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Martes 21 de Agosto de 2007 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid. Teléfono: 913399000. Publicidad: 902334556. Suscripciones: 901334554. Atención al cliente: 902334555 Diario ABC, S. L. Madrid 2007. Prohibida la reproducción total o parcial sin el permiso previo y expreso de la sociedad editora. Número 33.487. Depósito Legal: M- 13- 58. Apartado de Correos 43, Madrid Precios de ABC en el extranjero. Alemania: 2,05 Bélgica: 2,00 Estados Unidos: 2,50 USD. Francia: 2,05 Irlanda: 2,10 Italia: 1,75 Holanda: 2,00 Portugal: 1,35 Reino Unido: 1,20 LE. Suiza: 3.40 CHF. Marruecos. 16 Dh. La muerte corriente de la reina del mal La multimillonaria, conocida en Nueva York como la reina del mal murió ayer a los 87 años de un paro cardiaco. En 1989 fue condenada por evasión de impuestos, aunque para ella, pagarlos era cosa de gente corriente y no de millonarios M. DE LA FUENTE omo para venirle a esta señora con la moralina jacobina de que Hacienda somos todos Tiesas se las hubieran visto con ella el ministro Solbes y hasta Boyer. Porque, según cuentan las lenguas más triperinas de Nueva York, para esta mujer (aunque más bien parece un híbrido de Cruela de Vil y Angela Channing) ni todos, ni casi todos, pero desde luego ella no, ella sí que no se aflojaba el bolsillo, por si dentro había una piraña. El caso es que tal y como reza la leyenda urbana (aunque luego fue tímidamente desmentida) la abuela en cuestión, la multimillonaria Leona Helmsley, fue juzgada en 1989 por un caso de evasión de impuestos, y dejó al juez, al jurado, al fiscal y es de suponer que hasta a su propio abogado, con algo más que un par de narices con una frase lapidaria, lapidariamente egoísta: Nosotros no pagamos impuestos. Sólo la gente corriente los paga Fue, desde luego, uno de los míticos rugidos de Leona (con ese nombre, seguro que no se desayunaba con whyskas) que murió ayer de un paro cardiaco en su residencia veraniega, en Greenwich, en el estado de Connecticut, a los 87 años de edad, según informa Efe. Ahora que ha pasado a mejor vida (tampoco parece que la tuviera mala, lo que se dice mala, entre nosotros) seguro que todo el mundo afirma que era una santa, que siempre daba los buenos días en el ascensor, y que ayudaba a las ancianitos a cruzar por el paso de peatones. Así que el apodo de reina de la maldad será sólo una exageración de alguno de sus agraviados, sin duda alguien corriente y, sobre todo, moliente. Leona tuvo, desde luego, un matrimonio de altura, pues su tercer marido (ya había dejado a dos por el camino) fue Harry Helmsley, multimillonario del ladrillo neoyorquino, con una fortuna inmobiliaria valorada en cinco mil millones de dólares que incluía, además de una cadena hotelera de lujo en Manhattan y Sarasota (Florida) la gestión del Empire State neoyorquino. En aquel 1989 fue acusada de evasión fiscal y de múltiples cargos relacionados con ese fraude a las arcas estadounidenses, y la multimillonaria acabó siendo condenada (cosas de la gente corriente, de nuevo) a 16 años de prisión, aunque sólo cumplió dieciocho meses entre los años 1993 y 1994. En 1997, tras la muerte de su esposo, heredó toda su fortuna, y de nuevo la justicia la sentó en su balanza, pues fue denunciada y demandada por un antiguo empleado homosexual al que no le debía dar una vida de color de rosa, precisamente. Aunque un jurado la condenó a pagar a ese ex empleado 11 millones de dólares por daños y perjuicios, un juez redujo la pena a poco más de medio millón de dólares. Caderilla, lo que ese día Leona llevaría en el monedero. El que según sus paisanos fuera más mala que la quina, no impidió, sin embargo, que su vida fuera llevada a una serie de televisión a principios de los noventa, con el título de Leona Helmsley: La Reina del Mal (para qué se iban a andar con eufemismos) protagonizada por Suzanne Pleshette, quien fue candidata a los premios Emmy, y por Lloyd Bridges (ya se sabe que los Bridges pueden con todo) en el papel de su esposo Harry. Y aquí paz, y después gloria. Paz en la que se han debido quedar sus empleados, y gloria la que ha debido alcanzar hace unas horas si San Pedro no ha andado espabilado y la ha mandado con la música y sus impuestos a otra parte, mayormente calentita. Y, además, de gratis. C Su tercer marido fue Harry Helmsley, multimillonario del ladrillo de Nueva York, y dueño de la gestión del Empire State El mucho dinero que siempre manejó no dulcificó nunca su gesto AFP