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ABC DOMINGO 2 s 9 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA PLATAFORMA PRO El partido de Savater, Gorriarán y Díez no es una ocurrencia, sino una advertencia que puede convertirse en una opción ideológica representativa por el inconmensurable hartazgo que provoca la política tradicional. La Plataforma Pro no es una escisión, sino la mutación de un movimiento cívico- -Basta Ya- -que va a crecer por agregación de otros colectivos que han subsistido en la adversidad gracias a su fuerte componente intelectual y teórico... N España hay una crisis de representación política que se traduce en una discrepancia radical entre las prioridades de la ciudadanía y las de la clase dirigente. Los partidos son enormes organizaciones que profesionalizan el ejercicio de la política, suministran posibilidades alimentarias a un sinnúmero de personas y crean realidades virtuales que justifican muchas de sus iniciativas y les rescatan de sus abundantes fracasos. La falta de credibilidad de las clase política- -machaconamente reiterada en las encuestas- -es el reflejo de un distanciamiento emocional y efectivo de la gente hacia la acción y los comportamientos políticos y del hastío que producen la ausencia de sentido social, de realismo y de solidaridad en las decisiones del Gobierno, las instituciones representativas y los partidos políticos. En estos, las habituales banderías- -y las hay en todos, incluso en los de más corta trayectoria- -convierten en ininteligible el compañerismo militante entre enemigos jurados y activos, que se zahieren públicamente y apenas sí coinciden en la posesión de un carné con las mismas siglas. La falta de democracia interna en los partidos- -aunque exigida por la Constitución- -es sólo un recurso puramente retórico y la disciplina no es entendida como un instrumento para la cohesión, sino como un método coercitivo para asegurarse unanimidades. os ciudadanos poco pueden hacer porque los estados mayores partidistas jamás abrirán las listas electorales y fagocitarán sin escrúpulo cualquier forma de organización intermedia que les reste el monopolio ideológico y político actual. El desprecio a los ciudadanos está en la raíz de muchos de los males que nos aquejan. El Gobierno socialista ha puesto en marcha una dinámica de decisiones y actitudes insolventes en un juego frívolo con los intereses nacionales: revienta la cohesión territorial con absurdos e inaplicables estatutos; hasta dos dirigentes políticos con cargos institucionales prometen públicamente consultas secesionistas; la conciliación se pone en riesgo por selectivas memorias históricas se imponen asignaturas con textos de adoctrinamiento moral; la política exterior es despreciada porque no se calcula su trascendencia; se negocia con terroristas como si hubieran dejado de serlo para regresar de nuevo a considerarlos tales después de haberles dejado fortalecerse; se interfiere en la vida interna de las empresas desmintiendo los valores de la autonomía social y empresarial y se permite la ruptura del concepto de la ciudadanía para colmar las aspiraciones autonómicas que se conducen como las taifas de antaño. Volver la mirada hacia la oposición, aunque sea para el consuelo, no redime la situación en absoluto. Ante todo esto, la impotencia de los ciudadanos se expresa en indo- E lencia y displicencia, y el sistema político se agosta y comienza a generar insatisfacción, malestar y desconfianza. El terreno queda así roturado para que la sociedad pierda capacidad de movilización, las instituciones sean tratadas con la mayor banalidad y el sistema mediático amarillee para entretener- -no informar, resulta aburrido hacerlo- -a unas audiencias que quieren periodistas- bufones, extravagancias y excentricidades. unque nada optimista, este panorama se corresponde con el de la España actual en el que irrumpe un partido político, todavía sin nombre, que pretende cubrir el espacio de una izquierda nacional que sólo despuntó en los años treinta y luego quedó engullida por su complejo ante los nacionalismos vasco y catalán y, seguramente, el de una derecha ahora resignada y un tanto huérfana, que sin histerismos patrióticos pero nacional, y con una idea sólida del Estado y de su función solidaria y garante de la ciudadanía, quiere también desprenderse de adherencias confesionales y practicar una laicidad sosegada. Ni la izquierda actual- -el PSOE- -ni la derecha liberal- conservadora- -el PP- -han ocupado esos espacios ni están en condiciones de hacerlo en un plazo breve. PSOE y PP, en muchas de sus políticas endogámicas, son casi simétricos, y en otras decisiones estratégicas, también abundantes, clónicos. La ruptura de ese estomagante convencionalismo partitocrático es uno de los objetivos de la llamada, por ahora, Plataforma Pro. Diría que sin ese presupuesto de hecho rupturista la opción nueva carecería de posibilidades, y las obtendría si demostrara que es capaz de ahon- A L dar en un renovado concepto de la política al modo en que lo están haciendo los nuevos líderes europeos, desde Sarkozy a Merkel, cuyos éxitos residen, precisamente, en la superación de convenciones paralizantes que encapsulan a los dirigentes políticos en burbujas impermeables a las pulsiones de la opinión pública. El partido de Savater, Gorriarán y Díez no es una ocurrencia, sino una advertencia que puede convertirse en una opción ideológica representativa por el inconmensurable hartazgo que provoca la política tradicional. La Plataforma Pro no es una escisión, sino la mutación de un movimiento cívico- -Basta Ya- -que va a crecer por agregación de otros colectivos que han subsistido en la adversidad gracias a su fuerte componente intelectual y teórico. No hay idea más atractiva ni razón más motivadora que la rehabilitación de un Estado que garantice la igualdad en el ejercicio pleno de la ciudadanía; que tenga una idea ética del ciudadano- -ahora es como un nuevo siervo de la gleba- -y por lo tanto de la intangibilidad de sus derechos y libertades y, correlativamente, de sus obligaciones y deberes; que practique ese patriotismo que consiste en la vigencia de unos valores de identidad positiva, es decir, incluyente e integradora; que garantice la cultura y la lengua en sus aspectos más universales y eficaces y que oponga unidad a segregación, solidaridad a egoísmo, participación a endogamia; y que, por fin, debata los fundamentos de una ética pública, cívica, que conforme valores compartidos. viso, pues, a navegantes: el partido que surja esta semana tiene el derecho también a recabar y recibir apoyos de medios e instancias que, en su radical independencia de criterio- -por ejemplo, estas páginas- coincidan con hondura en las grandes ideas de la Nación que la nueva formación proponga. O sea, de España. De una España del siglo XXI que mirando atrás tiene historia, pero que avizorando el horizonte tiene todavía más espacio que recorrer que el andado hasta hoy. Sin que los Ibarretxe, Carod Rovira, Quintana et alii, con la complicidad prepotente de los que despiden con alivio a Rosa Díez- -décadas de sacrificio les contemplan a ella, a Martínez Gorriarán, a Fernando Savater y a otros muchos que irán emergiendo- frustren nuestro gran proyecto de convivencia en común. Si los ecos de Renan y Ortega son los que se dejan oír en este nuevo partido, a éstos seguirán las voces, y a las voces, los votos. Y al final, se producirá el revulsivo necesario en un país con una derecha en permanente insuficiencia y una izquierda errática y acomplejada. A JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC