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66 CULTURAyESPECTÁCULOS Muere Umbral, mortal y rosa MIÉRCOLES 29 s 8 s 2007 ABC LA CAJA NEGRA ANNA CABALLÉ espués de varios años de convivencia con él, leyendo sus libros, reconstruyendo su trayectoria vital, hablando con amigos y enemigos, se había convertido para mí en una especie de presencia flotante. Ahora la noticia de su fallecimiento, que he recibido en Santander, en un día de cielo brumoso, me hace pensar en él en unos términos hasta ahora imposibles de prever ¿Cómo fue su último minuto? La enfermedad se coló en la vida del escritor en el verano de 2003 y desde entonces creo que todos hemos tenido la impresión de que su tiempo se estaba agotando, quizás en el sentido más esencial. El único movimiento perceptible desde entonces era la escritura. Enfermo o sano, Umbral no ha dejado de escribir y publicar libros o artículos de forma constante desde su primera reseña sobre Jorge Guillén, publicada en El Norte de Castilla de la mano de Miguel Delibes. Ha muerto a los 75 años (nació el 11 de mayo de 1932) y no a los 72 como se viene diciendo en los medios de comunicación, aunque eso ahora ya poco importa. Intento recordar la última vez que le vi: fue en el hotel Palace, su bar preferido, cuando yo intentaba escribir su biografía contando con su asentimiento y colaboración. Aquella tarde la colaboración entre ambos se vio imposible: él no podía apearse de la leyenda que tan esforzadamente había construido de sí mismo y yo quería ser fiel a mis convicciones. No hubo acuerdo y cada uno siguió su camino. Sigo pensando que la verdadera existencia de Umbral es muy superior al mito fabricado a base de retales: el presunto rojerío, la bufanda blanca, el artículo brillante escrito en 20 minutos, las jais, el dandismo... Pero él nada quería que se supiera de la primera. Estaba convencido de que si uno hace como que olvida algo, el pseudo olvido acaba produciendo olvido verdadero. Si nada se sabía de sus orígenes tal vez esos orígenes acabarían por desaparecer, por difuminarse, como el pentimento, entre fantasías más acordes con el deseo del escritor. Fantasías, en cualquier caso, mucho menos dolorosas que la verdad. Inmensa cruz la que ha arrastrado el escritor años y años por propia voluntad, acaso por imposibilidad de enfrentarse a sí mismo de otro modo. Pero ahí están los aullidos de dolor de sus mejores libros para demostrar que nada más difícil de conseguir que la huida de uno mismo. De manera que fui yo la que trepó por su árbol genealó- D gico, metiendo la mano en la caja negra del escritor y desvelando la soledad abrumadora de su infancia. Él me debió detestar por eso. La pregunta es: ¿era necesario trepar ese árbol? ¿no basta con la obra? En el caso de Umbral, como en el caso de quienes se empeñan en hacerse con un rígido personaje que dé cobertura a todas las perplejidades que el secreto genera, diría que no. Es que no convence. La primera perplejidad fue comprobar la cantidad de veces que el escritor hacía referencia a su nombre en su literatura. ¿Por qué esa fijación con su propio nombre, tantas veces repetido en sus textos? La pregunta me condujo a las puertas de una explicación: durante años su identidad fue más que confusa. La primera vez que Umbral utilizó ese falso apellido como nombre literario fue la noche Enfermo o sano, Umbral no ha dejado de escribir y publicar libros o artículos de forma constante Creo que la trayectoria de Umbral ofrece una interesante reflexión sobre las difíciles relaciones entre el periodismo y la literatura del 29 de mayo de 1958, en un programa de radio de una emisora leonesa. Acababa de conocerse la noticia de la muerte de Juan Ramón Jiménez y el joven locutor Francisco Pérez, que había leído con verdadera devoción al poeta de Moguer y podía recitar limpiamente muchos de sus poemas, abrió su crónica diaria con voz conmovida: Ha muerto Juan Ramón Y la firmó Francisco Umbral. En poco tiempo aquel joven de vocación arrolladora se trasladaría a Madrid y se partiría el pecho por encontrar una voz propia que le permitiera hacerse un lugar en la cultura española. La crónica literaria de esos años difíciles puede leerse en uno de sus mejores libros, La noche que llegué al café Gijón (Destino, 1976) que causó admiración a críticos y lectores y consolidó a Umbral como un escritor capaz de transformar su propia biografía en un potente artefacto literario. Después vino un libro incomprensible Los helechos arborescentes y a partir de aquí una sucesión de obras coyunturales, mal armadas, que le dieron mayor popu- laridad si cabe pero que lentamente fueron minando su credibilidad literaria. Creo que la trayectoria de Umbral ofrece una interesante reflexión sobre las difíciles relaciones entre el periodismo y la literatura. Sin duda a Umbral la ingente escritura de reseñas y crónicas en sus años de formación le sirvió para crearse una voz propia, incisiva, informada, inconfundible. Con ella atrapó a muchísimos lectores. Pero también le atrapó a él en la urgencia del día. Y así, al tiempo que las columnas le daban agilidad, frescura, atrevimiento y la anhelada proyección pública le forzaban a repetir fórmulas de estilo y de planteamiento. En definitiva, las columnas condujeron a Umbral al manierismo. Ahora llega el momento de aventar el grano de la paja y quedarse con lo mejor de su escritura derivativa y arborescente, siempre en la periferia del canon. Ha muerto Umbral y el mar cántabro ahora mismo es liso y blanco como un sudario. El duque de Lugo, Jaime de Marichalar y el ministro de Cultura se acercaron ayer a la capilla ardiente del escritor EFE DE UN TIEMPO, DE UN PAÍS FERNANDO R. LAFUENTE rancisco Umbral ha sido el cronista literario de la Transición. De los treinta años qe transformaron España. Estilizó el esperpento valleinclanesco con un exquisito y canalla toque Proust y reunió en la misma página la picaresca del Lazarillo y el malditismo elegante de Baudelaire. Inventó las ne- F gritas, porque hasta él si existían eran ignoradas, e hizo de la crónica política un género literario y de la literatura, una sección fija en los periódicos. Ni nuevo periodismo, ni viejo columnismo. Umbral creó un estilo, un rasgo, un trazo en un español elegante y barriobajero, vanguardista ¿o mejor, atrevido? y tradicional. Como Ramón, se movió entre los géneros híbridos. Todo cuanto trataba, todo cuanto tocaba, lo convertía en literatura. Mortal y rosa y Travesía de Madrid con algunos capítulos y fragmentos de La leyenda del César Visionario componen su imponente legado narrativo. No es poco, si se atiende a su casi aritmética composición prosística, a su apasionado rigor en mostrar el sinsentido de unas existencias paródicas y patéticas, en advertir, con Bergamín, que el español no es fanático es fonético, a su distancia elegantemente irónica del devenir de cada día, tan fatuo, tan particularmente efímero en la vida española. Mientras buena parte de la clase política, mediática, económica, intelectual española miraban al dedo cuando el dedo señalaba la luna, Umbral, guiñaba un ojo a sus lectores, y lo describía. Lástima, ahora que todo es mucho peor no contar, como siempre, con su talento.