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ABC DOMINGO 26- -8- -2007 40 95 Los navíos atracan en Shepaua, Pucallpa, Iquitos, Leticia, Tabatinga, Manaos, Parintins, Santarem y Belém do Pará, ya en su desembocadura solación a las riberas del gran curso de agua. Cualquiera que tenga alma vagabunda, encontrará el Amazonas como un lugar espléndido para un viaje sin ataduras. Por supuesto que, para ello, tendrá que hacerlo usando de los barcos de transporte populares, no de programas turísticos organizados. Son embarcaciones muy parecidas a aquellos viejos vapores que navegaban el Mississippi en los días de Mark Twain, pero que han sustituido la rueda impulsora por modernos motores de gas- oil. Los pasajeros viajan en una o dos cubiertas. Y aunque hay algún que otro camarote- -por lo general muy caluroso y frecuentado por insectos- la forma de acomodarse no es otra que la hamaca. Las cubiertas se convierten en una selva de chinchorros colgados en donde buenamente se encuentra lugar. Bajo la hamaca, cada cual organiza sus bolsas y maletas. Un barco amazónico parece, visto desde fuera, un lugar atestado e incómodo, pero la habilidad de la gente para hacerse hueco sin molestar a los otros resulta de una pericia formidable. El pasaje en esos navíos es muy barato, e incluye comida, dividida en los tres turnos: desayuno, a las seis de la mañana; almuerzo, a las once; y cena, a las cinco. Los barcos siguen los horarios del trópico, en donde todos los días del año amanece a las seis de la mañana y anochece a las seis de la tarde. Estas embarcaciones podrían parecer poco higiénicas. Pero son todo lo contrario. En la zona de popa, suelen llevar dos o tres compartimentos en los que hay un váter turco- -la plataforma con dos apoyos para los pies y un agujero en medio- -y, sobre la placa, una alcachofa de ducha que toma el agua directamente del río. Los barcos del Amazonas tienen un itinerario que se marca en una pizarra en el castillo de proa y suelen viajar entre dos ciudades importantes, deteniéndose en muchas pequeñas poblaciones del recorrido para embarcar y desembarcar mercancías y pasajareros. Cuando se detienen en los toscos muelles de las orillas, acuden numerosos vendedores a ofrecer a los pasajeros tanto pescados, galletas, refrescos y frutas, como platos tradicionales y populares del lugar, tal que la patarasca de pescado o la mazamorra de maíz. También se ofrecen cestos, aperos de labranza y, en un pequeño pueblo de la zona del Perú, incluso pequeños loros verdes y amarillos, al parecer muy dotados para imitar palabras y frases. De modo que los viajes en las lanchas o gaiolas resultan lentos, perezosos, en un subir y bajar de gentes diversas siempre dispuestas a pegar hebra con el extranjero. Como en tantos otros lugares del mundo, un viajero occidental siempre despierta la curiosidad de los locales. Y, para un vagabundo, la mejor parte de cualquier viaje por los caminos del mundo es el encuentro con el otro, con los hombres y mujeres de quienes nada sabes. En cada puerto, te despides de alguien con nostalgia de los buenos días pasados juntos. Pero la miseria duele. Los poblados en donde se detienen los barcos consisten en grupos de humildes casitas alzadas con paredes de madera y techadas de latón o de uralita, algunos pequeños cultivos robados a la selva, pequeños colmados en donde apenas hay nada, y multitudes de niños desharrapados para los que, la mayoría de las veces, ni siquiera existe una escuela primaria. Muchas de estas poblaciones carecen de centros de salud y no es raro que embarquen enfermos de malaria o disentería que son conducidos a las grandes ciudades con la esperanza de que lleguen con vida y puedan ser tratados de su enfermedad antes de entrar en coma irresversible. Pero estos barcos no aceleran nunca su marcha por una persona atacada por cualquier mal. El Amazonas es inclemente y fatalista. De las grandes ciudades en donde se detiene el río, sin duda las más interesantes son Iquitos, Manaos y, ya en la desembocadura, Belém do Pará. Pero hay un lugar del que se habla, por lo general, muy poco y que resulta extraordinariamente curioso. Lo llaman la Triple Frontera y es el punto en donde se encuentran la población peruana de Santa Rosa, la colombiana de Leticia y la brasileña de Tabatinga. En realidad, constituyen una misma población que pertenece a tres naciones. Y una vez al año, en verano, celebran las fiestas de la Semana de la Confraternización, en donde se bailan el vals andino, la cumbia y la samba, al mismo tiempo que se degustan ceviches, sancochos y feilloada, y que se beben piscos, rones y cachaça Cada año se proclama con ruido de cohetes una Miss Triple Frontera entre las tres escogidas como representantes de cada comunidad. Un río gigantesco, en un universo libre y desmesurado. El Amazonas abruma y asombra. FOTOS: ABC (por la alegría que produce el arribo de algo nuevo) Más adelante, según el río va ganando anchura y caudal, los barcos son mayores y pueden llegar incluso a transportar más de doscientos pasajeros. En Perú y Colombia los llaman lanchas y, en Brasil, recreios o gaiolas El río, en su recorrido, recibe nombres diversos: Apurimac, Tambo, Urutamba, Ucayali, Marañón, Solimoes y Pará, entre otros. Atracan los navíos en ciudades bastante grandes, como Shepaua, Pucallpa, Iquitos, Leticia, Tabatinga, Manaos, Parintins, Santarem y Belém do Pará, ya en el delta de su desembocadura. Cuando nace y desciende de las montañas el río es inca, aimara y quechua. Pero al llegar a los bosques, se torna mestizo. No quedan apenas indios en las orillas, huidos a las selvas del interior o confinados en reservas para peservarse de la avaricia de las empresas explotadoras de las regiones amazónicas. En la parte peruana del río, los árboles crecen todavía con firmeza y abundancia. En Brasil, a partir de Manaos, la deforestación se asoma con de- La cuenca del río drena territorios de Colombia, Ecuador, Perú, Boliva, Brasil, Venezuela y Guyana El ferrocarril del diablo En 1878, a comienzos del boom del caucho amazónico, el gobierno de Brasil trató de abrir una línea férrea en medio de la selva, de unos 320 kilómetros, entre la frontera de Bolivia y Porto Velho, que pudiese servir para transportar el valioso caucho boliviano por el río Madeira hasta Manaos y, desde allí, siguiendo el Amazonas, hasta el Atlántico, en donde podría ser embarcado a Europa y Estados Unidos. Tres compañías constructoras se arruinaron antes de que las obras se concluyeran en 1912, justo cuando la industria del caucho suramericano entró en crisis. A causa de los ataques de los indios, de las fieras y serpientes, pero sobre todo de la malaria, unos siete mil trabajadores murieron en los campamentos, entre ellos numerosos gallegos. Tal fue la mortandad que al tendido se le bautizó como Ferrocarril del Diablo. En 1972, la dictadura militar brasileña clasuruó el tren. Hoy, en las cercanías de Porto Velho, puden verse las máquinas y vagones abandonados entre la selva, comidos por la vegetación, y las tumbas de un viejo cementerio donde anidan las víboras.