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64 TRIBUNA Tribuna Abierta DOMINGO 26 s 8 s 2007 ABC Jorge del Arco RUIDO n el mes de Junio de 2005 comenzó la construcción de un parking público cerca de mi casa. Lo que siempre había sido el jubiloso patio de un colegio, desde donde llegaba el diario bullicio infantil, pasó a convertirse en una interminable y magna obra En un principio, y por las fechas de inicio, creí que se trataba de una remodelación de aquel espacio; imaginé unas porterías ávidas de goles, unas renovadas canastas sedientas de nuevas promesas del baloncesto... Pero el comienzo del curso escolar y el aspecto que aquella mole de cemento iba cobrando, me hizo desistir de mis ilusionantes expectativas. Han pasado desde entonces veintiséis meses, y el dichoso aparcamiento sigue sin estar terminado. Ahora, escribo estas líneas desde la cálida calma del Sur gaditano, y sin embargo, el maldito y diario rumor de las máquinas, vallas, grúas, excavadoras... que con tanta fidelidad me ha acompañado, sigue golpeándome incesante en la cabeza. Antes de partir hacia este mar azul y atlántico, no pude menos que informarme sobre la forma de adquirir una plaza para mi coche imaginario. -a mis años, sigo sin carné de conducir- Una voz mecánicamente humana me hizo saber del precio, facilidades de pago, número de plantas, etc. Aproveché la oportunidad- -única y verdadera razón de mi llamada- -para preguntar cuándo estaría concluso y poder empe- E El derecho a la tranquilidad debería ser uno de los principales referentes de nuestra sociedad. No pretendo, por supuesto, que alguien sancione a los responsables... zar a disfrutarlo. En Septiembre ya querríamos dar las plazas me contestó con una voz poco creíble. Suspiré, entonces rabioso, pues supe que tras mi retorno vacacional, aquella sinfonía discordante e irritante mantendría su constante son. La reciente sentencia del Tribunal Supremo que ha condenado a dos años de prisión y una multa de 730 euros a un ciudadano barcelonés por poner la música a un volumen que superaba en un 50 el máximo establecido, me ha hecho concebir ciertas esperanzas respecto a mi futuro descanso, mas me ha dado razón para concluir que el problema del ruido no es un asunto personal. Al hilo de esta noticia, he ido descubriendo cómo existen diferentes asociaciones repartidas por toda España que luchan contra este sonoro mal, -valga como ejemplo la denominada Granada contra el ruido si bien es difícil tener éxito a la hora de llevar estas quejas ante la justicia. Además, he sabido de las nocivas consecuencias que pueden provocar en las víctimas que de forma continuada sufren este problema: malestar general, pérdida de sueño, falta de atención, conductas agresivas, depresión, problemas cardiovasculares, infartos... Efectos que, lógicamente, serán más dañinos en niños, ancianos y personas de salud delicada. El derecho a la tranquilidad debería ser uno de los principales referentes de nuestra sociedad. No pretendo, por supuesto, que alguien sancione a los responsables de la construcción de un aparcamiento público a penas de cárcel. Porque a buen seguro sé que tendrán sus permisos y licencias municipales en orden. Pero ¿quién me devuelve a mí la paz perdida en esos más de dos años de molestias, turbaciones, sobresaltos y falta de descanso? Gran parte de mi vida laboral y familiar transcurre en casa, y de veras que no es fácil convocar a las musas ni a los hados literarios con esa infernal música de fondo que se te cuela por los oídos- -incluidos sábados y domingos por la mañana- Juan Ramón Jiménez, defensor a ultranza del silencio, lo consideró siempre imprescindible para su óptimo proceso creador: Con el ruido las palabras hondas sienten miedo y se cierran anotó en uno de sus certeros aforismos. Salvador Rueda, en su soneto El silencio escribió hace ya casi un siglo, dos