Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
60 40 FOTOBLOG LUNES 20- -8- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Liisa Haninen Profesora de RR. PP. Lo peor de España es la impuntualidad de la gente Lo que más le gusta es la vida que hay en las calles de Madrid RAQUEL RINCÓN MADRID. Liisa llegó a Madrid hace 14 años con una maleta y un perro. Dejaba atrás Helsinki y no sabía dónde ir pero estaba cargada de ilusiones. Un taxista muy amable me indicó un hostal donde alojarme con el perro Sus comienzos fueron duros, puesto que su español era bastante defectuoso pero sus veranos como guía turística de escandinavos la ayudaron. Hoy imparte clases en la facultad de Ciencias de la Información de la UCM y es responsable de la Oficina para la Intermovilidad. El alumno español es muy participativo aunque también demasiado hiperactivo. A todos les hace gracia mi acento A pesar de la creencia popular de que en los países nórdicos la calidad de vida es superior Liisa se esfuerza por desmentir el mito: Estoy casada con un español y me encanta la vida aquí. En Finlandia la gente podrá tener más dinero, pero el ritmo que se lleva aquí, el vivir más en la calle gracias al clima, la gastronomía y las relaciones, es estupendo Sus anécdotas con el idioma han sido múltiples. Una vez, cenando con unos amigos pedí un cubo de licor de anís, cuando lo que yo quería era un vasito Sin embargo, ha superado ya estos problemas y hoy conoce la sociedad española a la perfección: Ha cambiado mucho porque antes había menos extranjeros y te sentías como un bicho raro. En el metro incluso me miraban por tener el pelo rubio. Hoy España se ha convertido en un país multiracial aunque todavía debe ser consciente del talento que puede venir de fuera Si tiene que poner alguna pega a los españoles Liisa no lo duda: La impuntualidad y como alargan algunas situaciones Sin embargo, reconoce que ahora se le haría durísimo volver a Finlandia. AP Ya no sólo los pingüinos practican surf Los animales se suben a las tablas para cabalgar sobre las olas, es la moda del verano que han extendido los pingüinos de la película Locos por el surf y que arrasa entre las mascotas de medio mundo. En la imagen, estos dos perros, llamados R. J. y Bandido, entrenan en la sesión de práctica para competir en el segundo campeonato Loews Coronado Bay Resort de Imperial Beach, California. El certamen es benéfico y han participado cuarenta despiertas mascotas, que por lo visto dominan las tablas, tal vez incluso las de multiplicar. Existen dos categorías y en la otra compiten los propietarios de los canes. Fernando Castro Flórez Aprendiendo de todo M ás allá de la declaración para- wagneriana de Stockhausen ante la caída de las Torres Gemelas es una obra de arte total la precesión de los simulacros se cumple, sin ganga ni desperdicio, en Las Vegas. Todo este despliegue de cartón piedra, esta apoteosis de la tematización tiene como cimiento el imaginario fílmico o, por lo menos, la esperanza de que exista, en medio del desierto, un oasis de placer y pecado como el que revelaba la pantalla inmensa. Si los arquitectos Robert Venturi, Steven Izenour y Denise Scott Brown quisieron recuperar a partir del ornamental strip de Las Vegas, el simbolismo arqui- tectónico perdido, lo que a mí me mantiene empantanado en esta ciudad demencial es el anhelo frenético del cachondeo. Esta ciudad es un polo magnético del inflaccionismo teórico y así Baudrillard encuentra la materialización de la transpolítica y Bruce Bégout, en su ensayo Zerópolis advierte que en la ciudad que nunca duerme se ha construido un imperio sobre el horror vacui. Insisto en que aunque también he sufrido la interpretosis que insufla la Meca de los casinos, en esta ocasión la brújula que llevo es la de pasar el rato sin meter la mente en atolladeros. Anoche afrontamos ración triple de póker, ruleta y traga- perras. Acodados, como profesionales de la decepción, en la barra contemplamos la ruina de un mundo vertiginoso. Estábamos en la quinta gloria cuando apareció una señora de carnes cimbreantes y pechos manifiestamente siliconados; con la lengua pastosa desgranó un speech que tuvo en nosotros el efecto de las hipotiposis pirrónicas o del ironismo socrático: solo sabíamos, en ese momento, que no sabíamos nada. Sus intenciones, incluso para gente seriamente perjudicada por la noche, eran meridianas. La interfecta acercó unos dientes, que me parecieron los de Julián Muñoz en su época desafiante, hasta mi oreja y, con una pizca de amenaza, susurró alegorías del goce definitivo que me dejaron frío. Ante el naufragio de las intenciones primigenias comenzó una charleta sobre geo- estrategia o, por lo menos, escuchaba cómo de aquel aliento ardiente salían nombres de países en plan catarata. De pronto los ojos se le salieron de las cuencas y, golpeándose el pecho que rebotó prodigiosamente, exclamó ¡german! Giré la cabeza dolorida por la tortícolis endémica pensando que reclamaba los favores de otro panoli y ella, fuera de sí, apuntó entre mis cejas y, con mayor énfasis, repitió ¡german! Acabáramos, ahora resulta que esta creía que estaba ante un rígido teutón. Después de haber convencido a la división completa de policía de aduanas de los Estados Unidos de que no soy cubano de pronto me atribuían una nueva nacionalidad. En plan veta brava me declaré, cosa inusual, español y agregé, por si las moscas: jander klander. What is name? Antes de insultarme en plan serio escupió, asqueada, por tercera vez: ¡german! Creo que no he aprendido nada de momento. Tengo que dejar de hablar la lengua de Chiquito de la Calzada que, etimológicamente, enlaza con la fonética alemana más rigurosa. A la próxima estoy dispuesto a contestarle en castúo.