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ABC DOMINGO 19- -8- -2007 40 85 El corazón de las tinieblas El gran novelista anglo- polaco Joseph Conrad, en los años en que ejerció las profesión de marino, fue contratado por la compañía del rey Leopoldo para gobernar un vapor, el Roi des Belges en un viaje de ida y vuelta entre Kinshasa y Kisangani, durante el año 1890. Al realizar la navegación, fue testigo directo de los horrores en el Congo y del trato inhumano y cruel que sufrían los nativos. Y también quedó asombrado ante la naturaleza que se abría a su paso. Éramos vagabundos en medio de una tierra desconocida- -escribió en 1902 en su novela El Corazón de las Tinieblas La tierra no parecía la tierra... Allí podía vérsela como algo terrible y libre, algo no terrenal Conrad denunció en su novela la explotación del Congo y retrató en su personaje, el agente Kurtz, a un hombre cultivado que ha caído en brazos del crimen. Su juicio al final del libro, aquella exclamación repetida de ¡El horror, el horror! dibuja el escenario que contempló el escritor. Francis Coppola, hace unos pocos años, adaptó la historia conradiana al cine, llevándola a Vietnam. La película se llamó Apocalypse Now Un transeúnte, descansando en la ribera del Congo tras el capitán navega ayudándose de un foco, se encienden algunas fogatas en las cubiertas y casi cada día hay cantos y danzas. En un universo de tanta miseria como es esta parte de África, resulta conmovedor ver cómo la gente intenta rescatar rastros de alegría del fondo de triste existencia. El río es por lo general calmo. Pero en ocasiones, y en apenas unos pocos minutos, se desatan las peores tormentas que uno puede imaginar. Vendavales de vientos enloquecidos y cargados de lluvia azotan las cubiertas y el curso del agua parece acometido por un furor vesánico. Rompen las olas unas contra otras y el peligro de naufragio acecha a las barcazas. Cada año se hunden algunas de ellas cuando la fuerza del viento rompe las amarras que las sujetan al remolcador y las empuja río abajo, sin gobierno. El río está cargado de historias de tristeza. Congo ha sido siempre un territorio infeliz. Cuando el rey Leopoldo II de Bélgica lo adquirió, en 1885, para convertirlo casi en una finca privada, con el fin de explotar sus riquezas de caucho, maderas nobles y marfil, el sistema de gobierno que aplicó se basó en los trabajos forzados, la esclavitud, la tortura y el asesinato. Se calcula que, en ese año, vivían en las regiones controladas por Leopoldo II unos veinte millones de personas. Vientres años más tarde, cuando el parlamento belga retiró al monarca sus poderes sobre el Congo, a causa de los horrores que se producían, sólo quedaban allí ocho millones de personas. El resto, o bien habían muerto, o habían huido a lugares seguros. Leopoldo mantuvo, durante los años de dominio sobre el Congo, al que llamó Estado Libre, un ejército privado y una compañía de explotación con agentes a lo largo del río, los encargados de almacenar las materias primas para enviarlas río abajo en barcazas hasta Kinshasa (entonces Leopoldville) y de allí, por tren, hasta el puerto atlántico de Matadi. Cuando los peones no cumplían los cupos de producción que se les exigía, se les ABC REUTERS Si uno pudiera olvidarse de la guerra, navegar el Congo es una de las experiencias más inolvidables de la vida. La selva, en buena parte todavía inexplorada, cubre densamente las orillas del río y hay numerosas islas boscosas en su curso. Sólo existe un tipo de navío para pasajeros y muy peculiar. Se trata de un pequeño remolcador que, en lugar de arrastrar, empuja una o dos barcazas, o más bien dos barcos desguazados de los que sólo quedan útiles el casco, la primera cubierta y las bodegas. A bordo del remolcador, que suele tener dos cubiertas, viajan el comandante, el piloto, la tripulación y sus familiares. En las barcazas, múltiples familias que montan sus tiendas de campaña y sus colchones al aire libre. Allí mismo cocinan y se asean. Para el extranjero, conseguir plaza en uno de es- tos barcos no es difícil y el trato con las gentes se convierte en una experiencia humana difícil de vivir en otro lugar del mundo. El mondele (hombre blanco en lengua lingala) acaba por convertirse casi en la mascota de los pasajeros. Estos barcos se detienen tan sólo algunas noches, al arrimo de los pocos puertos que hay en el recorrido. Normalmente, viajan a unos diez o doce kilómetros por hora. Y lo hacen por una razón: porque no son sólo embarcaciones de transporte, sino también mercados ambulantes. Las gentes que viajan a bordo llevan todo tipo de mercancías compradas en la ciudad; y desde las aldeas ribereñas, surgen constantemente pequeños cayucos que se arriman al barco, lanzan sus amarras y compran aquello que no se encuentra en el río- -cerillas, carbón, cubiertos, pucheros... -en tanto que venden al pasaje pescados, frutas, antílopes, cocodrilos e, incluso, serpientes. Durante los noches, mien- REPÚBLICA CENTROAFRICANA Banqui CAMERÚN Río Congo ÁFRICA Lisala Mbandaka GABÓN Mongala CONGO Brazzaville Kinshasa Matadi Océano Atlántico Kisangani Opala Lowa Kindu Río Luabala ANGOLA ABC REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO amputaban una o las dos manos, y los miembros cortados se exhibían clavados en estacas. A menudo, los capataces no eran tan refinados, y simplemente les cortaban la cabeza, que tambien se exponían en los vallados de las estaciones comerciales. No mejoró la suerte con la independencia, en 1960, que desató una terrible guerra civil. Alcanzó el poder Mobutu, que eligió como sistema de gobierno el más sencillo: la dictadura. En 1997, fue derrocado por Kabila, tras una nueva guerra, quien implantó su propia dictadura. En el 2001, Kabila fue asesinado y desde entonces gobiernasu hijo, apoyado por países vecinos como Uganda y Ruanda. Pero el país vive en una guerra civil larvada y el río continúa siendo un lugar peligroso, con numerosas bandas incontroladas en sus selvas que, con frecuencia, asaltan los barcos y roban a los pasajeros cuanto de valor poseen. El río, en muchos tramos, es un escenario de desolación: puertos abandonados con decenas de barcos desguazados y de cascos comidos por el óxido, carreteras devoradas por la selva, aeropuertos de pistas destrozadas, inútiles ya para el aterrizaje de aviones, y aldeas miserables en donde no hay luz ni agua corriente, ni por supuesto escuela. Pero su belleza es de una intensidad tal que llega a estremecer el alma. Es un río en el que se siente hondamente el poder de la Naturaleza, su capacidad para crear y también para destruir. Es tanta la fuerza de aquellos espacios todavía vírgenes que a los hombres nos hace sentirnos pequeños, indefensos, ante el poder de los rayos y las aguas embravecidas. Pero ese sentimiento, cosa curiosa, en cierta forma nos reconcilia con la idea de la muerte.