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ABC MIÉRCOLES 22- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 75 ALTOS VUELOS ON THE ROCKS Las entradas en la noche buscando alguna salida pueden ser opción a la hora de relacionarse los importantes por cosas sin importancia. La cornisa que hay que pintar, las cáscaras de pipa en el ascensor, la fachada que sufre grietas, la antena colectiva, las escaleras que hay que fregarlas, el ladrido de los perros, la plaga de ratoncillos, el portero, que le han pillado fumando mandanga, en fin, que como de cualquier grano se hace granero, pues eso. Y aunque el aspirante a hombre de letras no sea propietario ni ganas tenga de propiedades, pues una afición no tiene que ver nada con la otra, y aunque esto sea así por no poder ser de otra manera, se hace asunto fácil lo de colarse en cualquiera de las ya citadas reuniones. Suelen avisar con carteles bien grandes a la entrada y, por lo mismo, es cosa sencilla asistir a un laboratorio donde la vanidad se encuentra por cepas. Nadie va a preguntar de qué piso eres. Nadie. Se da por hecho que todo el que allí se presente es propietario o, por lo menos, copropietario, palabreja esta de resonancias copulativas y que cada vez tiene más uso. Además suele haber barreños con limonada y maduras con ganas de vivir y que ofrecen el triángulo de sus bragas como si fuera una porción de queso manchego. Estas son las salidas a las que se hacía referencia al principio. Son mujeres que andan necesitadas. Sin pudor alguno muestran la cornisa, el descansillo y el ratón, de la misma manera que muestran la cáscara y la pipa o el armario ropero y el salto de cama. Fuman más que hablan y hablan mucho. Cabe recordar aquí que algo parecido le pasó al Nabokov y acabó escribiendo Lolita Resumiendo, que no hay peores compañías que las que uno se busca y que, si el veneno de las letras ha cogido por donde duele, llegado el verano conviene salir de caza. DE LA SOLEDAD Y OTROS PERCANCES El Rodríguez no es el único personaje de carrera solitaria que ha recibido sepultura en los últimos años ocasión de engañar a su mujer, y tampoco les alcanzó el coraje para decir la verdad a sus amigos. Las cosas han cambiado mucho, de ahí que les traiga hoy una noticia de las que no suele recoger la prensa, pese a que merece un titular a cinco columnas: El Rodríguez ha muerto Y ¿quién lo ha matado? se preguntarían de inmediato Nietzsche y Holmes. Veamos. Algo ha debido de contribuir el hombre, incapaz de resistir más tiempo las tensiones veraniegas. Y también las mujeres, con su incorporación al mundo laboral y sus propias incursiones como Rodríguez. La trascendencia de dejar solo al marido se ha diluido, pues ahora al más mínimo simposium vuelan las esposas. Las familias ya no son un monolito: el desgaje temporal de uno de sus miembros forma parte de la rutina. De hecho, el Rodríguez no es el único personaje de carrera solitaria que ha recibido sepultura en los últimos años, también les ha sucedido a otros, como la solterona. ¿Y a ésta quién la mató? La independencia económica de las mujeres, su libertad, el divorcio... Una persona sola aspiraba antaño a dos posibles títulos: viudo a, soltero ona. A esas categorías se sumaron después los divorciados y los separados, que con el tiempo pudieron ser, a su vez, de hecho o de derecho. En vista del maremágnum se optó por una simplificación que es obligado aplaudir. Ahora el que no está emparejado es un single. Y punto. Según los indicios, pues, entre todos mataron al Rodríguez y él solito se hizo el harakiri. O dicho de otro modo, la soledad ha dejado de ser una anomalía estival para convertirse en un percance que puede acontecer en las cuatro estaciones. Elemental, querido Nietzsche. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora E s preferible tomar el verano con hielo antes que solo. Por lo mismo, son ejemplares las malas compañías. Se parecen tanto al hielo que abrasan cuando te acercas. Pero sobre todo lo demás, las malas compañías son espejo de virtudes donde se mira la novela, arte supremo de la palabrería. Sin ir más lejos, nuestro escritor más universal, al que decían manco por haber perdido el brazo en Lepanto y al que también decían otras cosas por haber perdido la honra, fue hombre de malas compañías. En sus veraneos no sólo conoció buhoneros y chalanes, también conoció tahúres, ventajistas y demás gente del bronce. Sirva de ejemplo Cervantes para todo aquél que aspire a tan digno oficio, pues la primera obligación que se ha de cumplir es la de saberse acompañar como él lo hizo. Y para ello, los veranos vienen repletos de ofrecimientos. Las entradas en la noche buscando alguna salida pueden ser opción a la hora de relacionarse, aunque también hay otras formas de encontrar una salida. La más vulgar se halla al alcance de todo quisque. Se trata de asistir a una de esas reuniones de vecinos, que también se llaman juntas de propietarios, y que se suelen convocar en los veranos. En ellas se dan cita tipos de muy diversas costumbres pero que, al fin y al cabo, les mueve una pasión común, esto es, hacer que se hace, o no hacer nada, y hacerse xiste la soledad forzosa y la elegida, todos lo sabemos, como también estamos al tanto de que la una se sobrelleva malamente y la otra se puede disfrutar y blablablá. Todo eso está claro. Pero lo propio del verano solía ser la soledad accidental del Rodríguez, aquel sufrido marido que se quedaba en la ciudad trabajando mientras la mujer y los niños se marchaban a la playa o a la sierra. Por lo que cuentan los viejos del lugar, el Rodríguez de antaño padecía enormes tensiones a causa de aquella soledad pasajera. No sólo debía proveerse de víveres en los tiempos en que no existía el ultracongelado ni el microondas, sino que además tenía que recibir clases intensivas de plancha, lavadora y cafetera, maquinaria para cuyo manejo nunca estuvo muy dotado. Por si esto fuera poco, en las conversaciones de oficina, debía dar testimonio fehaciente de su virilidad. Para ello tenía que negar cualquier sentimiento de añoranza familiar y referirse a su mujer, cuando no quedara más remedio, como la parienta Pero por encima de todo, sobre sus hombros de macho solitario pesaba el mandato, el deber perentorio, de echar una canita al aire. Estaba libre del dogal, luego debía hacerlo: no había coartada para una renuncia que se hubiera considerado un crimen de lesa hombría. Cuántos no andarán por ahí traumatizados con aquellos veranos en que les faltaron las fuerzas, el ánimo o la E Uno de los asistentes al Festival Creamfields de Andalucía disfruta, copa en mano, de la música REUTERS