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ABC MIÉRCOLES 29- -8- -2007 65 nado para hacer buena literatura. Como dijo Picasso, si la miseria pudiera comprarse, Umbral se habría arruinado. Para Umbral era mucho más literario un pobre de la Gran Vía o una mujer con niño y cartel. Poseían mucho más valor, emocionan, conmueven, llegan mucho más que una señora marquesa que va a misa de una. Eso es de novela del XIX dijo. Escribía a contracorriente porque los escritores conformistas como Pereda y cosas así pues a mí me aburren mucho y me dan mucha risa confesaba. Tampoco le molaba la movida de clanes o camarillas. No hacía política literaria. Y no aspiraba a ingresar en la Real Academia, que le dio con la puerta en las narices: Eso ni me lo planteo. Allí siempre está el mismo polvo sentenciaba. Y afilaba: Los enemigos traicionan muy fino Fue premio Nadal (por Las ninfas de la Crítica Leyenda del César Visionario y Nacional de las Letras Españolas. No se consideraba espada de la derechona sino abrecartas de Damocles de la izquierdona No hay izquierdona- -reconocía- Existe un problema fuerte nacional o antinacional o yo qué sé, nacionalista Para Umbral, Caín seguía siendo la izquierda y Abel la derecha: Son los agricultores contra los pastores. Abel es el agricultor que cuida mucho sus frutos y la Biblia dice que para ofrecérselos al Señor; y Caín es el trashumante, que cruza el mundo. Claro, siempre hay más revolución, más inquietud, más novedad, más progreso, en ese hombre errante y aventurero que en el primer burgués que es Abel Ayer, políticos a su diestra y a su siniestra Libros esenciales Larra. Anatomía de un dandy Travesía de Madrid Lorca, poeta maldito Si hubiéramos sabido que el amor era eso El Giocondo Amar en Madrid Memorias de un niño de derechas Mortal y rosa Las ninfas La noche que llegué al Café Gijón Ramón y las vanguardias El hijo de Greta Garbo Trilogía de Madrid La belleza convulsa Leyenda del César Visionario Las señoritas de Aviñón cerraron filas en torno a él, lamentaron su muerte, y no se cansaron de pedir nombres de calles e institutos en Madrid para Umbral, como anunciaron Aguirre y Ruiz- Gallardón. Iconoclasta, rompedor y desmitificador, Umbral comenzó en el Periodismo dando las cotizaciones del mercado de granos a El Norte de Castilla que dirigía su maestro en el tiempo y en la profesión: Miguel Delibes. Ha colaborado en numerosas publicaciones semanales y periódicas, entre ellas ABC, y ha obtenido los premios Mariano de Cavia, Asociación de la Prensa y González- Ruano. Y como todo ser humano Umbral tenía sus filias y sus fobias. Así, del exilio escribe: España se había partido en dos porque la mayoría de los literatos y poetas eran o se creían de izquier- Filias y fobias das. Creo que la aparición de Cela, Buero, Bardem, Fernán- Gómez y otros compensaba un poco la ausencia de Alejandro Casona, pero incluso esos hombres- revelación mantenían el mito de la España ausente. Luego fuimos comprobando que los buenos, los que no estaban, eran los que ya sabíamos: Juan Ramón Jiménez, el 27... El resto de los exiliados eran unos desconocidos y cuando volvieron no se descubrió nada, no se ganó nada. Y para descubrir a Alberti no hacía falta hacer una transición, ¡ya lo leíamos! Y Umbral salvaba: a Larra, a Unamuno, a Azorín, que era el que mejor encaja en el artículo de periódico; a Ortega, que poseía la clave de la columna porque sabía jugar en un recuadro con una metáfora, una idea, una noticia, una imagen, una actualidad, una anécdota; a Valle- Inclán, a Gómez de la Serna y sus greguerías; a Eugenio d Ors, que aporta al Periodismo un tonelaje de filosofía y de humor a César González- Ruano, a quien se leía por magistral y porque no hablaba de política Y al gran árbol al que se arrimó, Camilo José Cela: Irrumpe en los 40- 50 con un género nuevo y caudal, como siempre en él. Cela escribió de Umbral en ABC: Nadie olvide que Umbral, ese gran escritor al que la Academia, en su desbarajuste, le viene negando un sitio entre los inmortales, es uno de los tres grandes prosistas del siglo XX español (los otros dos somos Valle- Inclán y yo, los tres ex- aequo) Cuando Cela era cadáver exquisito Umbral le agradeció el elogio con un controvertido libro titulado así. Ahora Umbral se reencontrará con Cela en el principio del