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ABC MARTES 21 s 8 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA MEMORIA E IMAGINARIO ...Me temo que el sueño de una historia funcional, que une pasado y presente está en decadencia. Hoy la memoria histórica no es otra cosa que una mercancía electoral, presuntamente rentable, y el historiador- profeta ha muerto en el siglo XX, víctima de su propio trascendentalismo... l converso Carlos García comparaba, a comienzos del siglo XVII, las cualidades de los españoles y franceses y entre otras diferencias precisaba la distinta concepción de la memoria de unos y otros. Para los franceses la memoria es de cosas presentes, olvida todos los agravios pasados y no hacen en cuenta de provechos futuros Para los españoles, en cambio, la memoria es de cosas pasadas y futuras, pesan todas sus acciones, con las balanzas del pasado y el porvenir La afición a la memoria de su pasado por parte de los españoles, quedaba bien subrayada, pero, al mismo tiempo, también se reflejaba el sentido teleológico de la misma: la construcción del futuro. La voluntad pragmática e instrumental de la memoria la expresaba muy bien una letrilla catalana dedicada al conde de Melgar, virrey de Cataluña a fines del siglo XVII: Al tiempo de su partir, dejó mucho que decir, poco que contar Decir mucho era irrelevante. Lo que importaba era contar para el futuro. La memoria histórica, en nuestro país, ha estado cargada de trascendentalismo, de vocación de contar para el futuro, lo que se refleja en la infinidad de memorias personales que se generan en la estela de situaciones conflictivas. Las muchas autobiografías escritas en tales coyunturas mezclan las justificaciones de conductas personales ante el poder político del momento, con el afán de ejercer de albaceas testamentarios del pasado para intentar quedar bien ante la historia. Satisfacer al poder y al mismo tiempo construirse buena imagen ante el tribunal de la historia. Lo que ocurre es que las sentencias de ese tribunal de la historia, de la historia oficial, que administra la memoria histórica, que redime o que condena a los protagonistas del pasado, nunca son definitivas. Cada generación teje y desteje el telar de Penélope a su manera, escribe su propia historia. La memoria de la primera generación subsiguiente a los hechos analizados (la generación de los hijos) suele discrepar de la memoria de la posterior (la generación de los nietos) Santos Juliá lo ha afirmado respecto a la memoria de la última guerra civil. Los hijos de la misma fueron partidarios del aparcamiento de la memoria vindicativa en beneficio de una memoria tacitista, reconciliatoria, comprensiva que fue el substrato de la primera transición. Los nietos parecen querer apelar al adanismo, al volver a empezar. No es sorprendente si echamos la vista atrás. La memoria de la generación de los hijos de la España de Felipe II fue relativista y tan desideologizada como pragmática. El lermismo del reinado de Felipe III es la mejor expresión de la misma. La generación de los nietos, la generación de 1640, se dividirá entre los secesionistas ansiosos que idealizan e intentan recuperar las alteraciones aragonesas de 1591 y los olivaristas, que creerán, por el contrario, que había llegado el momento de vertebrar la monarquía, como no se había atrevido a hacer Felipe II. La memoria de Felipe V pasa por ondulaciones similares. Los hijos de la guerra de Sucesión fueron, ante todo, prudentes y políticamente correctos y la imagen de Felipe V es evocada por estos muy discretamente para no reabrir heridas, con la explícita voluntad de superar el conflicto. Los nietos, la generación reformista del reinado de Carlos III, se dividirá también entre los nostálgicos del austracismo (el arandismo) y los que postulan el rearme de la imagen de Felipe V y la exaltación del modelo de Estado creado por el primer rey Borbón. Algo simi- E lar podemos decir de la memoria de 1808. Los hijos de la guerra, liberales y conservadores en la década de 1830 se pusieron de acuerdo en asumir el legado de aquella como Guerra de la Independencia nacional y como precipitante de la revolución posible La conciencia nacional y el posibilismo reformista acabaron uniendo no sólo a los que lucharon contra los franceses por motivaciones dispares sino incluso a todos ellos con los que lucharon al lado de Napoleón. Los nietos de 1808 cambiarán de sintonía. Vivieron la guerra carlista y acabaron normalizando la violencia. Fue una generación rota, militarizada y polarizada. La generación de 1868 fue adanista: apostó por un nuevo modelo: republicanismo y federalismo, radicalmente distinto al de los hombres de 1808: monárquicos sin rey y jacobinos de aristas