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ABC SÁBADO 1 s 9 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA OCÉANOS DE LECTURA Desmesuradas, casi increíbles las cifras de libros editados, escalofriantes las de ejemplares vendidos de algunos de ellos. Escritores a porrillo, librerías a barullo, editores en la cresta de la ola financiera. Se necesita cuajo y no sé si mucho pesquis o poco juicio para, a la vista de tales evidencias, augurar el fin del libro impreso y entonarle a coro el gorigori, dando por hecha su inmediata desaparición. El muerto está bien vivo y la riada desborda, inunda y nos ahoga... A tarde del día en que salió aquí mi artículo La angustia del saber me llamó un viejo amigo de juventud a la hora de la siesta. Sabe que no la duermo, y él tampoco. Quería hablarme de lo que faltaba. Oye: que el saber no solo lo tenéis los sabios en vuestras privilegiadas cabezas- -me incluía en el grupo con el tiempo verbal, no sin ironía y con bastante retintín- que el saber ha estado siempre en los libros y ahora, por supuesto, en internet. Yo navego como un descosido por la red, ¿no se dice la red? y aprendo la tira de cosas. Y angustia, ninguna. Se ve que no llego a sabio Bromeamos un rato todavía y le agradezco, finalmente su llamada, porque lo cierto es que no mencionar ni los libros ni internet en un artículo sobre el saber sí puede resultar hoy extraño o juzgarse cicatero. Pero un artículo periodístico no es un tratado, por supuesto, y yo me refería al saber en estado puro, en vivo, tal como existe y se desarrolla en su ámbito natural: el cerebro humano; y a la angustia que puede dar lugar la conciencia de su limitación, la imposibilidad de abarcarlo todo. El saber sí ocupa lugar. Todo está en los libros era y es frase habitual y mostrenca que, por otra parte, puede resultar buena disculpa para quien no se ha esmerado en amueblar su cabeza. Ahora suele sustituirse por todo se encuentra en internet pero tanto en un caso como en el otro de lo que se habla es de información, no de sabiduría, que es ocupación mental y se alcanza con información fecundada de pensamiento. Habrá, pues, que referirse a internet y a los libros, que nos proporcionan la materia, que nos presentan variadísimos conocimientos, que nos ofrecen océanos de lectura donde no es fácil mantenerse a flote. Ahí hace su primera aparición la angustia, porque tanta es la información que ahoga. Empecemos por internet, que en su mayor parte también es lectura y ahora, para muchos, la única que practican. Una selva exuberante, trabadísima, salpicada de muladares; una selva donde se halla de todo: lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo limpio y lo sucio, lo estúpido y lo inteligente, la falacia y la franqueza, el veneno y su triaca. Una aventura en todo caso, si se sabe hacia dónde se camina y la brújula no falla. Me da la impresión de que a sus adictos contumaces no les llega a producir angustia, sino simplemente indigestión, se alivian con la vomitera y se reenganchan al hartazgo. Con prudencia y paso cauto nos permite acceder en un instante a muchas cosas que deseamos conocer. icen que va a sustituir a los libros, que los está sustituyendo ya. No lo creo, pero cualquiera sabe; no me lo parece, pero es que yo vengo de un mundo de libros, he estado siempre rodeado de ellos, en ellos he aprendido todo lo que sé; y las previsiones de futuro, en este acelerado sucederse histórico que vivimos, son aventuradas cuando menos, arriesgadas siempre. Hablemos, pues, de libros, que son, por el momento, riada incontenible: desmesuradas, casi increí- L bles las cifras de libros editados, escalofriantes las de ejemplares vendidos de algunos de ellos. Escritores a porrillo, librerías a barullo, editores en la cresta de la ola financiera. Se necesita cuajo y no sé si mucho pesquis o poco juicio para, a la vista de tales evidencias, augurar el fin del libro impreso y entonarle a coro el gorigori, dando por hecha su inmediata desaparición. El muerto está bien vivo y la riada desborda, inunda y nos ahoga. Eso es lo que hay y algún comentario requiere. Por lo pronto, que el exceso de literatura, entendiendo el término en su sentido más amplio, pero también en el más estrecho, agobia y asusta. Yo, que naturalmente no padezco la angustia del sabio, porque no lo soy, sí que me siento abrumado por la de lector. Mis saberes son, por supuesto, discretos, mensurables, y desde sus linderos se aprecian carencias asumibles, contornos de ignorancias remediables, y no llego, ni de lejos, a las anchísimas fronteras abismales que inquietan al sabio, que lo sitúan al borde mismo del vértigo de lo desconocido y de la ansiedad intelectual; mi horizonte, en cambio, no pasa de ser un horizonte de libros que aguardan lectura, que están