verbo. ESCRITOR PERPETUO MIGUEL GARCÍA- POSADA rancisco Umbral representa a la perfección el modelo del escritor perpetuo y de la escritura perpetua que él ha glosado a propósito de González- Ruano. Desde esta perspectiva diríamos que el escritor nunca deja de serlo y escribir es oficio tan absorbente como excluyente: todo es escritura, sólo ella, la escritura, otorga sentido a la existencia; se es porque se escribe, se es escribiendo, porque uno se escribe a sí mismo y escribe el mundo. Esta escritura se alimenta de sí misma, es endógena y, necesariamente, centrípeta, formalista, porque alienta en ella la voluntad de transcenderse: verba manent conforme al adagio latino. El estilo, en consecuencia, nunca será neutro ni abdicará de la imprescindible tensión verbal. Porque en esta escritura perpetua el lenguaje se habla a sí mismo y habla consigo mismo, con independencia de la circunstancia en que se apoye en cada momento. Estirpe ilustre la que ha engendrado a Umbral, quien viene de Quevedo, pero también del barroco gongorino (Quevedo y Góngora comparten una amplia base común) de Torres Villarroel, de Larra (por quevediano y por escritor de periódicos) de Valle- Inclán, de Ramón Gómez de la Serna, de Juan Ramón Jiménez- -el prosista- de Ruano y la corriente barroca del 27, del valleinclanesco Foxá, de Cela, en fin. Esta condición perpetua de la escritura umbraliana la explica e ilumina mucho más que su presunta raíz autobiográfica, que es a menudo ficticia y consecuencia de secretos impulsos sublimatorios. De hecho, en su misma obra de ficción, el narrador, escriba en primera o en tercera persona, es con frecuencia un personaje, una criatura poética más. A esta condición de escritor perpetuo remiten todos los textos umbralianos, sean narrativos, ensayísticos o periodísticos. Umbral ha escrito de modo caudaloso en los periódicos, pero sus columnas son ante todo literatura, no persiguen la información, sino decirse a sí misma. Consecuente con todo esto ha sido la propia actitud vital del escritor, que se ha creado, a su vez, un personaje (una máscara) con que alternar en sociedad. Existe un personaje llamado Umbral, como existió un personaje llamado Unamuno, como Valle- Inclán, o Ramón, o Cela. F SE HA CANSADO CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS e conocí como poeta, que es lo que en el fondo era. Aún no se llamaba Umbral, sino Paco Pérez, y con ese nombre participó en un recital en el teatro Carrión de Valladolid. De todos los que pasaron por el escenario sólo le recuerdo a él. Me impresionó la gravedad de su voz, su figura de Giacometti y su desesperanza, casi desesperación. Estoy cansado repetía en muy diversos tonos a lo largo del poema. Luego comencé a leerle en El Norte de Castilla pero no coincidí con él en el periódico porque se había ido a una emisora de León. Aquellos textos breves, a veces pies de foto, se despegaban del costum- L J. LUIS ALVAREZ brismo y de la crónica al uso por su intensidad literaria. Se ha dicho que aprendió de GonzálezRuano. Le superó enseguida. Vino a Madrid decidido a vivir de sus metáforas, del surtidor de imágenes que le salía de las manos de una forma aparentemente natural, en realidad de un trabajo metódico. Creo que no soy indiscreto si digo que en aquellos tiempos duros le rondó la tentación del suicidio. Tenía por entonces como modelo un Mariano José de Larra que se inventó a su medida: trágico pero dandy. Le resultaba muy difícil atenerse a la realidad, de modo que se impuso la misión de idealizarla. Ésa fue su interpretación de la revolución: atravesó Madrid con su lírica, se inventó una Greta Garbo como madre, una infancia de derechas, una madurez de izquierdas... Eligiera el género que eligiese- -novela o crónicas para Sapisa Colpisa, que dirigía Manu Leguineche, su director y confidente- -siempre podías detectar a Juan Ramón, a Neruda, a Lorca, a Aleixandre, a él mismo. Sin duda su ejercicio literario supremo y más conmovedor fue Mortal y Rosa el precio más alto que le hizo pagar la vida, la cima de su poética disfrazada, enmascarada. Fue escritor tan pagado de sí mismo que nunca concibió que el lector necesitara más incentivos en sus novelas que su propio estilo, el río de imágenes en el que debería zambullirse y dejarse llevar. Y en eso se fue agotando. Hasta cansarse del todo.