sentenciosos endecasílabos: De las raíces del silencio brota el jugo más intenso de la vida España está a la cabeza de los países más ruidosos del mundo y, tal vez por ello, decisiones como la citada del Alto Tribunal, sí ayuden a incrementar la concienciación social y a reducir los ingratos comportamientos que se derivan de la contaminación acústica. Y a vivir y a dormir mejor. Eugenio Fuentes Escritor FESTIVALES DE EDIMBURGO No es extraño que en esta ciudad J. K. Rowling comenzara a escribir la historia del mago Harry Potter... A demás de las vacaciones, el descanso, los viajes, los baños o la siesta, uno de los placeres del verano es la asistencia a alguna de las actividades culturales y de ocio que, en muchas ciudades europeas, a pie de calle entretienen e ilustran a turistas y a nativos. De Perpignan a Copenhague, de Dublín a Venecia, en las plazas y en las playas se ofrecen conciertos y recitales, películas y representaciones de teatro y danza, ejecutadas con mayor o menor brillo y talento. Pero en ningún lugar europeo el verano se llena de tantos atractivos culturales como en Edimburgo. En los meses de julio y agosto se celebran al mismo tiempo varios festivales de Música, que congrega las mejoras óperas y orquestas del mundo, de jazz y blues, de cine, de arte y de teatro, con obras y compañías de máximo prestigio. Fuera de las salas, al aire libre y gratuito, se desarrolla en las calles del barrio viejo el festival Fringe (Al margen) Aficionados de todos los lugares llenan las aceras, esquinas y rincones de la Royal Mile con todo tipo de espectáculos. Funambulistas y tragafuegos, malabaristas y estatuas vivientes, magos y mimos, payasos y cuentacuentos, corales y bandas de gaitas escocesas y tambores... deleitan, sorprenden y divierten a un público generoso que ríe, aplaude y asiste encantado a esta exhibición de creatividad que se despliega cuando el cielo lo permite y no cae esa lluvia del norte, fina y esporádica, pero suficiente para mantener la alerta de paraguas y de chubasqueros. Posiblemente, en ningún otro lugar del mundo se concentre durante el mes de agosto tanto talento e imaginación por metro cuadrado como en la capital escocesa. Aunque no tan colorista ni espectacular, no es menos importante el Festival de Literatura, también en agosto. En octubre de 2004, la propia UNESCO reconoció los prologados esfuerzos y éxitos en el campo de las letras y concedió a Edimburgo el título de Ciudad de la Literatura No es extraño que en esta ciudad J. K. Rowling comenzara a escribir la historia del mago Harry Potter. Desde 1947, cuando el Festival se celebró por primera vez, por los verdes jardines de Charlotte Square han ido pasando año a año los mejores escritores vivos. En la edición de 2007, uno podía sentarse a tomar una pinta o comentar un libro con Doris Lessing, Margaret Atwood, Richard Ford, Ian McEwan, Graham Swift, Michael Ondaatje... También con españoles como Javier Cercas, Bernardo Atxaga, Rikardo Arregi, Rafael Reig, José Luis de Juan o el servidor que escribe estas líneas. Y para que todo esto funcione, es admirable la nutrida asistencia de público a cada uno de los actos, tanto que es difícil conseguir sitio, aunque haya que pagar por la entrada una cantidad que oscila entre 5 y 10 libras. Edimburgueses o no, las carpas, los teatros, las salas se llenan de espectadores interesados que valoran y agradecen los destellos de inteligencia, los rasgos de humor y los esfuerzos de los participantes. Yo recomendaría a muchos gestores culturales una visita a Edimburgo en agosto. No sólo para anotar ideas trasladables al ámbito de su gestión y, dentro de sus posibilidades, mejorar con el ejemplo que ofrece la excelencia. También para perder ciertas actitudes de arrogancia por haber logrado contratar para las fiestas locales un par de charangas, un sainete y una vaquilla del aguardiente.