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78 40 VIERNES 31- -8- -2007 ABC La familia Los huérfanos de la Princesa del pueblo Diez años después, la vida sigue sin Lady Di. Sus hijos, Guillermo y Enrique, han crecido sin la presencia de una madre a la que adoraban. Carlos ha conseguido que sus hijos acepten a Camilla, la mala de esta película BEATRIZ CORTÁZAR os grandes acontecimientos pasan a la historia en forma de números especiales en las páginas de los diarios, los programas de televisión o las crónicas radiofónicas que, a su vez, se recuperan en las web y están al alcance de todo el mundo. Cuanto más grandilocuente es la historia que se narra, más imágenes, relatos, testimonios y documentación de todo tipo se apilan en torno a ese momento, a esa noticia que forma parte de la memoria general y que todo el mundo puede recordar con la simple pregunta: ¿Dónde estabas el día que murió Diana de Gales? Por eso, es curioso observar cómo esos grandes relatos retransmitidos hoy por los medios de comunicación en el mismo instante en que se producen, globalizan una audiencia que sigue sin pestañear ese gran hermano que es capaz de alterar el ritmo de la vida cotidiana, que con el paso del tiempo sigue guardado en el disco duro de todos, sólo que en versión reducida, dejando en la retina la imagen más anecdótica, un recuerdo casi en forma de souvenir que bien podría resumir en una sola secuencia lo que miles de palabras describieron en el instante cumbre de la noticia. En el caso de la muerte de Diana de Gales hubo un impacto visual que hizo derramar millones de lágrimas en ese sentir general que convierte a los muertos en familiares directos de la audiencia, incluso en el caso probable de que muchos de los que lloraron su pérdida hasta ese instante jamás les hubiera interesado su existencia. Pero esa es, justamente, la grandeza de los medios de comunicación y su poder. Ese instante único y definitivo fue cuando todas las cámaras enfocaron el féretro de Diana coronado con un adorno floral que sus hijos habían elegido y que estaba acompañado con una dedicatoria escrita a mano por el príncipe Enrique en la que simplemente ponía Mummy Las cabezas doradas de los dos huérfanos de madre acompañando sus restos mortales marcaron un antes y un después en la vida de los hijos de Carlos de Inglaterra, para quienes se pidió, se exigió, prudencia, discreción, tranquilidad, respeto y educación a los medios de comunicación, con el fin de hacerles la vida más fácil tras vivir el peor mazazo que podían haber sufrido. Y el pacto se cumplió. Los hijos de Diana puede que no crecieran felices pero sí dejaron de ser pasto de titulares. A su madre las crónicas la habían medio beatificado, y la opinión pública se autoproclamaba defensora de los dos príncipes de mirada perdida que quedaban bajo el amparo de un padre que no estaba dispuesto a renunciar al gran amor de su vida, la entonces impronunciable Camilla Parker- Bowles, hoy duquesa de Cornualles, que ya se sabe que no hay mal que cien años dure. Para Guillermo y Enrique la vida sin mummy fue más gris, más triste, más parecida al clima de su país. Carlos de Inglaterra se esforzó dentro de sus limitaciones en hacerles las cosas más agradables, pero poco tiempo duraron sus via- L El pacto de la prensa Lady Di acompaña a sus hijos al colegio AP Para Guillermo y Enrique la vida sin mummy fue más gris, más triste, como el clima de su país jes a la nieve sin la compañía de Camilla, o sus escapadas a alguna playa perdida. El enorme influjo que siempre tuvo su amante superaba lo superable, y de ahí que no tardara en buscar encuentros íntimos con Camilla y sus hijos para que fueran familiarizándose y hacer verdad aquel dicho de que el roce hace el cariño. A su manera, el Príncipe de Gales cumplió su propósito que culminó el día de su enlace civil con Camilla. Fue una ceremonia que pocos recordarán si les preguntan: ¿Qué hacías el día que se casaron Carlos y Camilla? y cuya imagen para el recuerdo seguramente será la de la frialdad con la que la Reina Isabel posó en la foto de familia lo más alejada posible de la feliz novia. Pese a los gestos y los silencios, y hasta las ausencias que hubo en su segunda boda, Carlos de Inglaterra vio cumplido un sueño que nunca hubiera creído poder realizar, como era el de casarse con la mala