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ABC DOMINGO 26- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 97 ALTOS VUELOS LA GUERRA QUE SE TRAEN Estábamos mejor ayer, cuando los encuentros futboleros venían anunciados en el Tp y todavía no existía el teletexto llera digital. Ahí dieron comienzo las puñaladas, cuando los mercaderes del templo fueron tomando posición hasta llegar a la guerra de hoy en día. Un fuego cruzado de señales donde los vecinos salen tocados de los nervios. Entre las gentes que mueven el cotarro hay mucho parné y poco sombrero. Las cifras son tan altas que se salen de las calculadoras y las amenazas son tan ridículas que, donde debería poner te corto los cojones van y ponen te corto la señal Y a todo esto, aquí seguimos los del vaso de segoviano y el purito, que lo único que deseamos es ver ganar a nuestro equipo y Santas Pascuas. Lo que pasa es que los hay que aún no han caído en la única cuenta posible, la que resulta después de doblar el gran pañuelo del mundo. Por mucho anillo del Durex que nos pongamos, no somos más que flemas. Moco blanco que, un buen día, fecundó el vientre de nuestras santas madres y, pumba, aquí nos vimos de repente, con el mando a distancia y la libertad de poder elegir cadena que nos amarre. Una oportunidad para gozar de ella cuando hay un partido de fútbol por el medio. Con lo dicho, aquí toca plantarse a exigir a los mercaderes del templo digital que se tomen el asunto como corresponde, o sea, a la tremenda. Y que se dejen de amenazas donde los perjudicados siempre somos los mismos, y que pasen a la acción de una puñetera vez. ¿Cómo? Pues muy sencillo, tirando de bardeo y a mojás. Y que las mariconadas se queden en el armario, con el anillo del Durex y la foto dedicada por Raúl Castro. Para que, cuando vuelva la calma chicha que sigue a todo conflicto, entiendan que no debe haber más números en el fútbol que los del marcador pues, como dice el anuncio, audiencia somos todos. A ver si nos coscamos. EL DEPORTE ES COSA NUESTRA Pensaba que McLaren era el whisky irlandés que bebe Alonso, y me he enterado de que no bebe, aunque a veces fuma Hamilton bre la moral y las obligaciones de los hombres lo aprendió del fútbol. Pero ha llovido mucho desde entonces, por eso no responsabilizo del malentendido a Camus, un hombre con el que me bailaba yo siete tangos del derecho y siete del revés. Conste. La moral de los futbolistas de hoy es idéntica a la de la clase media anodina en busca del éxito social: pone zancadillas, insulta a la puta de la hermana, marca con la mano y hasta celebra un gol de penalti. Esto último no es inmoral, sino patético: el triunfo fácil fruto de una posición de dominio otorgada por el azar no se festeja, hombre. En cuanto a las obligaciones, las de los futbolistas pasan, que sepamos, por ganar mucho dinero, pues siempre están haciendo números para comprar el coche de 400 cv, la mansión de 2.000 m 2 y la chica de 90- 60- 90. De la ética del ciclismo no voy a decir nada porque no es mi negociado, ahora lo lleva Proyecto Hombre. Los varones reanudarán hoy sus milongas para revestir de honor el negocio futbolístico, mientras las mujeres volveremos al frontón. Y practicaremos verdadero deporte, esa lucha física en la que vencer es un fin en sí mismo, porque no viene con maseratis ni wonderbrás. Perderemos el tiempo en una actividad inútil, nos troncharemos para llegar a una bola y deshacernos de ella al momento. Volveremos rotas, desbravadas, sin aspirar a más recompensa que el laurel de cuando no había canal satélite, y la liberación de brincar en ese pantalón corto que goleó al miriñaque y triturará los burkas. Y todo eso, ¿por qué? Por jugar, que no sirve para nada pero lo es todo. Bueno, y para estar en forma por si se tercia que haya ganado el equipo del marido y éste se digna, por fin, a hacer algo de deporte. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora S on días en los que alcanzar cierta quietud requiere su esfuerzo, valga la paradoja. Y lo de hundirse en el sofalito para ver los primeros partidos de Liga, trae consigo un estado de nervios que no es normal. Debería ser al contrario, tal y como lo fue siempre, o sea, todo un escape, con el güisqui en una mano y el purito humeante en la otra, igual que antes, cuando todavía no se había inventado el mando a distancia y la 2 era el UHF. Entonces los marcadores ardían y, lo de poder asistir a la retransmisión del primer partido de Liga, era el mejor deporte que se podía practicar. Pero se acabó lo seguro y vino lo incierto. Y como más vale palmo que vara, cabe aquí decir que estábamos mejor ayer, cuando los encuentros futboleros venían anunciados en el Tp y todavía no existía el teletexto, ni el teléfono celular, ni tampoco el anillo del Durex. Ahora el marcador importa un pimiento, por no decir otra cosa, y la única cifra que interesa es la de la audiencia. Por dicho detalle, los intereses de las televisiones privadas se sobreponen a los intereses de un público que, a estas alturas, le da igual lo que los unos tengan, hayan tenido o dejen de tener, con los otros en todas sus formas verbales. Ayer putas y hoy comadres, que dice el dicho. Y así viene pasando desde hace unos años que empezaron a repartir licencias y a subirse a la parra con la pae- l comienzo de la Liga es el peor agüero, un desafortunado presagio de que regresarán dentro de nada, ya están en ello, mis vecinos hablando flanderés. En cualquier momento me tocan a la puerta para decirme hola holita, ya estamos de regresito No sé si podré. Y para remate, me veía en el lance de engañar a mis lectores fingiendo saber algo del deporte profesional, por eso me he puesto al día: creía que Mestalla era un entrenador, pero ahora sé que es presidente de un equipo; pensaba también que McLaren era el whisky irlandés que bebe Alonso, y me he enterado de que no bebe, aunque a veces fuma Hamilton. Sé que todo esto fomenta los tópicos más rancios respecto al desapego del mujerío hacia el deporte. Pero lo llevo a mucha honra. El mundo está repleto de varones que creen amar el deporte porque bajan los domingos a ver el partido de fútbol con sus amigotes y el chato de vino. Hora a la cual las mujeres aprovechan para echar un partido de frontón con una hija, ir a correr con una amiga o nadarse unos largos silenciosos. Los hombres practican deporte como profesionales, que no es deporte, o como espectadores, que no es practicarlo. Y pese a todo, aún andan por ahí algunos repitiendo la mandanga de la ética del deporte, el esfuerzo, la superación, el trabajo en equipo y blablablá. Ese mito se remonta a hace medio siglo, cuando Camus dijo que todo cuanto sabía so- E Aficionados al fútbol siguen un partido a través de la televisión ABC