidad, como si se oyera, en vez de verse, un caleidoscopio de Las variaciones Goldberg El resultado final de El silencio antes de Bach es una sensación extraña, como si Portabella quisiera llegar con el personaje, o mediante su música, a una idea presente y finisecular de Europa, como si se hubiera quedado con ganas de titularlo El silencio después de Bach