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ABC SÁBADO 25 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ECOS EN UN SUEÑO LEJANO N Durango se duerme peor que en el valle de los Oscos, pero el plácido sueño del presidente en la frescura umbría asturiana no merece alterarse por el lejano eco de cien kilos de explosivos. Normalidad es la consigna. En el tácito protocolo de emergencias del Gobierno, quizá sólo los muertos justifiquen una eventual interrupción de las vacaciones del líder carismático. Esta vez, al contrario que en la T- 4 de Barajas, parece que ETA quería matar y no lo ha logrado. Pero todas las bombas son la misma bomba, todas las amenazas son la misma amenaza, toIGNACIO dos los terrorismos son el CAMACHO mismo terrorismo. O tal vez no, para algunos. Se puede aceptar, en todo caso, que el presidente no desee sobredimensionar con su salida a escena la temida, esperada, reaparición violenta de sus antiguos interlocutores de Se puede, aunque sea de un pragmatismo atroz, especular con las intenciones de los terroristas, y hasta evaluar o calcular con egoísmo político el alcance de las consecuencias de un atentado. Se puede, aunque resulte ventajista, aprovechar las circunstancias para reclamar el apoyo moral que no había merecido elinfamante acercamiento pactista hacia quienes en realidad nunca han dejado de comportarse como enemigos del Estado y del sistema. Todo eso vale, llegado el caso decerrar filas ante un peligro común, pero hay que jugar limpio. No valen las dobles barajas, ni los comodines escondidos en la manga. No vale la retórica del cumplimiento de la Ley de Partidos sin que ya mismo, hoy- -y debió ser ayer- se ponga en marcha la maquinaria jurídica contra esa ANV incapaz de condenar la fechoría. Para recabar apoyo lo primero que hay que hacer es merecerlo. Y ante el terrorismo, se merece ofreciendo un combate sin fisuras, sin casuismos, sin planes ocultos y sin ambigüedades indecorosas. Ante la bomba de Durango, y ante cualquier otro ataque que pueda sobrevenir a corto o medio plazo, cualquier ciudadano bien nacido ha de estar moralmente alineado con quien debe: con el Gobierno, con la Guardia Civil, con la Policía, con las víctimas, con el Estado. Pero el Estado, y el Gobierno que lo representa democráticamente, tiene la obligación de ser leal con ese apoyo, y devolverlo en forma de liderazgo decidido, de un compromiso veraz, fehaciente y unívoco que aleje toda sospecha de mala conciencia, de portillos abiertos o de persistencia, siquiera remota, en la fe en una vía que se ha demostrado equivocada. Por decirlo del modo más suave posible, dadas las circunstancias. Ytodo ello sin perjuicio de la memoria reciente y de sus consecuencias. Sin que se olvide quién negoció, qué negoció, con quiénes negoció, para qué negoció, en nombre de quién negoció y con qué consecuencias negoció. Pero eso habrá que recordarlo cuando toque, cuando llegue el momento de activar la conciencia civil en el acto supremo de la soberanía democrática. Hasta entonces, que nadie turbe con angustias urgentes el sueño profundo que propicia la serenidad del bosque. E CASTRACIÓN ARKOZY no me mola nada. No me gusta cómo gallea, cómo saca pecho mientras profiere fantochadas. Sarkozy tiene el ademán resolutivo y el verbo propenso a las pomposidades propio de los gobernantes con ínfulas cesáreas; fuegos de artificio que combina con una corrección política nauseabunda cuando se trata de formar gabinete ministerial (y quizá en esta mezcolanza de protofascismo aspaventero y complejito ante la superioridad de la izquierda se resuma su condición poco fiable) Ahora, aprovechando el marasmo estival, los medios de comunicación se han empleado en glosar una ocurrencia del personaje cuya mera mención causa vergüenza: al parecer, ha propuesto castrar químicamente a pederastas y violadores reincidentes. Como puede advertirse, las ocurrencias de Sarkozy siempre participan de esa doble querencia que antes mencionábamos: por un lado, lanza un mensaje extremoso, para adular a los derechistas más descarnados, los derechistas del palo y tentetieso; por otro, lanza un guiño cómplice a la izquierda paleolítica, más concretamente a las dinosau rias del feminismo emasculador. Vomitivo, JUAN MANUEL francamente vomitivo. DE PRADA Casi igual de vomitiva se nos antoja cierta derecha española, babeando siempre ante las ocurrencias del gabacho y dispuesta a considerar sus eyaculaciones mentales como si fuesen oráculos de la Sibila de Delfos. Castrar químicamente a los delincuentes sexuales es una indignidad y una abyección que sólo puede ocurrírsele a un mentecato o a un demente; es como volver al Código de Hammurabi, que castigaba a los ladrones con la amputación de las manos. Los sistemas punitivos civilizados se fundan en la convicción de que el delincuente, tras penar su culpa, puede convertirse en un hombre nuevo; también en la consideración de que todo hombre, incluso el más sórdido criminal, es titular de una dignidad inalienable. Castrar a un delincuente significa pisotear esa dignidad inalienable; significa también negar su capacidad para convertirse en un hombre distinto. Aquí podría oponérseme que un pe- S derasta no es un delincuente, sino un tarado incurable. Puede que en algunos casos así sea (aunque no en la mayoría, como luego trataré de explicar) habilítense, pues, centros psiquiátricos donde tales enfermos encuentren tratamiento adecuado; pero parece evidente que el modo de combatir las enfermedades mentales no es la amputación, física o química Que semejante ocurrencia bestial haya propiciado un debate, aunque sea en pleno marasmo estival, demuestra hasta qué extremo la descristianización de las sociedades europeas puede auspiciar aberraciones sin cuento. Pues sólo alguien que haya perdido la noción de la sacralidad de la persona puede proponer su castración. Resulta paradójico que, mientras la ocurrencia del gabacho se discute, nadie se pregunte en cambio las razones por las que cada vez hay más pederastas en nuestras sociedades. ¿Hemos de pensar que esas decenas o cientos de pervertidos que cada mes pilla la Guardia Civil intercambiándose por internet fotos y videos de niños sodomizados padecen todos una tara genética? Por supuesto que no. Esos pervertidos son, en primer lugar, personas que- -como el que propone su castración- -han extraviado el concepto de sacralidad de la persona; y son, además, individuos cuya libidinosidad ya se ha hecho insensible a los reclamos sexuales normales individuos que necesitan probar experiencias nuevas Y la razón de que esos pervertidos menudeen como las setas en otoño no es otra que la hipersexualización de la vida cotidiana que padecen las sociedades occidentales, el constante bombardeo de reclamos sexuales que se lanzan indiscriminadamente para mantener a la gente en perpetuo estado de excitación, como perros de Paulov rezumantes de flujos. El hartazgo sexual genera hastío; y para huir del hastío, la sexualidad sin freno busca nuevos finisterres: tarde o temprano, se le ocurre sodomizar a un niño. Un gobernante humanista se preguntaría si las sociedades hipersexualizadas no serán fábricas de pederastas; se preguntaría también si esta hipersexualización no estará contribuyendo a deshumanizarnos. A un fantoche sólo se le ocurre castrar a los delincuentes sexuales. www. juanmanueldeprada. com