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4 OPINIÓN JUEVES 23 s 8 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro AGOSTO NEGRO EN LAS CARRETERAS E EL DERECHO DE RUIZ- GALLARDÓN I no fuesen patéticas, las reacciones a las declaraciones de Ruiz- Gallardón sobre cómo desea su futuro político- -en el Congreso por la circunscripción de Madrid- -resultarían cómicas. Todo dirigente que se precie, y más si, como es el caso, ha cosechado grandes éxitos electorales, tiene pleno derecho a manifestar en público y ante la dirección de su organización la naturaleza de sus aspiraciones. La oportunidad o inoportunidad de hacerlo es cuestión que él ha de valorar, y a buen seguro que lo ha hecho con tino. En un partido como el PP, en el que se ha instalado el quietismo- -ni congreso ordinario, ni convención- tiene toda la lógica que la pelea interna, que la hay, se dirima en la composición de las listas. Y ahí, en esa batalla, está Ruiz- Gallardón con todas las consecuencias. Si otros mostrasen igual vocación por lo público y similar ambición por obtener el poder en limpia liza democrática como Ruiz- Gallardón, distinto gallo cantaría al primer partido de la oposición. La intolerancia- -interna y de determinados sectores mediáticos que, curiosamente, ponen en duda el liderazgo de Rajoy con una frecuencia cíclica y le aconsejan que fiche a Rodrigo Rato de forma inmediata- -responde al temor que la personalidad del alcalde de Madrid suscita en algunos sectores apalancados en el control de la organización, con perspectivas limitadas de éxito personal y con un futuro político improbable. La reacción automática, incluso inusitadamente agresiva, contra la expresión pública de las aspiraciones del alcalde de Madrid dotan a su persona de una dimensión fuera de lo corriente y, lejos de deteriorarlo, lo subrayan como un dirigente que suscita filias y fobias, que es, justamente, lo que les ocurre a aquellos personajes públicos de relevancia. En política, como en tantas otras cosas en la vida, la medida de lo propio la dan las reacciones ajenas y, a tenor de las que suscita Ruiz- Gallardón en sus adversarios, su tamaño político les resulta excesivo. El regidor madrileño, por lo demás, representa dentro del Partido Popular no sólo a un sector moderado y con S gran capacidad de interlocución, sino también a aquellos que, desde su propia independencia de criterio y comportamiento, son fundadores del partido, al que han prestado permanente lealtad, ahora y cuando, antaño- -ahí está el testimonio de Manuel Fraga respecto de Alberto Ruiz- Gallardón- -hubo de recorrerse una larga y penosa travesía del desierto. En estas circunstancias, y a pocos meses de las elecciones, con un Mariano Rajoy que ha parado el reloj en su organización, los aspirantes deben levantar la mano y ofrecerse a concurrir a las elecciones, a fin de que los mejores- -como ha recordado con oportunidad el vicealcalde de Madrid, Manuel Cobo- -sean los que acompañen al presidente del Partido Popular en las listas. Será ahí donde se dirimirán los equilibrios internos, serán los nombres que se incorporen los que marcarán el sesgo del discurso político y serán, en definitiva, los que compitan en las urnas los que verbalizarán el patrimonio ideológico del Partido Popular, de su carácter centrista y reformador, dinámico y versátil, o continuista y rutinario, hermético y retrospectivo. Los dirigentes del PP- -por supuesto, también Eduardo Zaplana y Ángel Acebes, a los que debería molestar menos y reconfortar más la disponibilidad de Ruiz- Gallardón, agradecida por Mariano Rajoy- -pueden y hasta deben manifestar sus preferencias y aspiraciones y, en ausencia de los foros estatutarios que el presidente del PP ha decidido mantener clausurados, debatir con transparencia acerca de las candidaturas de las próximas generales. Que ese debate genere algunas contradicciones y sea aprovechado por el siempre políticamente procaz José Blanco, secretario de Organización del PSOE, está dentro del guión y no comporta el más mínimo de los riesgos. La conmovedora preocupación de algunos por el liderazgo de Rajoy, supuestamente amenazado por el alcalde de Madrid, forma parte de una representación jeremíaca tan hipócrita como impostada. Está bien que Ruiz- Gallardón, con oportunidad o sin ella, los delate. FALSA GUERRA DEL FÚTBOL L sábado empieza la Liga, con un apasionante clásico madrileño y con un Sevilla- Getafe que representa la revancha de la todavía reciente final de la Copa del Rey. Este último partido ha sido seleccionado para su transmisión por televisión en abierto a través de La Sexta, y así será si no lo impiden las guerras empresariales que- -una vez más- -se plantean en las fechas más inoportunas. Es casi una tradición que, poco antes de que empiece la competición, millones de aficionados se conviertan en rehenes de un conflicto al que son ajenos. La gente siente los colores de su equipo y sigue con entusiasmo la evolución de las grandes figuras que actúan en nuestra Liga, pero le traen sin cuidado las