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66 40 FOTOBLOG JUEVES 30- -8- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Shawn Volesky Antropólogo La mayoría de los americanos no sabe dónde queda España A este estadounidense catalán le sorprendió la generosidad española LUIS MIGUEL GÓMEZ MADRID. Ni buena ni mala Esa es la imagen de los españoles en Estados Unidos. Allí, la mayoría de la gente no sabe dónde queda España. Les suena a México, a tacos y burritos. Para ellos, Europa es Francia, Alemania e Inglaterra A Shawn España sí le sonaba. Llegó en 2001 para aprender el idioma. Serían cinco semanas y al final fueron seis meses. Al principio odiaba Madrid. Había estado en Berlín y París, donde la gente es muy educada. Y llego aquí y nadie se disculpa, se habla muy alto, Fue un cambio brusco Ahora le encanta. Aunque más le gusta Barcelona, donde trabaja como profesor en la universidad. Este antropólogo viajero de 27 años estudia la identidad catalana y, claro, eso marca. Hasta que no comencé a viajar por España no me di cuenta de que las fronteras estaban más allá de Lérida El denominador común, la generosidad de los españoles. En EE. UU. resolver los problemas es cosa tuya, y aquí me he encontrado con gente que me ha ayudado sin pensárselo dos veces La facilidad con la que en España se dice un taco le sorprendió. Se usa la palabra coño sin que nadie se extrañe. Utiliza la palabra con una americana y te dará un bofetón... Lo mismo ocurre con otras expresiones racistas que en EE. UU. serían inaceptables, e incluso motivo de despido: hecho un gitano, ponerse negro... Por algo mi país es la cuna de lo políticamente correcto Incluso sus amigos le sorprenden. En EE. UU. sería impensable vivir con tus padres con 26 o 27 años. Si no te independizas antes de los 21 o 22, tu madre te invita a hacerlo Él hace años que se independizó. Ahora inicia una nueva etapa. Se casa en Tarragona. Y se queda. De momento. MIKEL PONCE La Tomatina tiñe de rojo las calles de Buñol Durante una hora, 115.000 kilos de tomate inundaron las calles de la localidad valenciana de Buñol para celebrar la popular Tomatina La guerra de hortalizas congregó a más de 40.000 personas que soportaron el calor y los tomatazos estoicamente. Algunos se pertrecharon del atuendo más apropiado: viejas camisetas y gafas de buceo para evitar la irritación de ojos que produce el ácido del tomate. La fiesta, cuyos orígenes se remontan a 1945, fue declarada de Interés Turístico Nacional en 2002 Fernando Castro Flórez Llegado ya el momento N o es el momento para las grandes palabras. Llegado ya el momento de la separación, juntemos nuestras manos (tralará y tralará) Todo el mundo, supongo, ha cantado esa murga. Yo me he chupado, lo confieso sin vergüenza, mucho campamento de boy- scout y cuando tocaba lo del llegado ya el momento se nos aflojaba el ánimo. Además soy de lágrima fácil. La atmósfera enrarecida de los aviones me lleva hasta las cimas o bajuras de lo melodramático; basta que pongan una peli que en mi casa no aguantaría ni un minuto de hijos, padres y desamores o que escuche Come away with me de Norah Jones y comienzo a llorar como un cocodrilo. Algunos pasajeros pensarán que estoy cocido, ignorantes de la tensión emotiva primordial. Aunque ardía en deseos de regresar a mi poblachón mesetario y cuando comencé a ver secarrales aterrizando en Barajas me pareció estar en la mismísima gloria, la despedida de Caparrós me ha golpeado el pecho. Él sigue hasta Valencia y mañana agarra de nuevo las maletas para pasar un mes en Japón; quiere hacer una de sus batidas y seguro que viene cargado de fotografías. Después de un prolongado abrazo lo único que he podido decir ha sido nuestra vieja consigna: Jander klander, what is na- me? Una vez más, la carcajada nos penetra. Éramos amigos y la ruta nos ha convertido en cómplices. Tenemos planeado volver juntos, cuanto antes, a las tierras de Arizona. Sus cámaras y mi escritura frenética y desbarradora puede que vuelvan a entrelazarse. El calorazo madrileño me devuelve a la cruda realidad. Cuando te has pegado una paliza de carácter colosal y has acumulado multitud de historias es casi imposible comenzar a contar lo que ha pasado Me interrogan y, sobre todo, dan por sentado que nada de lo que he contado ha pasado de verdad. No se creen lo del zapato enmierdado ni lo de la mujer- medicina y, por supuesto, toda la peripecia de Las Vegas la atribuyen a mi tendencia fabuladora. Me conocen mejor de que cualquier mayeútica socrática alumbraría. Mi admirado Barthes meditó sobre la problematicidad del comienzo y sobre la inevitable dimensión anárquica del relato. Así montó una retahila de anécdotas neoyorquinas para preparar un viaje otoñal en el que toda la tropa se embarcará. Manuela ha montado, como me temía, un verdadero zafarrancho de combate en mi ausencia: ha tirado de todo a la basura (los cubiertos, los platos, unas estanterías, los vasos del vino, etc. y, por lo que parece, ha frecuentado Ikea, Leroy Merlin y otros sitios de infarto. Cuando no hay otra cosa que hacer caemos en un bricolaje demencial. Menos mal que yo estaba en los desiertos poseremíticos porque sino me habría obligado a darle al taladro día y noche. Los niños están encantados con todos los cambios aunque acaso no sean conscientes de que el más importante es el que ellos mismos han experimentado: Manuel en El Escorial, Elena cerca de Londres, Ernesto en Aubsburgo. Verano de aprendizaje de lenguas y, sobre todo, de emergencia del deseo que es, bienvenido sea Lacan, siempre cosa del otro. Hogar, dulce hogar. Aquí está la mejor de las rutas. Adiós.