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ABC MARTES 21- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 71 ALTOS VUELOS EL PRIMER BESO El beso primero suele ser tímido y no chupado y, más que beso, es besico que arrastra el sabor del verano que es flor de balcón y ventanal, el primer roce de unos labios en la boca tiene un no sé qué de felpa recién planchada a la luz de la luna. El primer beso es beso avisado y, aún así, cuando por fin llega, parece espontáneo. El primer beso suele ser beso timorato de tan tímido, pero produce la misma indulgencia que la primera farta de ortrogafía. ¡Ay, con el primer beso! Y si, después de plantar todos estos besos, todavía quedan dudas, lo mejor que puede hacerse es pillar una bolsa de magdalenas y empaparlas en el moscatel del Marcel Proust, escritor gabacho de fina pluma que se pasó media vida buscando el beso perdido. Y no es cuestión ahora de ponerse a detallar lo que encontró el Marcel Proust. Tan sólo apuntar que fueron besos de color indecente los que le abrieron la herida y que el escritor gabacho disimuló, cubriéndolos con el arrope de la miel literaria. Besos que, de tan negros, no se pueden poner sobre blanco. LO QUE SABÍA NEWTON DEL AMOR Al llegar el verano, algunas parejas toman la descabellada decisión de pasar las vacaciones juntas y quebrar el principio de inercia ciones juntas y quebrar el principio de inercia. ¿Quién les manda? Habían logrado no verse los días laborables y diluirse los fines de semana en reuniones familiares, se habían repartido las obligaciones, habían establecido turnos para la ducha, hasta tenían prorrateado el armario. Habían logrado convertirse en unos desconocidos bien organizados; en suma, se habían habituado, algo fundamental que sabían ya los griegos: fileo significa amar y también acostumbrarse Al llegar el verano cometen la temeridad de cambiar de hábitos y compartir toditas las veinticuatro horas del día hasta la última, una eternidad cuando uno ya no se ríe. Ésta es la prueba del nueve de toda relación amorosa: si uno lee en el periódico que Bush ha tenido garrapatas y no se dirige balbuciendo su perplejidad, desencuadernado a carcajadas y con lágrimas en los ojos, a comentarlo con su pareja, es que la relación ha naufragado. Ese matrimonio no te lo remiendan ni en la Retoucherie de Manuela. Después de eso, sólo queda el epílogo negro de los servicios mínimos. Sorber juntos una horchata de chufa silenciosa en Alboraya; celebrar juntos el último cumpleaños, el más deprimente que recuerdas porque ya no te acuerdas del anterior divorcio; y hacer, por separado, el cálculo de costes y beneficios de la separación: tendré menos dinero y perderé amigos, tendré más libertad y ganaré amigos, nadie me pasará la ITV no volve, ré a cenar con ese cuñado en Navidad (wuuuh! Esta etapa se prolonga hasta que, sobre toda cábala utilitaria, se instala en la mente una idea fija: que te zurzan, que te zurzan, que te zurzan. Aquella pareja que nunca se pidió en matrimonio porque parecía una antigualla, sabe que está abocada a pedirse formalmente el divorcio. La ley de Newton ha dejado de regir y desde ese momento está vigente el Código Civil. Son muchos los que se preguntan por qué se rompen tantas parejas en la actualidad. La física no tiene una respuesta, pero Lope de Vega y yo, sí. Él lo escribió en aquel célebre soneto que concluye: Creer que un cielo en un infierno cabe, dar la vida y el alma a un desengaño. Eso es amor. Quien lo probó lo sabe Quien probó el divorcio sabe que en tiempos de Lope vivían cuarenta años a lo sumo, por lo que no tenía mérito amarse hasta la muerte. Ahora, como duramos hasta los ochenta, podemos dar la vida y el alma a dos, tres, cuatro desengaños: es la maldita codicia ésta del capitalismo postindustrial, que nos pierde. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora T oca hoy ponerse dulce como cucharón de miel pues el tema así lo pide. Y plantarse a escudar, por lo cañí, los sabores que al Marcel Proust le llevaron a mojar su magdalena en el moscatel del recuerdo. Si seguimos el ejemplo del Proust, aprenderemos que lo ridículo puede ser elevado hasta lo sublime, siempre y cuando la lengua lo alcance. Y como el francés es idioma delicado que se practica con los labios prietos, lo suyo es coger al Proust y traerlo hasta la misma lengua con la que se escribió el Siglo de Oro. Y aupar hasta lo sublime un tema tan cursi como éste del primer beso. Para ello, gozamos de palabras que no sólo enriquecen el besuqueo, sino también la memoria, llenándola con el sabor y los chasquidos del primer picotazo que un buen día nos derritió los dientes. Ya lo dice el refranero, nuestra lengua no tiene hueso y, aún así, corta lo más grueso. Con estas, el beso primero suele ser tímido y no chupado y, más que beso, es besico que arrastra el sabor del verano en los labios, cuando la breva anda ya madura en las higueras y se anuncia el despertar de la mocedad junto a las poluciones nocturnas. El primer beso es beso que se regala y no se administra, pues aún queda lejos su explotación en el puñetero mercado de los cariños. Después de probar el primer veneno, ya nada será lo mismo y, beso pon que beso quites, a partir de entonces los besos serán robados hasta llegar a una cierta edad que, de tan cierta, paga por recibirlos. Y en cada uno de ellos busca el primer veneno, el efecto narcótico que un buen día le llevó al Marcel Proust a emborrachar su magdalena en moscatel. El primer beso trae el sabor de lo furtivo por ser beso de los que tocan a vísperas y anuncian el despertar de la carne. El primer beso es beso decente a pesar de los espumarajos, pues Judas aún no ha podido traicionarnos dando cuerda al reloj del tiempo. El primer beso es el primer secreto compartido con otros labios. El primer beso es un cuchillo de saliva que corta nuestras bocas inocentes y se clava en el cielo del paladar a la espera de encontrar otro beso que lo sustituya. Semejante al pétalo de un geranio, M uchos matrimonios se rompen después del verano porque la gente va por ahí de manera insensata desoyendo los consejos de Newton. La primera de sus leyes del movimiento, conocida como ley de la inercia, establece que un cuerpo sobre el que no se ejerce ninguna fuerza externa continúa moviéndose a velocidad constante en línea recta. En ella están contenidas las claves de la estabilidad matrimonial, por lo que las parejas la observan rigurosamente a lo largo del invierno; las más aguerridas, incluso varios inviernos. Al llegar el verano, algunas toman la descabellada decisión de pasar las vaca- El primer beso es un cuchillo de saliva que corta nuestras bocas inocentes y se clava en el cielo del paladar a la espera de otro beso que lo sustituya El primer beso y la inercia de pareja son graves cuestiones en el verano ABC Al llegar el verano cometen la temeridad de cambiar de hábitos y compartir toditas las veinticuatro horas del día hasta la última, una eternidad