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ABC LUNES 3- -9- -2007 Veinte años del incendio de Almacenes Arias MADRID 45 AL DÍA Manuel de la Fuente ALMA EN CUERPO Y Emeterio García, Marcelino Sierra, Alfredo Reyes y José Gómez, bomberos que vivieron la tragedia de Almacenes Arias sos, años después, cuando escuchaban las sirenas que dan aviso de algún servicio. Los más veteranos intentan inculcarle a los recién llegados lo que aprendieron de aquel terrible suceso. Sin embargo, saben que el cuadro con las fotos de los diez compañeros fallecidos que preside el parque no causa en las nuevas generaciones el mismo efecto que en ellos. Los jóvenes miran las viejas fotos descoloridas por el sol con la misma distancia que ellos, en sus primeros tiempos, observaban el recordatorio de los cinco bomberos muertos en Vallecas en 1956. Según los bomberos, las autoridades parecen no haber aprendido de la catástrofe. No se ha avanzado los suficiente en materia de seguridad. Parece que la pérdida de diez vidas humanas no ha servido para nada, y eso nos duele más afirma Marcelino. Estos cuatro bomberos, igual que otros que vivieron de cerca la tragedia, mantienen vivo el recuerdo de los compañeros fallecidos. Los recuerdan porque quieren hacerlo y porque saben que, cuando alguien se juega la vida cada día junto a ellos, deja de ser un compañero para convertirse en una parte fundamental de sus vidas que hace veinte años perdieron para siempre. Vete de aquí, enano le dijo uno de los compañeros fallecidos minutos antes de que se cayese el edificio No se ha avanzado lo suficiente. Parece que la pérdida de vidas humanas no ha servido la del desplome. A él le correspondió el triste honor de coger entre sus brazos al último de los rescatados, Madueño, el que más conocía de todos Su compañero, Alfredo Reyes, llegó de madrugada al lugar de los hechos. Hasta que no salí de allí por la mañana y vi, con la luz del día, las vigas dobladas en forma de herradura, no fui realmente consciente de lo que pasaba lamenta Alfredo. El Parque de Usera no fue el más castigado por la catástrofe de Almacenes Arias. Allí sólo sufrieron la pérdida de Francisco Madueño. Su plato de comida para la cena le estuvo esperando durante días. Nadie se atrevía a quitarlo y ninguno de ellos recuerda quién fue el que dio el paso de retirarlo de la mesa. Sin embargo, en el parque del Pilar fueron muchas las bajas de compañeros. Hasta los bomberos más jóvenes han escuchado cómo algunos de los supervivientes de ese parque se seguían poniendo nervio- uando Madrid hace memoria, cuando Madrid pasea por el bosque de sus ausentes, mientras sobre sus mejillas de ciudad milenaria se escurren las lágrimas, recuerda con su generoso corazón en un puño aquellos días y aquellos nombres que quedaron grabados a sangre y fuego, mucho fuego, sobre su piel. El Novedades, la discoteca Alcalá, 20, el Windsor, el Palacio de los Deportes, los Almacenes Arias, el 11- M. Cuando Madrid hace memoria, recuerda que hubo días, oscuros y terribles días, en los que fue un coloso en llamas. En esas horas en las que ardieron los recuerdos y los sueños, los enseres y las ilusiones, en esas horas en las que la vida quedó reducida a cenizas, ellos siempre estuvieron allí, al pie del cañón, al pie de la escalera, entre el ir y venir de los vehículos motobomba, entre el ir y sonar de las sirenas, mientras hacían de una manguera la última esperanza. Allí, siempre discreta pero eficazmente a nuestro lado, bendecidos por nuestra Virgen, nuestra Virgen y su patrona, La Paloma, allí estuvieron ellos: los Bomberos, una de las instituciones más querida. Allí estuvieron, cuando un último suspiro se nos escapaba entre las manos. Allí estuvieron, como anteayer en Perú, entrelos escombros, que para la gente de bien no existen las fronteras. Los mismos que bajaron del árbol al gato de la abuela, los mismos que impidieron un suicidio, los mismos que muy bien lo sabemos se lo jugarán todo a una carta, la del valor y la entrega, una y mil veces, por rescatar de entre las llamas, por rescatar de entre las ruinas, una vida. Hombres que se entregan en cuerpo y alma, hombres que deben reaccionar en un segundo, hombres que deben llegar donde los demás ni pueden ni se atreven. Tipos que hasta que no ven morir el último rescoldo no vuelven a casa, tipos que aparcan su libranza para acudir en ayuda desus compañeros, tipos que viven en estado de alarma permanente para que la ciudad duerma y descanse. Cuando la calle de la Montera fue un infierno, cuando toneladas de muerte y de dolor se les vinieron encima, nosotros sus paisanos lo supimos, es duro pero fue cierto, hay gente, poca gente, personas como ellos, aquellos diez bomberos, que subieron la escalerilla del sacrificio en un santiamén: de Madrid al cielo. C