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68 CULTURAyESPECTÁCULOS LUNES 3 s 9 s 2007 ABC El palacio moscovita de Tsarítsin. En primer plano, los cimientos de la primera construcción que no gustó a Catalina II y ordenó demoler ABC Putin concluye la obra de la zarina El presidente ruso recupera en Moscú uno de los conjuntos palaciegos más bellos del país s Culmina así la obra que la emperatriz Catalina II dejó inacabada hace 231 años RAFAEL M. MAÑUECO CORRESPONSAL MOSCÚ. El palacio moscovita de Tsarítsino empezó a construirse por orden de la emperatriz Catalina II en 1776. El edificio quedó a medias tras la muerte de la zarina en 1796, y con el paso del tiempo quedó reducido a ruinas. Ninguno de los zares llegados después al trono se decidió a continuar la construcción como tampoco lo hicieron los comunistas tras la revolución de 1917. Algunos de los pabellones del complejo fueron habilitados para albergar viviendas o la sede de algún organismo en la época soviética. Borís Yeltsin, bajo cuyo mandato reaparecieron muchas joyas arquitectónicas que los bolcheviques dinamitaron sin piedad, tampoco hizo nada por recuperar aquel monumento histórico inconcluso. El parque de Tsarítsino, palabra rusa que significa lugar de la zarina ha estado abandonado hasta hace pocos años y era uno de los lugares preferidos de reunión de drogadictos, amantes de lo gótico, punkis y otras tribus marginales. El contorno de sus desconchadas paredes de inspiración gótica se dibujaba entre los árboles y la maleza, ofreciendo un fantasmal espectáculo al caer el sol. Los moscovitas lo llamaban nuestro coliseo por su aparente similitud con las ruinas romanas. Sin embargo, una señora que vive en una casa cercana al parque piensa que aquello era un basurero Y así fue hasta que el presidente Vladímir Putin decidió culminar lo que empezó Catalina II- -la Grande- -hace 231 años. La reconstrucción comenzó en 2005 y ha incluido no sólo el palacio principal, sino otro más pequeño, las cocinas, numerosos pabellones, una enorme galería que une los edificios, una iglesia, las puertas de acceso al parque, tres puentes y la remodelación de todo el parque, de estilo inglés que es como lo diseñó Francis Reed. Todo se ha hecho respetando el proyecto original de los arquitectos rusos Vasili Bazhénov y Matvéi Kazakov La residencia real en Moscú seguía siendo el Kremlin, aunque los zares poseían además alguna que otra mansión en lugares pintorescos de los alrededores. Pero a Catalina II no le gustaba ninguno de esos palacios y decidió construirse uno propio. El lugar elegido para ello fue una enorme y bella finca llamada Lodo Negro que después adquiriría el nombre de Tsarítsino. La idea era erigir un conjunto palaciego equiparable en suntuosidad a los existentes en San Petersburgo, pero no de estilo francés- -imperante en la época- -sino ruso. El proyecto de Bazhénov incluía elementos de la arquitectura rusa, pero lo que más sobresalía eran los arcos ojivales góticos. La mezcla de estilos no pudo evitar la influencia francesa. Catalina II dio el visto bueno y los trabajos comenzaron en 1776. En 1785, cuando Bazhénov había casi terminado las obras, Catalina II se trasladó a Moscú para ver como estaba quedando. A la emperatriz, famosa por sus caprichos y lances amorosos, no le gustó nada lo que vio. Las habitaciones le parecieron demasiado pequeñas y consideró detestable que el arquitecto colocara símbolos masones por toda la fachada. Él mismo era miembro de una logia masónica, organización secreta que, pese a todo, llegó a su mayor florecimiento en Rusia precisamente durante el reinado de Catalina II. Bazhénov fue sustituido por otro arquitecto y se ordenó la destrucción total del palacio principal. Sobre sus cimientos surgió el que diseñó Kazakov, cuya construcción se detuvo definitivamente después de la muerte de la emperatriz. No obstante, otros edificios menores fueron casi terminados e incluso en años posteriores fueron utilizados como colegios, comercios, organismos públicos o viviendas. Putin ha materializado ahora el sueño que Catalina II nunca pudo ver hecho realidad. Los palacios y el parque de Tsarítsino abren hoy sus puertas al público en el marco de las fiestas conmemorativas del 860 aniversario de la fundación de Moscú. Será escenario de muchos de los eventos programados por la alcaldía moscovita para el fin de semana. El resultado final puede calificarse de espectacular. Putin ha rescatado del deterioro y el olvido otros edificios históricos, como el palacio de Constantino, en las afueras de San Petersburgo, que fue sede de la cumbre del G 8 en 2006. Abandonado hasta hace pocos años, era uno de los lugares preferidos de reunión de drogadictos CLÁSICA Quincena musical Obras de Brahms, Debussy y Stravinski. Int. Orfeón Donostiarra, Orquesta de París. Dir. Christoph Eschenbach. Lugar: Auditorio Kursaal, San Sebastián. Fecha: 30- VII Fuerzas de la naturaleza ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Afortunadamente, el espíritu de la vieja Europa sobrevive ajeno a alianzas e incendiarios. La capital francesa, por no ir más lejos, se atrinchera entre perfumes, mares ordenadamente agitados y primitivas danzas rituales. No hay más que oír a la Orquesta de París, que así ha querido explicarlo en uno de los conciertos finales de Quincena Musical donostiarra de este año. Fue placentero comprobar cómo el esfuerzo se volvió naturalidad ante los pictóricos sonidos de Debussy, ya fueran algunas de esas Images ante las que hay que sentir cierta ternura viendo a Falla tomar apuntes del Jour de fête ya ante La mer cuya tensa y recogida calma inicial demostró, mejor que ningún otro momento, cuánto de bueno cabe encontrar en esta orquesta. Este detalle es importante. Con la música francesa en el atril, también con el ardiente fulgor de la siempre apabullante Consagración de la primavera stravinskiana, la Orquesta de París supo reencontrarse a sí misma y, de paso, justificar la presencia del maestro Christoph Eschenbach en el podio. El día anterior ambos quisieron dedicarse a Brahms dejando la duda de por qué aquél que tiene a su mando una número uno co- mo la de Orquesta de Filadelfia decide aventurarse a trabajar con una más como la francesa. No hay en esta una calidad sonora que la haga distinguirse de la media, tampoco un plantel de instrumentistas contundente (el indulto llegaría más tarde, con Stravinski) Si se hizo una primera sinfonía bien armada fue gracias a que Eschenbach propuso ímpetu retórico y bullir interior a una orquesta que es obediente pero incapaz de añadir encanto al discurso. Lógicamente, la relación con el Orfeón Donostiarra, puestos a comenzar cantando Nanïe y Schicksalsied fue imposible. El coro es tan fiel a sí mismo que sólo anhela flotar por la exquisitez decorativa de la música dejando de lado el acento del drama. Y, ante esto, la orquesta se mostró distante y espesa. Esperaba, y Eschenbach lo sabía, a que llegara la hora de danzas y océanos. 860 Aniversario de Moscú