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ABC LUNES 27 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL SÍNDROME DE FORT APACHE UIZÁ nunca lo dejarán de ser, pero las terminales del Estado en el País Vasco, y significadamente las casas- cuarteles de la Guardia Civil, han vuelto a rodearse del aura maldita y fronteriza de Fort Apache, remotos enclaves en territorio hostil de asedio, encono y aislamiento forzoso. La ruptura de la tregua, la crecida batasuna, la impunidad renovada del entorno etarra, el ingreso tolerado de ANV en las instituciones locales y, en general, el paso atrás propiciado por la ambigua política transversal del PartiIGNACIO do Socialista y el GobierCAMACHO no han devuelto a muchas poblaciones vascas a la atmósfera de animadversión y peligro de los años ochenta, la de la semiclandestinidad de las fuerzas del orden, el miedo incrustado en la médula social, el odio rampante por las calles y las bombas que en la madrugada traen el estrépito de cristales rotos con que siempre se anuncia la presencia invisible del terror. En política, como en la física, cuando una fuerza cede o abandona un espacio surge de inmediato otra que tiende a ocuparlo. La dejación de funciones del Estado, su resignación ante el incumplimiento impune de las leyes, su omisión del deber de defensa de los símbolos, su actitud acobardada y su repliegue ante el empuje levantisco de la violencia, provoca un corrimiento de poder que fortalece los intereses de los enemigos del sistema. Primero se minimiza el terrorismo callejero, después se ignora la extorsión a los empresarios, luego se hace la vista gorda ante las candidaturas batasunas apenas camufladas y más tarde se renuncia al izado reglamentario de las banderas que simbolizan la presencia misma de una estructura política nacional. Entonces ocurre: alguien aparca un coche cebado de explosivo en la puerta de un cuartel y la deflagración transporta al territorio abandonado por un túnel del tiempo que conduce a la época ominosa de la tragedia cotidiana en un paisaje social devastado. Quizá nunca haya dejado de ser así, en el fondo. Pero hubo un momento en que al menos pareció invertirse el estado de ánimo, y se dibujó un horizonte en el que el terrorismo y sus cómplices pasaban de acorraladores a acorralados. Entonces, alguien decidió aflojar, sabrá por qué razones, y pintó un cuadro voluntarista de falsa paz en el que se borraba cualquier rasgo de vencedores y vencidos. El resultado era de prever: al cambiar la victoria por un empate, quedaba abierto el camino hacia la derrota. Ahora, otra vez, los guardias civiles, los policías, los funcionarios de un Estado residual y vergonzante han de disfrazarse o enrocarse en las trincheras del miedo, mientras los ciudadanos a quienes debían proteger sienten de nuevo la sacudida del desamparo. Las declaraciones grandilocuentes de resistencia no sirven ni siquiera para encubrir la viscosa realidad de una renuncia. Al menos, en Fort Apache ondeaba la bandera. Q ¿QUÉ PASA CON LOS NIÑOS? N las últimas semanas han aparecido en la prensa multitud de noticias relacionadas con niños. Todas ellas acaecidas en países occidentales, donde se supone que la infancia se halla más protegida; todas ellas aureoladas de ribetes truculentos o morbosos; en todas ellas, los niños resultan víctimas de alguna violencia o sevicia que, con frecuencia, les acarrea la muerte. Mientras los progenitores de Madeleine, la niña británica raptada en Portugal, prosiguen su periplo mediático, en un esfuerzo denodado por mantener viva la llama de la esperanza y también por evitar que su tragedia ingrese en el olvido, el niño de once años Rhys Jones es tiroteado en un barrio de Liverpool por adolescentes a quienes, al parecer, enfrentaba una querella de bandas callejeras. El mismo día, la Policía francesa arresta a una saboyana que ocultaba los cadáveres de sus tres bebés en el congelador de casa. Pocos días antes, leíamos que una madre había ido ofreciendo sexualmente a su hijo de dos años por diversos garitos de Sitges. También en España varios padres desaprensivos han sido condenados judicialmente por abandonar a JUAN MANUEL sus hijos en el coche, o en plena calle, DE PRADA mientras ellos se corrían una juerga. Y, por supuesto, no hay semana que no se destape un nuevo caso de pederastia, una nueva red de cibernautas pedófilos, un caso flagrante de malos tratos infantiles, etcétera. Son los sobresaltos más tremebundos de una lepra social que extiende sus tentáculos imparablemente. Junto a estas noticias más acongojantes, nunca faltan otras de tono también sombrío que, sin embargo, se revisten con el disfraz de la asepsia sociológica: cada vez es mayor el número de niños que sufren trastornos psíquicos hasta hace poco propios de adultos; también crece el número de niños que fracasan en la escuela, que se comportan de modo indisciplinado o agresivo en la escuela, que muestran problemas de adaptación, problemas para comunicarse, problemas para entablar juegos con otros niños; y, por supuesto, nunca para de E crecer el número de niños aquejados de obesidad, condenados a una vida sedentaria (no hace falta añadir que el consumo televisivo de los niños es cada vez mayor) Diversas encuestas y prospecciones demográficas nos muestran que los adultos en edad fértil se muestran cada vez más reticentes a la procreación, incapaces de afrontar las renuncias y sacrificios que exige una prole; también que el tiempo que los padres dedican a sus hijos es cada vez menor, por exigencias laborales o por mera irresponsabilidad en el cumplimiento de sus obligaciones (luego matan su mala conciencia satisfaciendo los caprichos más peregrinos de sus hijos) Entretanto, el número de niños víctimas del llamado síndrome de alienación parental y, en definitiva, de las desavenencias, separaciones y divorcios traumáticos de sus progenitores aumenta en proporción aritmética. Y los psicólogos infantiles coinciden en diagnosticar que, a la vez que retardan el acceso a la madurez, los niños acortan la edad de la inocencia esos años en que su alma aún no ha sido mancillada por las vilezas, apetitos y mezquindades que enfangan la existencia de los adultos. A ello habría que sumar- -last, but not least- -el número escalofriante de abortos perpetrados en las sociedades occidentales, cada vez más incapaces de afrontar su ignominia moral. Y todo esto que describo está ocurriendo en una época y en un marco geográfico en los cuales la pobreza ha sido en gran medida erradicada y las medidas asistenciales se han desarrollado hasta extremos impensables hasta hace unos pocos años. Pero los niños no parecen tener cabida en esta sociedad; o, expresándolo más ajustadamente, sólo parecen tener cabida como instrumentos como seres de los que es posible disponer, extraer una utilidad. Cuando no cumplen esa utilidad, prescindimos de ellos, o los tratamos como rémoras que estorban la consecución de nuestra dicha, o los metemos en el congelador. Algo muy grave está ocurriendo, sin que nos demos cuenta, sin que queramos darnos cuenta: algo que afecta a la propia supervivencia de la sociedad como organización humana. www. juanmanueldeprada. com