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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE ANTICUARIOS MADRID LUGAR DE LA VIDA Lámpara de techo en cobre de Preben Fabius, 1965 en Youtopia Umbral l alma de un escritor pesa más que la del resto porque, para escribir de manera verdadera y honda, se tiene que morir antes en vida y, al morir al fin de veras, su alma tiene ya la mitad del trabajo hecho. Este peso permite al ánima no salir despedida como un cohete al más allá y quedarse un tiempo leyendo sus necrológicas porque el alma del escritor lee y ve mejor que si viviera y escucha todo lo que decimos como si hubiéramos colgado mal su número en el teléfono móvil. Pero esto no lo tuvo en cuenta Umbral cuando escribió aquel libro sobre Cela del que colijo se arrepintió el resto de su vida, no tanto por el remordimiento por lo que escribió del amigo sino porque no estaba bien escrito, y un libro mal escrito es la peor de las torturas. Escribir bien es lo único que importa. Y tal vez por eso, y no por lo que dijo, vino a darle un coscorrón el espíritu de Cela que es, como los árboles, de los que dan sombra a la tierra. Y Cela se pasó. Quiero decir que no sé qué pensará ahora Umbral del tratamiento que se le ha dado a su fallecimiento en su amada prensa general por haber coincidido su óbito con la triste muerte de un joven futbolista. Como si de prensa deportiva se tratara, ni en la portada ha salido en algunos diarios. Bueno, quizá ya todo es fútbol. Lo curioso es que, hasta los intelectuales, le den ya más a la pelota que a la cabeza. Esperaba yo que al menos su periódico saliera al día siguiente envuelto en una sábana para que los lectores llorásemos en ella, y no esa cicatera mitad de una portada en la que comparte el sagrado espacio de su solemne noticia con el último chisme de la panda de asesinos. La Voz de Galicia demostró una exquisita sensibilidad cuando, al morir Carlos Casares, dejó su recuadro vacío porque, si el columnista escribe en negro y en negritas, su luto no puede ser otro que el blanco. Claro que, una columna en blanco de Umbral, hubiera resultado insoportablemente dolorosa para los que le leemos y a la mitad del artículo ya pensamos: es el mejor, es el mejor. Eres el mejor. Que descanses en paz y que Dios te tenga, junto a Cela, en su gloria. E Mónica FernándezAceytuno CIEN AÑOS, CINCUENTA AÑOS... AYER Fuera del circuito del Rastro, esta tendencia de proceder a la recuperación del pasado más reciente se detecta también entre los jóvenes anticuarios. Hay de todo, por supuesto- -dicen en I. D. pero se nos piden piezas frescas, lo que hasta hace bien poco se consideraban casi objetos o elementos de desecho. Pues ahora se alinean en nuestras estanterías, aunque siempre respondiendo a unos criterios de calidad y de interés Elementos cotidianos, marcados por su diseño, han entrado por lo tanto en el mundo de los anticuarios con paso firme. Muebles y útiles que hace unas décadas se consideraban ultramodernos, son ahora unos clásicos y valorados como tales, tal vez por los hijos y nietos de quienes se desprendieron sin demasiado dolor de aquellos trastos Y es que ya a nadie se le ocurriría tirar una buena mesa de formica de los años 50 o una lámpara geométrica de los 70. Las películas de los años 70 y 80 se han convertido en una referencia: ¡quién pillara los muebles de algunas escenas de Hitchcock, o de los filmes de James Bond... Y, no nos engañemos, cómo nos gustaría saquear las habitaciones por las que corrían Alfredo Landa y otros compañeros de fatigas. Almodóvar ya ha hecho su particular homenaje a esos muebles, papeles pintados y coloridos. Los más estridentes, juntos, ponen los pelos de punta, pero por separado se han convertido en toda una apuesta. Silla de Saarinen, de 1948 en Youtopia. Mesas de formica y metal años 70, de Bakelita Lámpara en metal con pantalla de charol rojo años 70 de Bakelita Sol de madreperla, de Lorenzo Castillo, espacio en el que se celebran interesantes subastas