dulcificadas. Su fracaso derivó hacia la Restauración: la aplicación política de la memoria histórica conflictiva por parte de un historiador como Cánovas del Castillo. Hijos prudentes en nombre de la memoria de unos hechos cercanos y dolorosos; nietos erráticos en nombre de una memoria vindicativa que tiene mucho de imaginario redentorista. Una constante histórica, al parecer, en nuestro país. La memoria aquí acaba deviniendo siempre en la nostalgia de la España que no pudo ser. a debilidad del Estado- nación ha generado una historia oficial débil, con escasa capacidad para impregnar al conjunto de la sociedad a la que más que recordar ha gustado soñar. De esa historia oficial, retórica, frágil en el fondo, se hacía eco Quevedo en 1609: Tenemos dos cosas que llorar los españoles: la una, lo que de nuestras cosas no se ha escrito, y la otra que hasta ahora lo que se ha escrito ha sido tan malo que viven contentas con su olvido las cosas Lo que más ha contado en la memoria ha sido la colección de frustraciones sublimadas hasta convertir la historia de España en una anomalía. La memoria de Villalar, la derrota comunera, ha alimentado los sueños de la España que no pudo ser, pronto identificada con la España que debería ser. La memoria de la guerra de Sucesión ha derivado en el sueño austracista como la memoria de la fracasada primera República ha dado lugar al sueño federal de la España horizontal. ¿Y qué decir del sueño republicano? La memoria de los 75 años de proclamación de la República ha idealizado una España idílica, feliz, nueva, nacida en 1931 y que sería cortada drásticamente por la sublevación militar de 1936. El imaginario de la España potencial siempre se ha impuesto sobre la memoria de la España real, con el conjunto de hipótesis alternativas, ideales insatisfechos, suspiros nostálgicos que ello conlleva. a memoria histórica nacional ha arrastrado, por otra parte, el lastre de la pluralidad de memorias en juego. Ideológicas y territoriales. La identidad de los héroes y villanos de nuestra historia está marcada por la lectura ideológica del pasado. Pero también es plural el enfoque de los recuerdos desde la atalaya territorial en que se sitúe la mujer de Lot. La memoria histórica catalana de Felipe V nada tiene que ver con la castellana. La construcción en 1808 del pasado histórico español por parte del catalán Capmany era muy diferente de la del madrileño Quintana, y de éste respecto a los asturianos Jovellanos o Martínez Marina, aun militando todos ellos en la misma España liberal. La batalla de memorias territoriales suele ser silenciosa, pero es pródiga en navajeos y descalificaciones personales con los historiadores disfrazando, con mucha frecuencia, de argumentos ideológicos los intereses gremiales o políticos. De estas batallas el eterno perdedor es el Estado, con una memoria histórica permanentemente discutida, desarmado de todo su arsenal de mitos épicos, emocionales y sentimentales, mientras contempla cómo los mitos de los nacionalismos sin Estado cabalgan jubilosos sin sombra de mala conciencia científica. Memoria, pues, guadianesca, soñadora, y polivalente la nuestra. Bismarck definió el juicio en política como la capacidad de oír antes que nadie el distante ruido de los cascos del caballo de la historia. Se ha dicho hasta la saciedad que la historia sirve para enseñar a no repetir los errores de la política. Pero ello no deja de ser una vana ilusión. Los errores se repiten una y otra vez y el ruido de los cascos del caballo de la historia es tan monótono que los políticos no hacen otra cosa que taparse los oídos para protegerse del mismo. El trascendentalismo de la historia asfixia al político que, como recordaba Ignatieff hace poco está colgado de lo concreto y de la improvisación. En una ocasión preguntaron a un primer ministro británico qué era lo más difícil de su trabajo, los acontecimientos contestó. La historia aspira a aportar las lecciones del pasado que permitan reducir el margen de incertidumbre de la política, pero los políticos siempre tendrán que lidiar con los acontecimientos sobrevenidos. Me temo que el sueño de una historia funcional, que une pasado y presente está en decadencia. Hoy la memoria histórica no es otra cosa que una mercancía electoral, presuntamente rentable, y el historiador- profeta ha muerto en el siglo XX, víctima de su propio trascendentalismo. En el escenario de la verosimilitud, como expectativa máxima, alternativa a la verdad imposible a la que renuncia el actual relativismo, los historiadores han perdido su batalla con los novelistas históricos. El imaginario se ha impuesto sobre la memoria. L L RICARDO GARCÍA CÁRCEL Catedrático de Historia Moderna Universidad Autónoma de Barcelona