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10- 11 S 6 LOS SÁBADOS DE ...y platos con mucho peligro Un libro nos descubre- -con humor y amor a la causa- -que asesinos, detectives y víctimas de Agatha Christie comían bien, aunque a veces por última vez TEXTO: M. HERMIDA DÍAS DE JÚBILO El vago estío lguna vez mi colega Ortega y Gasset- -escribía en su propio periódico unipersonal, El Espectador- -calificó al estío de vago. Seguramente, por entonces la gente fina pasaba sus estíos. Hoy preferimos pasar los veranos. La diferencia es notable, al menos en mi percepción. El estío es una palabra en el aire. El verano es una palabra en el cuerpo. Tiene temperatura, consistencia carnal, suda y huele. Para bien o para mal, huele. La levedad de la ropa pone la piel en contacto con el mundo. Si se me permite la pedantería, diré que en verano somos más cósmicos. Bien, pero ¿y lo de vago? Ortega aludía a los vagos contornos que adquien las cosas con el calor. La ciudad, medio despoblada, con los comercios cerrados, los coches inmovilizados como si nadie los volviera a poner en marcha, las casas con las persianas bajadas tal si no se tornaran a habitar. Un cuadro de Chirico, de Hopper o de nuestro admirable Antonio López. Madrid, por ejemplo, en temporada estival, exhala cierta poesía del abandono. Es entonces cuando se nos viene a la mente el otro sentido del adjetivo vago: perezoso, haragán, dejado. Y su connotación, esta vez halagadora: señorial. En efecto, cuando vagueamos o haraganeamos al paso lento de nuestras calles veraniegas, nos sentimos grandes señores, preocupados por el trabajo que da, caramba, no tener nada que hacer. Miramos el reloj, esperando que nos señale la hora, al menos, de tomar un aperitivo. En esta encrucijada de palabras coinciden ambos sentidos del dichoso adjetivo. El mundo se nos pone vago porque nuestra actitud es la vaguería. No tenemos nada que hacer y las cosas y las gentes se nos alejan, borroneando sus contornos, poniéndose, ellas también, vagas. Todos, el vagoroso paseante y sus vagorosos congéneres, se convierten en personas de Hopper, de Chirico, de Antonio López. Por un panorama monumental y vacío pasa un tren lejano que no va a ninguna parte. Una señora en bata y zapatillas camina por el aire de una calle de Lavapiés. Una mujer en enaguas mira por la ventana de un cuarto tal vez de hotel, una cordillera de edificios deshabitados. Y todo ocurre en estío, el vago y orteguiano estío. A Blas Matamoro no a lo práctico y eficaz. Se decanta por aquellas recetas que pueden prepararse la noche anterior y calentar al horno al regresar a casa del trabajo. Propone Torrijas para desayunar (o cenar) con sirope de arándanos Mejillones típicos con vino blanco o Galletas de la niñera Punto y a parte son las sugerencias de Gabrielle Solis y Eddie Britt. La latina- -interpretada por Eva Longoria- -es la más glamourosa y sibarita del vecindario, y sus platos son tan sofisticados y espléndidos como ella. Las recetas de Gabrielle son complejas, bajas en calorías y con aires hispanos. Disfruta de la alta cocina, pero dadas sus limitadas habilidades, siempre cuenta con alguien que, mediante el dinero o la seducción, cocine para ella. Entre sus recetas- -no sabemos si extraídas del recetario de la abuela Solis- -están las Gambas con chorizo y pimiento el Pollo con arroz y el Chocolate caliente mexicano Para finalizar, Eddie Britt elabora unos platos tan tentadores como ella. Eddie es fiel a la cínica máxima de que al corazón de los hombres se llega por el estómago y eso hace que su planificación culinaria marque diferencias con las del resto de sus vecinas y amigas. La cocina es su principal munición. Sabe que hay un plato diferente para cada ocasión, y cada ingrediente debe elegirse pensando en el hombre que está a punto de conseguir. Entre sus propuestas: Ostras escalfadas con champán Pastel de chocolate fundido o Espaguettis finos con salmón ahumado Con todo este arsenal, no se desespere y sorprenda a los suyos... ucho antes de darse a conocer como Agatha Christie, Agatha Mary Clarissa Miller, se había convertido en una verdadera experta en venenos por su trabajo como enfermera en la I Guerra Mundial. Esos conocimientos y la necesidad de ganar algo de dinero la condujeron al crimen. Pero su vocación- -frustrada- -fue siempre la de ser un ama de casa convencional, preocupada por las cretonas y por los menús de la semana. Tal vez eso explica por qué sus novelas, al margen de la intriga, reflejen con detalle el estilo de vida habitual en las grandes casas de campo, en aquel Londres de fisonomía cambiante, o en los vagones del Tren Azul, donde víctimas y verdugos atendían asuntos cotidianos. A los personajes de Agatha Christie nunca se les podrá reprochar lo que el ventero a Don Quijote y sus héroes imaginarios, que ni comían, ni se sabía que llevaran ropa de repuesto o dinero de bolsillo Anne Martinelli y François Rivière han escrito un M divertido libro- Cremas castigos -sobre la faceta gastronómica de la autora británica: las recetas a las que ella alude entre muerte y muerte se detallan y resultan de lo más apetecibles. Además reseñan cómo la Reina del Crimen, tan apegada a la intendencia, toma buena nota de los problemas que supone en la vida doméstica la irrupción de una muerte violenta. Lo vemos en una cita- -no es la única- -de Sangre en la piscina Tengo que ir a ver a Mrs. Medway. Es curioso hasta qué punto soportan mal los criados a la policía. Su souffle de queso de anoche era incomestible. Los souffles y los hojaldres son los barómetros infalibles de la serenidad de un individuo Martinelli y Rivière rastrean en los libros y en la peripecia real de la escritora, viajera y curiosa. Eso sí, nos ocultan, piadosos, la sórdida afición de Poirot por el sirop de cassis pero a cambio nos ofrecen bebidas menos inocentes y casi tan peligrosas como el cianuro espumoso. Agatha Christie desayuna (a la inglesa) en su casa de Bagdad: qué tiempos ABC