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68 40 FOTOBLOG MIÉRCOLES 29- -8- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Luisa Cáceres Goyos Psicóloga y psicoanalista En Uruguay sólo se vive bien especulando financieramente Vino a España porque quería otro ejemplo para sus hijos IGNACIO SERRANO RUIZ MADRID. A Luisa le encanta el verano español, porque, aun siendo muy caluroso (aunque este año hayamos sufrido estrañísimos cambios de temperatura) por lo menos es estable. En Uruguay coexisten las cuatro estaciones en una. En verano por ejemplo, por la mañana hace mucho calor, te vas a la playa y de pronto se pone a llover, luego tienes una tarde otoñal y de noche te falta otra manta. ¡Inestable como su economía! dice en un tono bromista, aunque el tema económico en Urugay no inspira la risa precisamente. De hecho, esos problemas fueron los que la hicieron decidirse para marcharse de su país: Decidimos venir a España por discrepanciaas con el estilo de vida del Uruguay. Allí se podía vivir bien especulando financieramente, con el cambio monetario por ejemplo, pero si trabajabas dignamente ni siquieras sobrevivías o debías tener dos o tres empleos. Queríamos otro ejemplo para nuestros hijos. Lo malo es que con los años vimos que no era un estilo exclusivo del Uruguay Luisa ahora reside en Palma de Mallorca, lugar en el que ha podido comprobar que la imagen del torero es un topicazo donde los haya. Hay una España para el exterior y otra realidad interior. No hay una, sino muchas formas de vida, de costumbres, de tradiciones, de lenguas. En Latinoamérica aún hoy se tiene la idea de la madre patria de los toros y las castañuelas, una imagen muy flamenca, pero no se perciben las diferencias. Los mallorquines agudizan esas diferencias aún más como forma de preservar su identidad isleña. Por un lado acogen pero por otro se cierran en su intimidad. El uso de su lengua, por ejemplo, es casi de uso familiar. AP La Venecia más bella se encuentra en Macao Parece difícil imitar a la mágica Ciudad de los Canales Sin embargo, existe un lugar en el mundo que lucha por conseguirlo. Se trata de Macao, una ciudad situada en la costa del sur de China y que posee un resort- -propiedad de un millonario americano llamado Sheldon Adelson- -en el que no falta ni un detalle de la ciudad italiana. En la imagen, una góndola navega por las proximidades del hotel, que ha ayudado a hacer de Macao el líder mundial como centro de juego más lucrativo, sobrepasando incluso a Las Vegas. Fernando Castro Flórez Siesta interruptus a paliza del avión, la espalda que pide clemencia. Ayer Caparrós se empeñó en que teníamos que dar una gran batida esa fue su amenazadora expresión, para fotografíar todo San Francisco Me entró verdadero pánico y, para escaquearme, argumenté que tenía que ir la biblioteca del Museo de Arte Contemporáneo a documentarme sobre Jan Dibbets y algunos fotógrafos contemporáneos. Aunque mi marcial compañero quería llevarme a su cacería visual a rastras, me resistí como si fuera una de las ninfas de Artemisa. No estaba dispuesto a llevarme esa paliza como traca final. Agarré un cuaderno y dos bolígrafos y con pa- L so decidido me arrojé a la rue con la intención de ir a enfrascarme en toda clase de catálogos. En realidad me oculté tres manzanas más allá, como un vil atracador en un callejón sin salida (el sitio perfecto, dicho literalmente entre paréntesis, para que te den el palo) Pasados cinco minutos que, en mi estado de ansiedad, me pareció una hora regrese al dulce hogar Caparrós había ahuecado el ala. Como un profesional me empiltré. A este proceder parasitario lo llaman en mi tierra la siesta del carnero Desde mi más tierna infancia no perdono una siesta y, bastantes días, me calzo dos. No hablo de ese acto lamentable de quedar- se traspuesto (en un sillón o en el sofá) sino del poderoso ritual de quedarse en pelotas y taparse con las mantas, haga el tiempo que haga, para abandonar el mundanal ruido durante dos o tres horas si se tercia. Cosa inusual: una especie de pesadilla comenzó a adueñarse de ese tiempo maravilloso del imperturbable sobar Resulta que, en esas imágenes atravesadas, Caparrós regresaba furtivamente al hotel y me pillaba en mi estado deyecto, utilizando entonces las cámaras y pesados objetivos para darme una paliza de muerte. Fatalmente terminé por incorporarme. Al no tener nada que hacer me entregué al zapping convulso. Pasaba de un canal al siguiente con una rapidez olímpica. Todo parecía, como es lógico, lo mismo. Hasta que me topé, en MTV con un concurso demencial que era, no quiero engañar a nadie, lo que necesitaba. Un negro feísimo, vestido más allá del ridículo, con un reloj enorme de esos de cocina como colgante, tenía que ser corte- jado por unas veinte mujeres. El fulano habitaba en una mansión acorde con su desastre estilístico, con un Tyranossaurus Rex, con corona brillantísima para enfatizar el rollo, en la entrada. Las candidatas eran de un macarra absoluto. Una de ellas no se cortó nada y el primer día ya se cagó en el hall y en las escaleras. Al llegar al dormitorio comenzaron a pelearse unas contra otras, con toda clase de empujones, bofetadas y los inevitables tirones de pelo. Hablaban a toda velocidad y lo más bonito que se decían era puta o bésame el culo Flavor, que así se llamaba el objeto del deseo las reunía cuando le venía en gana y encargaba intrépidas misiones que consistían principalmente en que le dieran besitos y que él pudiera sobarlas a discreción. Era, lo juro, una de las cosas más sórdidas que he visto en años. Ahora, regresando a Madrid, pienso que esa aberración de la tele era la mejor de las despedidas de la Route 66. Quería escapar de la nostalgia del desierto.