relaciones entre Mediapro y Audiovisual Sport, siempre y cuando la señal televisiva se emita en el momento adecuado. Lo normal es que la sangre no llegue al río y, como es habitual, se alcance a tiempo un acuerdo razonable que permita satisfacer las exigencias del público. No obstante, resulta ya irritante que los intereses mercantiles se aprovechen de las pasiones que suscita el deporte de alta competición para resolver cuestiones que, en su caso, deben solventarse ante los tribunales de Justicia. Además, si se considera que en la práctica hay un monopolio de hecho sobre los derechos televisivos de la Liga, es lógico que los aficionados se sientan molestos por E querellas que no llegan a comprender y que nadie está dispuesto a explicarles con suficiente claridad. El fútbol es un fenómeno que mueve enormes cantidades de dinero y llega incluso a cambiar los hábitos de comportamiento para adaptar la vida social y familiar a los partidos televisados. En términos jurídicos, la ley regula la existencia de acontecimientos deportivos de interés general, de manera que los poderes públicos no pueden permanecer pasivos en el supuesto de que resulten perjudicados los derechos de los consumidores. Las cifras que se barajan para adquirir la exclusiva de ciertas transmisiones llegan a provocar una ruptura del mercado y es dudoso, en muchos casos, que alcancen la rentabilidad que se espera de ellos. En todo caso, los ciudadanos nunca pueden ser víctimas de enfrentamientos en los que se mezclan estrategias corporativas y tal vez desavenencias personales. El panorama tiene que aclararse de inmediato, de manera que la gente tenga la certeza de que el sábado se pueda seguir en directo el partido previsto de la primera jornada de Liga y de que no surgirán nuevos problemas a lo largo de la temporada. El deber de las empresas es negociar con flexibilidad y sentido común y, si no hay más remedio, someter sus discrepancias a los jueces. Los aficionados tienen pleno derecho a disfrutar desde el primer momento del gran espectáculo que se pone en marcha este fin de semana. N lo que va de agosto, casi doscientas personas han perdido la vida en las carreteras españolas. Por el momento, hay veinticuatro muertos más que en el mismo periodo del año pasado, sin que todavía se haya iniciado la operación retorno más relevante del año. De hecho, la Dirección General de Tráfico prevé que durante los próximos dos fines de semana se produzcan más de doce millones de desplazamientos, lo que ha puesto en guardia al Ministerio del Interior ante la eventualidad de que la cifra de siniestros se dispare. Hace bien el ministro Pérez Rubalcaba en reclamar la máxima prudencia en las carreteras y en exigir a los conductores que respeten los límites de velocidad y no beban alcohol, dos de las principales causas de la mortalidad en el tráfico. En cambio, no acierta en su análisis sobre la eficacia del carné por puntos. Argumenta Rubalcaba que el nuevo carné no ha perdido su efectividad y se ampara en el dato de que desde su entrada en vigor ha habido 500 muertos menos. Pero, aun siendo felizmente cierto ese dato, es probable que al análisis le falte perspectiva. La eficacia del carné por puntos debe ser evaluada a más largo plazo, porque de muy poco serviría que en una primera fase de aplicación se reduzca el número de accidentes y de muertos si al final resulta que en uno o dos años más, superada la novedad, pierde su capacidad disuasoria y retornamos a cifras más escalofriantes aún. Lamentablemente, los datos de agosto apuntan a que muchos conductores empiezan a descuidar buenas costumbres y a reiterar peligrosos vicios al volante que justo al entrar en vigor el carné por puntos parecieron haber corregido. En efecto, la de la seguridad vial es probablemente una apuesta a muy largo plazo cuyo éxito no depende tanto de una acumulación de prohibiciones y de medidas imperativas y sancionadoras- -muchas de ellas trufadas de un nítido afán recaudatorio- como de la inculcación de valores de responsabilidad en los actuales conductores. Y de planificar una sólida educación vial para los conductores del futuro. Pero mientras el mensaje cala de verdad en la sociedad, el carné por puntos no está resultando la panacea a los males del tráfico. Tampoco las agresivas campañas publicitarias o la proliferación de radares para controlar la velocidad- -ahora también en helicópteros- -están ofreciendo los resultados y la influencia que los responsables de la DGT esperaban, sobre todo entre los más jóvenes y los motoristas. Quizás este carné no sea un instrumento fallido, pero sí es claramente insuficiente y demostrativo de la ingenuidad de quienes pretendían hacer creer a la sociedad que sus efectos iban a ser inmediatos y que la cifra de muertos iba a reducirse drásticamente, como por ensalmo. Lo que está ocurriendo en agosto, además de un drama, es un ejemplo del riesgo que supone generar expectativas a corto plazo, y no exentas de carga propagandística, que luego la preocupante realidad se encarga de desmentir.