Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES 31- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 83 ALTOS VUELOS COLORÍN COLORADO A tal exceso el adulterio, que hubo que hacer reformas en las puertas de Palacio para que a Lady Di le pudiesen entrar los cuernos dad, los pasos de cebra, el fish, las chips y el cambio de guardia son algunos ejemplos de la mitología isleña. Otros son los Beatles y la disciplina inglesa, actividad ésta a la que los británicos rinden culto en sus momentos más íntimos. Por último queda decir que Lady Di ejerció la caridad, ese vicio que los privilegiados practican y que se realiza contra natura, esto es, de arriba hacia abajo, y que consiste en humillar al necesitado dándole limosna. En vida presidió una montonera de Fundaciones. Sin embargo, nunca se preguntó el porqué del hambre en todo este cuento. De haberlo hecho, ni se hubiese casado con el Orejas ni tampoco se hubiese dejado besar por un millonario que manejaba parné de dudosa procedencia. La pregunta siempre es más revolucionaria que la misericordia. Por eso, los dueños de las hambres y de las fronteras nunca se la hacen. Temen que la respuesta se les clave en el pecho como una corona de alfileres. LA NARRADORA IMPERFECTA Qué gran reina será Diana de Gales, decían sus súbditos, olvidando que tenía sentimientos rraciones, Carlos de Inglaterra y Camilla Parker Bowles echaban su polvo más morboso. Resultó pues que el novio entró en la catedral subiéndose la bragueta y la novia, con la entrepierna impoluta. Como de aquello no dio noticias el cuché, pareció que la por lo general intratable realidad iba por una vez a ceñirse al guión. Y lo cierto es que lo hizo hasta donde era razonable esperar: los cuentos de hadas siempre terminan el día de la boda. A partir de ahí, los protagonistas se las apañan solos con el epílogo. Diana se puso diligente a construir la historia de un matrimonio muy feliz y de importancia, quitándole hierro a la infidelidad de fábrica. Carlos, por su parte, siguió escribiendo párrafos ciegos sobre el cuerpo clandestino de Camilla. Quiso cuadrar el círculo del amor y la conveniencia y le salió la trama de un triángulo imposible. Entrambos escribieron una farsa de éxito, y fueron publicando por entregas el folletín global que requería aquel siglo XX boqueante y perezoso. Fue televisado, como corresponde a la época, entre bises y aplausos: el reality show más banal y más rentable se rodaba en el glamuroso Palacio de Buckingham. Qué gran reina será Diana de Gales, decían sus súbditos, olvidando que tenía sentimientos. Su belleza boba se iba ajando de tristeza: estaba sola en medio de la fucking family, como ella los llamaba. Cuando se cansó de vomitar su bulimia en retretes de oro, decidió comenzar otra narración. Era demasiado rica y demasiado delgada, nunca perdería la compostura quemando sujetadores, pero pudo subastar su guardarropa de princesa y divorciarse. No desechó borradores y pisó bien las tablas; alcanzó la belleza verdadera, a esa edad en que los rostros tienen una historia que contar, antes de la devastación. La quisieron los pordioseros, los leprosos y los sidosos, pero ella ansiaba incluir en su relato un hombre que la amara no sólo por la noche, y Elton John era gay. En estas apareció agosto, mes en que retumba el eco del aliento en los palacios de invierno. Cuando llamó el egipcio, quizá Diana vio llegar la hora del amor a su ficción desesperada. Era París, al fin y al cabo. No aclaran las fuentes si había pergeñado para sí un final a 200 por hora, tan idiota. Quién sabe. Tal vez envejecer, morir, no sea el único argumento de la obra. Sí está documentado, en cambio, que el día de su muerte los cronistas escribieron de aquel tardío cuento de hadas en clave de tragedia: deja dos huérfanos y millones de ociosos. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora odo mito ha de morir para convertirse en leyenda. Con este propósito, los ingleses crearon el mito de Lady Di, una chica lánguida y quebradiza a la que su marido ponía los cuernos cada vez que le venía en gana. Sin embargo, aunque las ganas fueran muchas, el Orejas siempre eligió a la misma para sus devaneos, una mujer con pelos de escoba y apellido de pluma estilográfica, la Camilla Parker. Y así le fueron creciendo los cuernos al mito y el rabo al Diablo. Los tabloides ingleses hicieron el resto y raro era el día en que los hijos de la Gran Bretaña no untasen la mantequilla del desayuno en algún escándalo. Mientras tanto, ajeno a la polémica, Carlos de Inglaterra arropaba sus orejas en un juego de cama con manchas de carmín y otras manchas por el estilo. De todos es sabido que cuanto más lejanos son los recuerdos, más brillan en el túnel del tiempo. Así, cada vez que Carlos de Inglaterra aparece en algún acto público, nadie puede evitar cegarse con la presencia de un Tampax menstruado, como tampoco puede evitar ahogarse en las lágrimas de su difunta esposa. Llegó a tal exceso el adulterio, que hubo que hacer reformas en las puertas de Palacio para que a Lady Diana le pudiesen entrar los cuernos. Por seguir tirando del hilo del Tampax, cabe aquí decir que los tabloides ingleses se vendieron como paraguas en un país donde el cielo aplica su disciplina con la lluvia dorada de los alfileres de un tal Adam Smith. El mito va creciendo y las dimensiones hacen daño sólo de pensarlas. Aquella niña lánguida parió dos hijos varones a golpes de cadera y así el Orejas cumplió con la sucesión. Ya se sabe que el poder temporal se hace eterno cuando la monarquía anda por medio. Quiso la leyenda que un verano de hace ya diez veranos, tal día como hoy, los noticieros arrancasen con la crónica de la muerte del mito en un coche brillante de sangre y coronado por cristales. Las revistas hicieron tiradas especiales y toda la mercadería se puso en marcha. Llaveros, viseras, camisetas, banderolas, cojines, platos y cuchillos para extender mantequilla, pues todo vale en un país escaso de leyendas aunque sobrado de mitos. La puntuali- T ra ya tarde para cuentos de hadas y en Berkeley no quedaban ni los rescoldos de la quema de sujetadores. Pero Diana Spencer se empeñó en llevar su virginidad de abolengo hasta el altar de San Pablo. Apareció como la protagonista perfecta en el día más feliz en la vida de toda mujer, si hemos de fiarnos de las ficciones fantásticas, de blanco y con esa belleza boba tan encantadora e indisimulable de los diecinueve. Llevaba, es de suponer, algo viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul; también cuernos frescos, imperfección secreta en su papel de princesa de polichinela. Mientras la víspera ella se encomendaba a la poderosa fuerza de las na- E Cada vez que Carlos aparece en algún acto público, nadie puede evitar cegarse con la presencia de un Tampax menstruado Diana, durante un viaje a Angola en el año 1997 REUTERS La quisieron los pordioseros, los leprosos y los sidosos, pero ella ansiaba incluir en su relato un hombre que la amara no sólo por la noche