Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
72 40 TIRIOS Y TROYANOS BAJOS FONDOS LUNES 27- -8- -2007 ABC ALTOS VUELOS DE PULGAS Y LIENDRES Antes las damas se protegían de la mordedura del sol con actitud puritana, pues tostarse la piel era peor que perder la honra Bancos y agencias de viajes hacen su agosto desde que, un buen día, los privilegiados que se ejercitaban con el sport descubrieron que lo de hacer negocio con el tiempo libre de los demás era también una forma de negarles el ocio. Y ahora que las pulgas se han convertido en liendres, y las antiguas zurcidoras de virgos ocupan vicepresidencias y cargos ministeriales, ahora, cuando llega el verano, las damas ya no resguardan sus cuerpos del sol, sino todo lo contrario. Y abren sus carnes de gusto para recibir los rayos de un sol lascivo y calentorro que penetra a pelo, pues el preservativo de la capa de ozono anda ya demasiado agujereado para resultar eficaz. Y por seguir con lo mismo, que en este caso es lo único, cabe aquí hundir tecla, y todo lo que corresponda, para celebrar los pellejos deshonrados ya que siempre resultarán más excitantes, a ojos vista, que los harinosos, donde el macarrón azul de las venas se transparenta con resentimiento de clase. En fin. LO MEJOR, LA PANTALLA Los peores, con todo, son los guiris, que se bajan aquí a medio cocer con la esperanza de que el sol los ponga al dente ner tiempo para cuidarse mucho. Con el bronceado ocurre lo mismo. Cuando los sufridos campesinos estaban quemados de tanto sembrar, los que les recaudaban el diezmo, la primicia y el derecho de pernada se cuidaban de mantenerse bien blanquitos para no confundirse con el populacho. En cambio, cuando el proletariado pasó a la fábrica, como en el imperio de Ford no salía el sol, los burgueses empezaron a broncearse, y así, a la que se diferenciaban, presumían de trabajar poco y darse el lujo de estar morenos. De ahí al tueste de Julio Iglesias sólo media un invento, la lámpara de rayos UVA, de la que se enamoró porque le pudo dar las tres cosas: pasta para costearte, lentitud para encenderte y vida para vivirla junto a ti. Quod erat demonstrandum. Los descubrimientos médicos han venido a trastocar el orden constante de las modas. Que el sol achicharra lo sabemos hace siglos, y debe de ser consecuencia de ocupar el centro del sistema solar. Por defender esa posición fue abrasado Giordano Bruno, pionero en la costumbre de quemarse a causa del sol, ya que ni se achantó al defender el heliocentrismo, ni se contentó con murmurar por lo bajini eppur si muove como el pendejo de Leonardo. Será un homenaje que el gentío le brinda esa costumbre de chamuscarse sin protección. Tal como Bruno en la hoguera, pero desprovistos de heroísmo. Alguna atracción extraña hacia el sadismo aqueja a los amantes del bronceado, también inclinados a remedar a San Lorenzo en cuanto llega el verano. Se tiran en la parrilla de la playa o la piscina como mártires, y se giran musitando para sí las palabras del santo: ponedme del otro lado, que de éste ya estoy asado. Los peores, con todo, son los guiris, que se bajan aquí a medio cocer con la esperanza de que el sol los ponga al dente. Comprendo su desesperación, porque una infancia saltando a la comba en la oscuridad teutona devasta el ánimo de cualquiera, pero eso no se cura en quince días. Los pueblos alegres, ya tú sabes mi amol, tienen el sol transfundido en la sangre de nacimiento. Y cuando los de por ahí arriba buscan atajos acaban carbonizados y con la espalda zurcida a retales de pellejos, que hasta se ha visto a la sirenita de Copenhague con las escamas fritas. Para ellos y para cualquiera, es sabido que la mejor protección solar es la pantalla. Y cuando se acompaña de teclado, como hemos hecho el Montero y yo todo el mes, la blancura de la epidermis está asegurada. Salvarse del despelleje ya es otra cosa. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora P or seguir en el túnel del tiempo veraniego, viene al pelo recordar cómo eran las playas de entonces. Las fotos en sepia nos muestran a las damas bajo sombrillas de encaje y a los hombres con bañador de cuello alto y sombrero canotier. ¡Al agua, patos! Y así, se zambullían a practicar el sport y después tomaban un lunch, todo tan fino que, visto ahora, resulta ridículo. Lo de veranear en el campo era, más bien, asunto del personal que cogía el despido y se presentaba de vuelta a su pueblo con la parienta y toda la prole. Entre los depuestos, también los había que se quedaban en la ciudad con cara de cornudos apaleados y esperando la recomendación de un fulano que conocía a la parienta. En fin que, hasta hace bien poco, lo de veranear en la playa era cosa que sólo se podían permitir unos cuantos privilegiados. Volviendo a los tiempos del color sepia y a las sombrillas de encaje, cabe aquí recordar que las damas de entonces se protegían de la mordedura del sol con actitud puritana, pues lo de tostarse la piel era peor que perder la honra. El pellejo moreno era cosa que no se podía disimular, al contrario de lo que pasaba con la virginidad que siempre se podía zurcir. En España, desde los tiempos de la Celestina, y más atrás todavía, hubo manos diestras en el asunto de remendar la virtud perdida. Con todo, para defenderse de la mordedura de un sol lascivo, no había más remedio que la media luz de un sombrajo vestidito con puntillas. De esta forma, el pellejo quedaba transparente y el macarrón azul de las venas destacaba de la misma forma que destacan los ríos en el mapa de España. Con el correr de los años, el asunto del bronceado sigue marcando la diferencia entre la seda y el esparto. Sin embargo, lo que ayer era tela hoy es deshonra y, en ese plan, todo quisque intenta presentarse con el moreno subido después del veraneo, ya que lo contrario mancilla la posición social. Así, lo de exhibirse bronceado es lo que vale de puertas afuera aunque, de puertas adentro, la familia pida menos mantel y más de comer. Y si eso es Estado de bienestar que venga el Diablo y lo prenda fuego. A la idea de belleza le han echado encima, como a las mujeres, la reputación de ser cambiante y caprichosa. Es falso. Lo chic ha sido uno y lo mismo a lo largo de los siglos: parecer rico. ¿Por qué dejó El Greco indiferentes a sus contemporáneos y no se le valoró hasta el siglo XX? Porque sus figuras leves y verticales eran de pobres: entonces estaban de moda las damas orondas, celulíticas, bien alimentadas, como las Gracias de Rubens. Meridiano. Ahora se han vuelto las tornas: vivimos en la opulencia y nadie pasa hambre- -digamos casi nadie para no olvidar a los olvidados- luego lo distinguido es comer poco y te- Todo quisque intenta presentarse con el moreno subido después del veraneo, ya que lo contrario mancilla la posición social El bronceado es una de las obsesiones de la sociedad contemporánea ABC Alguna atracción extraña hacia el sadismo aqueja a los amantes del bronceado, también inclinados a remedar a San Lorenzo