ahí, algunos desde hace años, incluso muchos años, otros que acaban de llegar, algunos que me llaman desde los estantes o los mostradores de las librerías, o desde los comentarios elogiosos de quienes le merecen a uno crédito, otros, simplemente, que sin saber por qué suscitan curiosidad. Constituyen, a la par, con su mera presencia, una provocación constante y una reprobación ineludible, y los hay también, muchos, leídos ya, que piden relectura. Todos, sin excepción, reclaman tiempo y el tiempo falta, escasea, no llega. no le va a llegar a nadie, a ningún lector, por mucho tiempo que le quede. Siempre lo superarán los océanos de lectura que lo cerquen. Es superior la tarea al deseo, el oleaje interminable al renovado afán. Pienso, en ocasiones, que quizá haya por ahí libros publicados que estén llamados a perdurar, a convertirse en clásicos, a ser leídos y releídos y aprovechada su lección por las generaciones venideras, y que uno, tal vez, se va a morir sin haberlos ni tan siquiera hojeado. Eso es lo que desazona: tener tanto que leer al alcance de la mano, entendido esto literalmente, es decir, en el propio aposento, apilados los volúmenes en montones que esperan ocasión de lectura y ver huir las horas, los días, las semanas, sin que mengüe la pila, que más bien tiende a crecer con lo que va llegando. Y el desasosiego aumenta si mira uno los anaqueles repletos de su biblioteca personal, con libros casi olvidados que le proporcionaron hace años horas de solaz, de entretenimiento, de placer o, acaso, le hicieron vivir intensas emociones o le sugirieron ideas felices o le prestaron argumentos aprovechables para su propio pensamiento, que formaron, por lo tanto, parte de su vida y que le gustaría releer, redescubrir, para confirmarlos en su haber y reafirmarse, a la par; o para preguntarse, perplejo, cómo es posible que aquello lo hubiese emocio- Y D nado o esta otra sandez lo hubiese convencido y equilibrar así, debidamente, su autoestima. Repasar y hasta juzgar la propia vida en las relecturas de libros que gustaron o impresionaron en su momento y que luego se han borrado de la memoria. Discernir entre lo que verdaderamente se ahondó en la conciencia y lo que fue incidental y somero esparcimiento que se disolvió sin dejar rastro. Dudo mucho de que exista alguien, por consumado y acendrado lector que haya sido, que mantenga con nitidez y con detalle en la memoria todos y cada uno de los miles de libros que pudo leer, tiempo atrás, con gusto y atención. De ahí algunos casos de plagios inadvertidos por conspicuos lectores, que incluso son galardonados y luego son descubiertos y aireado el escándalo. De hace unos meses es el último, el de la novela argentina Bolivia construcciones, de Sergio Di Nucci, que recibió con plácemes, honores y entusiasmo crítico el premio convocado por la Editorial Sudamericana y el diario La Nación de Buenos Aires y, en plena campaña promocional, cayó en las manos de un joven estudiante de economía, de diecinueve años, lector impenitente, que había leído hacía poco Nada de Carmen Laforet y se encontró con que la novela premiada era en gran medida un plagio, casi calco en determinados pasajes, de la que sirvió a nuestra escritora para obtener el primer premio Nadal y convertirse en destacada figura literaria de los años cuarenta. Denunció el caso y tan evidente resultaba el expolio que hubo de reunirse nuevamente el jurado y revocar el premio. El asunto, que se despachó aquí con alguna que otra gacetilla periodística, dio mucho que hablar y que escribir en la Argentina y sus vecindades, en un curioso debate que, precisamente, se puede seguir en internet y en el que no pocos se irritan y se sublevan contra un jurado de expertos literarios, en el que estaban, entre otros, Carlos Fuentes y Tomás Eloy Martínez, que a su juicio no debieron dejarse engañar de esa manera. Creo que sin razón. La lectura de Nada la solemos tener muy lejana ya en la memoria. Hablo por mí: la leí recién aparecida y la releí doce o catorce años después y me temo que, si me dan a leer, sin más, el texto plagiado por Di Nucci, con sus personajes travestidos de inmigrantes bolivianos en el Buenos Aires de hoy, me resultaría arduo identificarlos con aquellos otros de la Barcelona inmediatamente posterior a la guerra civil y, si conserva la tensión narrativa y la autenticidad vital que el texto como tal les proporciona, la hubiera votado para el premio yo igualmente, porque Carmen Laforet se sigue mereciendo este nuevo reconocimiento. ero también esto es inquietante: que en ese revuelto mar de lecturas que nos asedia y nos invita desde los diversos rumbos de la rosa de sus vientos, cuando menos se piense nos podamos hallar navegando en un barco pirata. P GREGORIO SALVADOR Vicedirector de la Real Academia Española