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ABC JUEVES 23 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL CIELO SOBRE LAS CABEZAS L maestro Tom Wolfe recomendaba a cualquier periodista que se tuviese por serio abtenerse de comentar, por obvios, dos aspectos de la actualidad: el tiempo y la programación de la tele. Para la segunda tarea sugería a los editores la contratación de un intelectual parapléjico, capaz de digerir y procesar sin salir huyendo la basura generalizada de los canales, y en cuanto a la meteorología simplemente la consideraba un recurso perezoso de conversación trivial, propia de esos momentos eternamente breves que son los trayectos IGNACIO de ascensor. Pero cuando CAMACHO el inventor del nuevo periodismo formulaba sus sarcásticos epigramas no había cundido aún la moda recurrente del cambio climático, introducida ya de lleno incluso en el discurso central de la política. Antes de la universalización del concepto, las rarezas atmosféricas eran simplemente caprichos naturales o sobresaltos estadísticos, pero en plena era del apocalipsis ecológico cualquier extemporánea calima invernal o inopinado chaparrón veraniego amenaza convertirse en síntoma de una alarmante catástrofe planetaria. El debate, que debería ser sólo científico, sobre la alteración del clima como consecuencia de un desarrollo mal controlado en sus efectos naturales se ha impregnado de ideología hasta devenir en materia de enfrentamiento banderizo. Muchos izquierdistas huérfanos de doctrina han encontrado refugio ante la intemperie del socialismo bajo los soportales de la denuncia de los excesos industriales del capitalismo intensivo. En sentido contrario, la derecha neoconservadora minimiza la evidencia sintomática de las alteraciones en el comportamiento de los ciclos atmosféricos, atribuyéndolas a una mera leyenda malintencionada del nuevo ecologismosandía, verde por fuera y rojo por dentro. Probablemente sea en el término medio donde se halle la versión más aproximada de la verdad, pero ya se sabe que el centrismo es hoy en día una tentación mal vista que sitúa a quienes caen en ella en el centro... de todas las dianas de prejuicios. La posición más razonable sería la de un sano eclecticismo: haberlo haylo, como las meigas, pero se trata de un fenómeno complejo que no cabe buscar bajo las simples circunstancias de un verano destemplado como el que padecemos, algo por otra parte tan antiguo que hasta figura en la dudosa asonancia del refranero: en agosto, frío en el rostro. Conviene no confundir cambio climático con alteraciones meteorológicas, ni echarle a Bush la culpa de que tengamos que ir abrigados en la costa. Alguna cosa grave acabará ocurriendo si no se toman medidas serias, porque los hombres somos arrogantes, soberbios e irresponsables y la naturaleza pasa siempre factura ante los desafíos prometeicos contra su ley sagrada. Pero sin trivializar. Como decía el jefe de la tribu de Asterix, es seguro que el cielo se acabará derrumbando sobre nuestras cabezas, aunque se trata de algo que no tiene por qué suceder mañana. E LA DIMISIÓN DE KARL ROVE ARL Rove, el asesor más influyente en George W Bush, especialista en estrategia electoral, ha abandonado la administración para pasar más tiempo con mi familia una salida de puntillas por la que se preguntan muchos americanos y no americanos. Desde 2001, Rove ha manejado una gran parcela de poder, en un despacho muy próximo al del presidente. Sus adversarios le reprochan el exclusivo servicio a su señor cuando todo funcionario de la Casa Blanca, a partir de cierto nivel, está obligado a servir a la nación, es decir, a la totalidad del pueblo americano, según su juramento. Rove, un profesional de las relaciones públicas salido de Tejas, se adelantó a muchos rivales al incorporar los cambios de la era digital, desde la distribución de propaganda política en internet hasta la obtención electrónica de fondos para los candidatos. En este campo, instrumental, el brillo de el arquitecto deslumbró a Bush, entonces gobernador de Tejas. Desde su llegada a Washington, Rove ha sido la segunda figura, después de Cheney. El vicepresidente era el pariente mayor, hombre de confianza. Rove era, tal como se definía a sí mismo, un DARÍO buscador de caminos, no siempre ejemVALCÁRCEL plares. Cuando John McCain presentó su candidatura en el Partido Republicano frente a la de Bush, a principio de 2000, Rove inventó un hijo natural engendrado en circunstancias poco honrosas. Cuando McCain deshizo el infundio, había vencido el plazo: Bush había ganado la nominación. Son pequeñas travesuras, comentó Rove, entre humilde y orgulloso. El Congreso ha advertido que la partida de Rove puede ser un intento de esquivar la investigación de las dos Cámaras. El asesor de Bush cree la mayoría del Congreso, ha politizado decisiones que reclamaban una política de Estado, al servicio del país. A lo largo de los últimos 70 años, Estados Unidos ha presentado muchos de sus problemas con un enfoque transnacional, como corresponde a una potencia hegemónica. Rove ha tratado de circunscribir su actividad al electorado americano y no parece haberlo conseguido. Ha atacado la separación de poderes, una de las claves de la constitución. Cuando Bush tra- K tó de implantar una justicia más acorde con su presidencia, dos colaboradores, Karl Rove y Al González, le ofrecieron un modo para eliminar a nueve fiscales federales. El Congreso ha reclamado decenas de documentos, pero sus textos han desaparecido de los ordenadores de Rove y de sus colaboradores. El asesor del presidente hizo un mal servicio a su partido, escribe en su editorial del 15 de agosto el Herald Tribune, cuando consiguió que, debate tras debate, el diálogo entre los poderes legislativo y ejecutivo se convirtiera en una pelea rastrera, llena de malas artes. Por eso pide al antiguo consejero del presidente que no se instale con demasiada seguridad en su casa de Tejas. Quizá tenga que volver. Y declarar ante el Congreso. En público y previo juramento. En los últimos años, Karl Rove, escribe el Financial Times, ha trabajado con ahínco por deformar la realidad. Lo ha conseguido a veces: pero es posible que haya de volver a Washington. Un lector se queja el domingo de que en esta columna se ataque poco al Gobierno español y mucho al presidente Bush. Pero los asuntos internacionales que tratamos aquí dependen más del presidente americano que del Gobierno español. España tiene un margen limitado de corregir el curso de los acontecimientos. Por eso mantiene una política de alianzas, trasatlánticas y europeas. Ha enviado una fuerza militar, bajo bandera de la OTAN, a Afganistán, una acertada decisión del anterior jefe de Gobierno, José María Aznar. También ha acertado el actual jefe de Gobierno al desplegar 1.100 soldados en Líbano junto a tropas francesas, italianas y alemanas, tras la guerra del verano pasado entre Israel y Hezbolá. Pero el Gobierno yerra en Darfur, como yerra al callar, como sus aliados europeos, ante Vladimir Putin. El mundo exterior necesita de observadores desapasionados, pero también de críticos poco pusilánimes. Somos hijos de un modelo diseñado en Grecia hace 2.500 años, debemos recordarlo. Ese modelo de sociedad se funda en la ley, la libertad de expresión y la capacidad creadora del hombre. Hemos construido esta ciudad, decía Pericles a los atenienses, sobre cimientos de piedra y cimientos de libertad. La libertad de hablar y de escribir es un modo saludable de contrarrestar los abusos. Rove deja una sociedad con demasiados problemas en Oriente Próximo, en Irak, también en Estados Unidos.