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ABC LUNES 3 s 9 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA COHERENCIA DE ZAPATERO L presidente Zapatero ha demostrado en estalegislaturaquepuedeser cualquier cosa menos una persona coherente. Hasta sus colaboradores más incondicionales dan fe- -en algún caso, escrita- -de suscambios deregistro, desus improvisaciones sobre la marcha, de sus criterios movedizos, de la mutabilidad de sus prioridades. Son bastantes los dirigentes políticos, de su partido o de otros- -de Rajoy a Imaz, de Fernando Puras a Bono, de Rubalcaba a Fernández Aguilar, de Llamazares a Artur Mas- que han sufrido las consecuencias de creer en su palabra, IGNACIO hasta el punto de que un CAMACHO hombre tan prudente como Jordi Pujol lo declaraba recientemente poco fiable Y porsitodoestofueraescasapruebadesu volublemendacidad, constaen las actas del Congreso su compromiso solemne de no negociar políticamente con ETA hasta que los terroristas hubiesen abandonado las armas de forma definitiva y verificable. Que ahora resultaque lo incumplió, el compromiso, para no ser un hombre sin alma De ahí que se vuelva inquietante el modo en que ha respondido a una de las cuestiones clave del inmediato debate electoral, que es el mantenimiento de su promesa de 2004 de no tratar de gobernar si no obtiene un voto más que su principal adversario. Preguntado al respecto en El País, su contestación contiene una violenta contradicción interna: Sí. Soy una persona coherente Sin duda no estaba en su intención, pero la segunda parte de la respuesta ofrece a la luz de la experiencia reciente casi una refutación de la primera. Para quienes deseamos la mayor claridad posible en el debate electoral, un monosílabo sin matices nos habría resultado mucho mástranquilizador. Un sí oun no; elpresidentetiene derecho, y la ley se lo permite, aintentar quedarseen el Gobiernoa travésdealianzas de minorías si otro candidato, aun victorioso, no logra formar una mayoría de investidura. Perosi elmantenimiento desu elogiable promesa depende de su coherencia política, somos los ciudadanos quienes tenemos derecho a dudar o a reclamar un pronunciamiento más explícito, a ser posible sin estrambotes susceptibles de valoraciones subjetivas. No vaya a suceder que la coherencia sea la misma que le llevó a revocar su propio programa electoral en el punto relativo al Pacto Antiterrorista, o la que mantuvo en el fastuoso enredo del Estatuto de Cataluña, por citar sólo dos ejemplos bien conocidos. Si la vigencia de la promesa de 2004 dependedela firmezadecriterio quesu autoponderada alma ha exhibido hasta el momento, su renovación sepuedeconsiderarmeramente relativa. Y la cuestión no es baladí porque, a día de hoy, resulta objetivo pensar que el resultado electoral está en el aire y que es posible que se ventile en un margen apretado. Con generosidad y voluntarismo se puede aceptar el sí, pero en política y mediando el poder conviene ser lo más desconfiado posible. Por eso sería conveniente que se lo vuelvan a preguntar, deaquía marzo, con la insistencia suficiente para convertir su respuesta en irreversible. Y no se me ocurre nadie más interesado que Rajoy en saberlo. E NOCHE OSCURA C OINCIDIENDO con el décimo aniversario de su muerte, se publica un libro sobre la beata Teresa de Calcuta en el que se recogen hasta cuarenta cartas que la Santa de los miserables dirigió a personas de su máxima confianza, en las que da cuenta de sus dudas de fe, del enorme vacío y oscuridad al que con frecuencia se enfrentaba, en su búsqueda denodada de Dios. A la vista de tales cartas, la revista Time y, a su rebufo, gran parte de la prensa occidental se han lanzado orgiásticamente a glosar lo que, con expresión banal, han denominado una pérdida de la fe El tratamiento sensacionalista y esquemático que se ha hecho de las cartas de la beata revela la incomprensión, entreverada de regocijo soez, que nuestra época- -o siquiera los voceros de nuestra época- -muestra ante el fenómeno de la espiritualidad, empeñados en confirmar su hipótesis de que la fe religiosa es una mera fabricación humana. Naturalmente, tal hipótesis se sustenta sobre la presunción de que la fe es una posesión estólida, mostrenca, que sólo pueden mantener quienes adoptan una actitud pueril y acomodaticia ante la realidad de JUAN MANUEL las cosas; y que tal fe, sometida a interDE PRADA pelación, se desmorona aparatosamente, como suele ocurrir con las quimeras. A esta visión tan pedestre de la fe no negaremos que haya contribuido cierta actitud camastrona de muchos creyentes que creen por inercia, como quien hereda de sus mayores una maula que no sabe dónde colocar y acaba arrumbándola en el desván de los cachivaches inservibles. Pero la verdadera fe es justamente lo contrario: es una posesión que el creyente arriesga cada día, que cada día somete a escrutinio e inquisición, que cada día le plantea dudas agónicas ante las que, lejos de arredrarse y encerrarse en una concha protectora, se expone hasta sudar sangre, como le ocurrió al mismo Cristo. Si existe una medida de la fe, es precisamente su capacidad para interpelarse a sí misma, su coraje para adentrarse en los pasadizos de esa noche oscura del alma de la que nos hablaba San Juan de la Cruz; y, en este sentido, podemos afirmar que la fe de Teresa de Calcuta era una fe grandiosa, curtida en la duda lancinante, dispuesta siempre a enfrentarse a la oscuridad: la fe de una verdadera santa. Es cierto que la fe es un don que viene de lo alto, una gracia que el hombre recibe gratuitamente, como los siervos de la parábola evangélica reciben los talentos de su señor. Pero quien cava un hoyo y esconde ese don bajo tierra, en su afán por no perderlo, es un siervo malo y negligente sólo la fe que se expone, que no renuncia a enfrentarse con las tinieblas, permite al siervo entrar en el gozo de su señor Teresa de Calcuta fue beneficiada en el reparto de talentos; pero Quien se los entregó no quiso que los enterrase bajo tierra, quiso que los invirtiera en operaciones de alto riesgo. Teresa de Calcuta tuvo que zambullir su fe en los océanos inabarcables del dolor humano, tuvo que ponerla a prueba cada día, hasta calcinarse, en el desempeño de una misión terrible, tuvo que apurar hasta las heces un cáliz que a buen seguro hubiese preferido dejar pasar. Pero la fe que había recibido se lo impidió; y comprendió que su fe sería puesta a prueba cada día, que su fe gritaría desgarradamente cada día, caminando junto a esos pequeñuelos sufrientes de los que nos habla el Evangelio, que son la verdadera efigie de Dios. ¿Qué creyente, ante la contemplación de tanta penalidad como la que Teresa de Calcuta contempló en vida, no habría dirigido un grito desgarrador hacia lo alto? ¿Qué creyente que haya caminado al lado del dolor humano, que se haya fundido con ese dolor, no siente, como Teresa de Calcuta, contradicción en su alma ¿Acaso no la sintió el propio Jesús en Getsemaní, cuando se aproximaba su Pasión? La existencia de Teresa de Calcuta fue una pasión constante; sólo la fuerza sobrenatural de la fe explica que no desfalleciera. Pero era humana; y, como humana que era, su corazón temblaba de horror ante la vastedad de la entrega que se le exigía. Ese temblor atormentado y feroz, humanísimo, es la expresión más hermosa de su fe. Esas cartas no nos hablan de una pérdida de la fe; nos hablan del temple de esa fe. www. juanmanueldeprada. com