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76 40 VISIONES SÁBADO 25- -8- -2007 ABC BELLEZA A CONTRAPLANO CHIPS DE VERANO José Manuel Nieves BESO EN LOS MORROS A LA CENSURA Caso: Encadenados Acusado: Alfred Hitchcock. Cómplices: Ingrid Bergman, Cary Grant, Claude Rains, Louis Calhern y Leopoldine Constantin. EE. UU. 1946. Quítese años Teresa de la Cierva Marta Barroso Que levante la mano quién no se haya alegrado (regocijado sería más exacto) al reencontrarse, 20 años más tarde, con una compañera del colegio que parece mayor. Pocas manos veremos alzadas. Según una encuesta realizada por Olay, casi la mitad de las mujeres reconoce que compara su aspecto con el de sus amigas para ver quién envejece mejor. Como si de una competición se tratara. Pues bien, ese estudio revela que hay un momento del año que todas parecemos más jóvenes: la mitad del verano. El artífice es el bronceado, que mejora en un 60 de los casos la confianza en nuestro atractivo. Paradojicamente, también es el causante de nuestras arrugas. ¿Solución? Total Effects 7 Touch of Sunshine de Olay (20 euros) una crema antiedad que recrea el efecto del sol en nuestra piel durante todo el año. Contiene un toque muy ligero de DHA (molécula autobronceadora) que reacciona con las células muertas que tenemos en las capas superiores de la piel y se crean unos pigmentos dorados que dan ese color semipermanente, similar al del bronceado natural. Para que se entienda, es el mismo tipo de reacción que da al dulce de leche su color tostado, cuando las proteínas lácteas reaccionan con el azúcar. Dulce juventud... Federico Marín Bellón Deberían vender camisetas con funda para sujetar el móvil Me dicen que, a veces, lo que cuento aquí parece inventado. Y es cierto, aunque doy fe de la absoluta autenticidad de todo. Ahí va otra, para la colección. ¿Se imaginan ustedes a alguien (otra vez mi amiga María José) en plena operación retorno, al volante y todo el viaje con el móvil pegado al hombro, bajo el tirante de la camiseta? ¿Qué por qué lo puso ahi? Porque, según ella se había estropeado la música y no sonaba, sólo vibraba Y en el coche, claro, la simple vibración no basta. Llevaba María José así, sin sonido, todas las vacaciones, mirando al teléfono a cada rato para no perderse ni una sola llamada. Al llegar a Madrid, se dispuso a solucionar el tema y se fue de rebajas, a comprar otro. Una docena de móviles después y una vez elegido (y pagado) el sustituto, el amable dependiente le preguntó qué era exactamente lo que le ocurría al suyo. No sé, no suena... El avezado vendedor lo miró, lo apagó, le quitó la batería, la volvió a poner y dijo: Pruebe ahora Perfecto. No sabía María José que los móviles, a veces, se cuelgan, igual que el PC. Y que basta con reiniciarlos para que todo vuelva a funcionar. Menudo veranito, menudo viaje de vuelta... Y un para el vendedor. unque la crítica fue despiadada con Encadenados François Truffaut, que de esto sabía un rato, la consideraba la mayor joya de Hitchcock, al menos en blanco y negro. Ingrid Bergman, dipsómana e hija de un filonazi, es reclutada por el agente del FBI Cary Grant, quien le da la oportunidad de limpiar su apellido como infiltrada en casa de unos amigos de su padre en Río de Janeiro. Lo que ambos desconocen es que la chica se verá empujada poco menos que a la prostitución: deberá casarse con el malvado Claude Rains, por amor a la patria, eso sí. El juego de equívocos entre Bergman y Grant es sublime. Ambos se inhiben, como Bogart en Casablanca por la causa más alta, mientras anhelan en secreto que el otro mande al FBI y al mismísimo Hitler a freír espárragos. En la memorable escena de la bodega, Hitchcock y el guionista Ben Hetch apuran la intriga y hallan el modo de reconciliarlos: cuando los pillan in fraganti, fingen ser amantes para esconder su condición de espías. Se ha discutido hasta dónde llega la zarpa del productor David O. Selznick, quien después de comprar los derechos de la historia, reunir al equipo e incluso rechazar varios guiones, A Cuatro fotogramas de la mítica escena de Encadenados anunciada en su día como el beso más largo de la historia del cine estimó la importancia de la trama del uranio, que para él no era más que el MacGuffin de casi todos sus filmes, la excusa que justifica la trama sin distraer al espectador con complejos detalles, a menudo unos planos o documentos secretos. Hitchcock sostenía que cuanto más irrelevante fuera, mejor para todos. No parece que en este caso diera en el clavo. Al maestro se lo perdonamos todo por el modo en que sorteó el código Hayes, que limitaba la duración (y hasta la inclinación) de los planos con beso. El gordinflón troceó su célebre ósculo en montaje y le dio en los morros a la censura con un eterno intercambio salival. Don Alfredo confesaría que le inspiró una pareja durante un viaje a París. La chica no aflojaba su abrazo grecorromano ni cuando él empezó a orinar contar la pared. ¡Ah, el amour... Hitchcock y Selznick se tomaron a chirigota la bomba atómica cedió el proyecto a la RKO para concentrarse en Duelo al sol Parece que Hitch le negó una modesta mención en los títulos de crédito. También es verdad que al productor el asunto del uranio y la bomba atómica le parecía una memez, a un año de la bomba de Hiroshima. Sea como fuere, al director británico le encantaba contar que el FBI auténtico (no Cary Grant) lo investigó en secreto, alertado porque él y Hetch habían curioseado entre científicos y preguntado cuánto podría abultar una bomba atómica. Pero el propio cineasta sub-