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ABC LUNES 20- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 69 ALTOS VUELOS A PINREL Hay conductores tan mostrencos que prefieren perder la vida antes que puntos en el carné ralís Por increíble que parezca, hay conductores tan mostrencos que prefieren perder la vida antes que puntos en el carné. Y, si no, cómo se entiende toda esa mercadería que circula entre los automovilistas y que igual trampea radares que controles de alcoholemia. Que se lo pregunten al Aznar, que cuando se bebe unos vinos manda conducir al chofer. El fetichismo de la mercancía, llamaba Karl Marx a este momento crítico de la materia, cuando las cosas nos utilizan en vez de ser al contrario. Y por tal apunte, el automóvil dicta y los ingenieros trazan las carreteras sobre el plano, marginando vías de tren y obligando así a tomar autobuses. Ataúdes de hierro manejados por verdaderos capones a los que les importa un comino su vida y menos aún la de los demás. Y por buscar Radiolé en el dial, vuelcan y, hala, a dar trabajo a los camilleros, a los forenses y a los enterradores. Por lo dicho, para sobrevivir al Ministerio de Fomento, nada mejor que viajar a pinrel. Es lo más saludable. PARA SU INCOMODIDAD En ningún otro lugar como en un aeropuerto alcanza hoy el maltrato de las masas inocentes mayor refinamiento vistos. En la terminal, por el contrario, el pasajero agoniza en solitario horas y horas sin recibir explicaciones. En ningún otro lugar como en un aeropuerto alcanza hoy el maltrato de las masas inocentes mayor refinamiento. Primero le hurtan la maleta, sin intimidación ni violencia. ¿Quién? Nadie en concreto, porque las terminales son una maquinaria atroz que carece de rostro. Simplemente el equipaje desaparece por un caminito mecánico sin que nadie garantice que la recuperará. Después le separan de sus seres queridos. ¿Quién? Nadie en particular. Simplemente ocurre: el familiar que se ha pegado el madrugón para acompañarle en el mal trago queda reducido a la categoría de taxista en aplicación de la normativa vigente. Despojado de todo apoyo material y emocional, el viajero sólo lleva consigo un cuadro clínico de ansiedad, y en esa tesitura se enfrenta al proceso vejatorio propiamente dicho. Con la tarjeta de embarque y el pasaporte firmemente sujetos entre los dientes, por si un uniformado le pide identificarse de forma inopinada, se aproxima al arco metálico. Lo cruza descalzo, con los pantalones caídos y las manos en alto. A continuación se rinde ante un agente del orden que le desvalija: a la basura con el agua, el perfume y el mechero. No es nada personal. El viajero cabizbajo da las gracias mientras se remete la humilde camisa. Temeroso, apaleado en su orgullo, camina en busca del panel informativo, donde comprueba con desconsuelo que su vuelo ha sido retrasado. ¿Por qué? Vaya usted a saber. El fumadero se encuentra a cinco kilómetros, y el atajo de los aseos está vedado por una limpiadora. El viajero quiere huir, pero no están indicadas las salidas de emergencia. La ansiedad, al contrario que Dios, aprieta y ahoga; y, pese a todo, nadie explica de dónde podrían salir unas oportunas mascarillas de oxígeno. Entonces el pasajero cobra conciencia de su angustiosa situación: le han hecho prisionero en un centro comercial infecto. Y la única rebeldía posible es negarse a comprar el perfume que le acaban de robar. Sólo le queda esperar. Esperar a que alguien indeterminado le haga la pifia de volver a retrasar el vuelo. Esperar a recibir la orden anónima de ir a formar a la puerta de embarque. La desolación, el abandono absoluto llevan su ánimo definitivamente al naufragio. Y no hay una azafata que le explique dónde están los chalecos salvavidas. Por no venir, ni viene el energúmeno de la DGT a decirle ahí te pudras. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora D ebido a la sobrecarga de pasajeros, los aviones corren peligro de venirse abajo. Y si a esto sele suma que las carreteras hormiguean de coches, y que no hay sitio ni en el pescante de los trenes, obtenemos que, viajar en estas fechas, resulta incordio más que otra cosa. Por ello, de todos los medios de locomoción posibles durante el verano, el más aparente es uno que llaman coche de San Fernando, o sea, unas veces a pie y otras andando. Por culpa del sedentarismo que nos invade, lo de caminar, si no es por prescripción médica, pues como que no va con la persona. Y así acaba España entera, el colesterol por las alturas y unos traseros que ya no caben en taza que se precie. Ni cuerpos, ni vientres se mueven, acostumbrados como están a que el automóvil se mueva por ellos. Y qué mejor que ponerle actividad al cuerpo en los días estivales, empezando por el principio, y organizar una operación salida en la que todo el mundo vaya a pata. Se acabarían muchas de las enfermedades que nos invaden junto con la cosecha de cadáveres en las cunetas. Un costurón de alquitrán que se extiende a todo lo largo y amplio del mapa y que alarga las distancias, cuando debería ser al revés. Las carreteras las hacen cada vez más anchurosas y nunca sobran carriles, sino todo lo contrario. El personal aplaude cada nuevo tramo pues dice ahorrarse tiempo en sus idas y venidas al volante. Mentira, lo que pasa es que aquí se estila mucho lo del embrague y la caja de cambios. Y el automóvil es asunto a cuidar más que el propio cuerpo. Al igual que si de un recién nacido se tratase, el coche necesita revisión y biberones de gasolina. Angelito. Así, el delco es órgano más importante que el propio vientre y, cuando toca emitir saludo o queja, sólo hay que apretar bocina, como el mudo de los hermanos Marx pero sin pizca de gracia. Incluso, ya no consienten fumar en la mayoría de los sitios y siguen permitiendo a los automóviles echar humo. Si le dejaran a éste que pica tecla, los coches vendrían con el mismo cartelito que ponen a las cajetillas de tabaco. Montar en coche puede matar o mejor Montar en coche puede ocasionar un pa- o del avión lo tenemos claro. Hay dos salidas de emergencia en la parte trasera, dos en el centro y dos en la parte delantera. Al borde de la asfixia, nos caerán del techo las mascarillas de esnifar oxígeno; y los chalecos salvavidas se encuentran bajo el asiento, para quienes tengan cuerpo de nadar con los tiburones después de desplomarse en el mar. Al pasajero de un avión le instruyen en las artes del cinturón tantas veces como haga falta, no como a los pobres conductores, que sólo les habla el energúmeno malencarado de los anuncios de la DGT. Volar ya no da miedo, porque uno percibe que los contratiempos están pre- L Por culpa del sedentarismo que nos invade, lo de caminar, si no es por prescripción médica, pues como que no va con la persona Una turista espera pacientemente su vuelo en el aeropuerto de Jamaica REUTERS La ansiedad, al contrario que Dios, aprieta y ahoga; y, pese a todo, nadie explica de dónde podrían salir unas oportunas mascarillas de oxígeno