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ABC LUNES 20 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA FATIGA C LEGÍTIMAS ASPIRACIONES NTRE los dones más preciosos que la vida me ha deparado se cuenta la amistad de Rosa Díez, quizá la persona más ferozmente humana de cuantas conozco, aquella en la que la mezcla de inteligencia y pasión brinda una aleación más hermosa. Inquisitiva, ardorosa defensora de las ideas en las que cree, Rosa Díez me ha reprochado en más de una ocasión que no arremeta en mis artículos contra ciertos pronunciamientos de algunos obispos vascos, en los que antes se vislumbra al miembro de una bandería política que al sucesor de los Apóstoles. Rosa Díez piensa que mi silencio se debe a que, como católico, no deseo hacer el caldo gordo a los enemigos de la Iglesia. No negaré que en ciertas ocasiones he callado ante actitudes de las jerarquías eclesiásticas que me desconciertan o exasperan; pero la razón de mi silencio era precisamente ese desconcierto o exasperación, que me impedía enjuiciar ecuánimemente tales actitudes. He reflexionado mucho sobre las calamidades que corrompen a la Iglesia de nuestro tiempo. Creo que la principal consiste en establecer compartimentos en la realidad, considerando JUAN MANUEL que existe una realidad mundana y DE PRADA una realidad sobrenatural, y que cada una de ellas requiere soluciones distintas. Se trata, en realidad, de un efecto destructivo de esa misma secularización que la Iglesia condena. En las últimas décadas, esta división de la realidad ha diezmado a muchas órdenes y congregaciones religiosas, que pensaron que en su acción pastoral y misionera la realización de la justicia social era previa a la evangelización ¡como si se tratase de cosas distintas! Tal calamidad ha calado hondo tanto en los seglares católicos como en el clero; y, por supuesto, de ella no se han librado las jerarquías eclesiásticas: de hecho, las divisiones que con frecuencia las agitan tienen siempre su raíz en la diferente perspectiva desde la que analizan la realidad mundana Han olvidado que la única perspectiva válida para enjuiciar la realidad es el Evangelio de Jesús: y así, por ejemplo, pueden llegar a amparar que desde sus medios E de comunicación se propaguen visiones del mundo nada cristianas, siempre que tales visiones sirvan para combatir tales o cuales problemas mundanos; o bien pueden llegar a considerar, como acaba de hacer monseñor Uriarte, que una banda de criminales posee legítimas aspiraciones como si una aspiración que se realiza violando gravemente la ley de Dios pudiera considerarse legítima. Ante semejante dislate, Rosa Díez escribía airada que la jerarquía de la Iglesia vasca ha perdido hasta la piedad No secundo tan abusiva generalización; pero creo que expresiones como la que utilizó el obispo de San Sebastián en su homilía de la Asunción no son las de un pastor, sino las de un político. A un pastor sólo le corresponde exhortar a un criminal a que deje de pecar gravemente; y a las víctimas que han sufrido sus crímenes debe confortarlas, para después solicitarles que sean misericordiosas y perdonen a quienes les han causado tanto daño. Pero en modo alguno el amor a los enemigos que predicó Jesús en el Sermón de la Montaña puede amparar las aspiraciones de los criminales. Durante siglos, el País Vasco fue el más formidable vivero de catolicismo. Si la luz de la Verdad ha llegado hasta los parajes más extraviados del atlas ha sido, en buena medida, gracias a vascos convencidos de su misión; ningún otro pueblo se ha brindado tan generosamente, tan aguerridamente, a la epopeya de la evangelización. Pero hubo un tiempo en que los vascos pensaron que podrían compaginar una religión para el ámbito sobrenatural con otra religión para el ámbito mundano: así fue tomando brío el nacionalismo, que a la postre sólo ha servido para agostar el venero de honda religiosidad que los vascos habían cultivado durante siglos. Esta división de la realidad en dos planos, tan incompatible con la visión cristiana, se ha enquistado en gran parte del clero vasco, también entre sus jerarquías. Pero la calamidad de la que vengo hablando no es nueva, ni propia de nuestra época: también entre los Doce hubo uno que pensó que la misión sobrenatural de Jesús era disociable de su misión terrenal. Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan conocen bien su nombre. www. juanmanueldeprada. com REO que fue Felipe González el que aventuró una vez que donde los soberanistas vascos ganarían un hipotético referéndum sobre la autodeterminación no sería en Euskadi, sino en el resto de España, en la que una amplia mayoría de ciudadanos está harta de la presión del nacionalismo. Conviene por ello ir con cuidado a la hora de ceder a la tentación del desistimiento, que en la práctica significa una insolidaria condena a la exclusión de quienes viven en el País Vasco sintiéndose españoles con tanto derecho como los demás. Algo parecido se puede decir de Cataluña, un territorio en el que el separatismo gana terreno a base de provocar un asqueado hastío IGNACIO que agranda la brecha inCAMACHO deseable entre lo catalán y lo español, ahondando en el conflicto artificial que los propios independentistas promueven con la intención de ofrecerse después para solucionarlo a su manera. Resulta fácil picar, desde fuera, en el anzuelo de enviarlos a donde ellos se quieren ir. Esta estrategia de estimulación ventajista del rechazo subyace, por ejemplo, en la reciente declaración de un Carod- Rovira que identifica una cierta fatiga de España tras el colapso de las infraestructuras catalanas, que achaca, por supuesto, a la responsabilidad exclusiva de un Madrid en el que los nacionalistas sitúan, como epítome supremo, los males del centralismo. Con esta inculpación de que lo español, o lo que queda de España en Cataluña, es responsable de todo problema que allí se plantee, el gurú soberanista no sólo elude la responsabilidad del Gobierno autonómico del que forma parte- -y que, según Maragall, posee tantas competencias que ha convertido en residual al Estado- sino que aprovecha el malestar reinante para ampliar la grieta psicológica entre dos realidades supuestamente enfrentadas o contrapuestas. Lo que Carod pretende no consiste solamente en excitar a su favor los ánimos de una ciudadanía catalana severamente cabreada, sino inducir en España la tentadora sugestión de una respuesta de similar talante rupturista. En otras palabras, se trata de excavar en la desconfianza mutua, de profundizar en el desencuentro a través de la demagógica expresión de los sentimientos primarios. Desencadenar la fatiga de Cataluña en una población cansada hasta el hartazgo de desafíos secesionistas, reclamaciones victimistas y maniobras excluyentes de sustancioso ventajismo. Casi siempre lo consigue, porque cuando ERC pide que pague Madrid o sea, que pague el Estado, Madrid va y paga. Con el dinero que necesariamente escamotea a otras comunidades menos gimoteantes, menos chantajistas y por lo general menos estructuradas, cuyos ciudadanos se sienten con todo derecho agraviados por la eterna ansiedad acaparadora del nacionalismo. Pero la culpa no es de quienes piden, sino de quienes dan. De quienes se ponen de rodillas para aplacar el victimismo insolidario. De quienes en su afán de conservar el poder no se aperciben de que la brecha de la mutua fatiga se dilata cada vez que tratan de cerrarla con la arena inconsistente de la cesión y el apaciguamiento.