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ABC DOMINGO 19 s 8 s 2007 INTERNACIONAL 35 La defensa antimisiles de Putin Moscú ha presentado una iniciativa de colaboración entre la OTAN y Rusia para frenar la amenaza nuclear iraní. Pero los argumentos de la Guerra Fría han vuelto a surgir porque Rusia cuestiona el despliegue de EE. UU. en la República Checa y en Polonia vo una ajetreada trayectoria. Los defensores de la estrategia de la destrucción mutua asegurada lo rechazaban por considerarlo un despilfarro innecesario; los partidarios del control armamentístico negaban que las consecuencias de la guerra nuclear debieran- -o pudieran- -ser mitigadas. A su juicio, hacer la guerra nuclear más tolerable también podría hacerla más probable, y un bando u otro se podrían ver tentados a lanzar un primer ataque con la convicción de que sus defensas podrían frenar la contraofensiva. Argumentos como éstos indujeron al Congreso a suprimir el sistema de defensa antimisiles que el presidente Richard Nixon había propuesto en 1969. Para preservar su esencia, la Administración de Nixon negoció en 1972 el Tratado de Misiles Antibalísticos (MAB) que congeló las defensas antimisiles existentes de ambos bandos, y estableció paralelamente un acuerdo que consiguió limitar por primera vez la concentración de misiles ofensivos en la Unión Soviética. En las décadas siguientes, el clima internacional experimentó una drástica transformación y obligó a replantearse decisiones anteriores: en primer lugar, la caída de la Unión Soviética eliminó la base conceptual de la doctrina de la DMA para un futuro inmediato; en segundo lugar, los avances de la técnica convertían la defensa antimisiles en una posibilidad mucho más realista; en tercer lugar, la proliferación de armas nucleares y tecnología de misiles ha generado el peligro sin parangón de los lanzamientos accidentales o perpetrados por Estados rebeldes. También estaba la cuestión moral. ¿Cómo podría explicar un presidente, después de un ataque nuclear, por limitado que fuera, por qué estando en posesión de una tecnología plausible para mitigar sus consecuencias o evitarlas por completo, optó por dejar a la población desprotegida? Estas consideraciones convencieron a la Administración de Bush para retirarse del tratado sobre MAB en 2002 e iniciar la construcción de un sistema de defensa antimisiles zada. El argumento estadounidense de que el despliegue es modesto y se ha concebido para lidiar con ataques iraníes es refutado con el argumento de que los misiles iraníes no poseerán capacidad para alcanzar Estados Unidos hasta dentro de 10 años o más. Por ello, en opinión de Rusia, el despliegue debe conllevar una concepción más profunda orientada a sus intereses. La táctica de Moscú refleja su retórica. Ha lanzado una intensa campaña diplomática para presionar a la OTAN y a EE. UU. para que renuncien al despliegue de una defensa antimisiles en Europa Central. Ha retirado garantías anteriores de que ningún misil ruso apuntará a territorio de la OTAN. Pero siempre hay indicios que implican una actitud más constructiva. Putin ha realizado una propuesta interesante con una importancia posiblemente profunda y de largo alcance: conectar las instalaciones de radares para el seguimiento de misiles que Rusia tiene en Azerbaiyán o las que planea construir al sur del país con el sistema de defensa de EE. UU. y la OTAN contra los misiles iraníes. Aunque la propuesta es inaceptable tal y como se ha planteado, contiene una visión sobre cómo aplicar unos intereses estratégicos paralelos que podrían sentar un precedente para contener otros desafíos globales. Rusia y Estados Unidos hacen frente a un mundo nuevo cuyas amenazas y perspectivas superan lo que cualquier Estado nacional, por poderoso que sea, puede abordar por sí solo. La proliferación de armas de destrucción masiva, el yihadismo radical, el medio ambiente y la economía global imponen la necesidad de unos planteamientos cooperativos. Los presidentes y ministros de Asuntos Exteriores parecen comprenderlo, y las relaciones son cordiales y se caracterizan por unos esfuerzos serios de cooperación. Sin embargo, en el ámbito público está reapareciendo algo similar a las actitudes de la Guerra Fría. No debemos permitir que prevalezca esta tendencia. Estados Unidos y Rusia ya no compiten por el liderazgo internacional. Los despliegues militares de ambas partes ya no están dirigidos al otro bando, ya que cada uno de ellos afronta peligros mayores que el que se plantean mutuamente. Los estadounidenses serios entienden que muchos problemas globales pueden resolverse mejor- -o tal vez únicamente- -mediante la cooperación entre Rusia y EE. UU. Henry A. Kissinger El debate sobre la defensa antimisiles, que viene desarrollándose desde hace casi 50 años, se ha visto reavivado por el plan estadounidense para desplegar elementos de dicha defensa en la República Checa y Polonia. Los conocidos argumentos de la Guerra Fría han vuelto a surgir, ya que Rusia cuestiona la necesidad del despliegue y asegura que en realidad está concebido para contener las fuerzas estratégicas rusas en lugar de las amenazas iraníes, como asegura la Administración de EE. UU. Pero, además de la invectiva, el Kremlin ha presentado una iniciativa audaz para establecer una colaboración sin precedentes entre la OTAN y Rusia a la hora de frenar la amenaza de los misiles nucleares iraníes. El viso de Guerra Fría del debate tiene su origen en una cuestión que ha intrigado a los estrategas desde el advenimiento de las armas nucleares: si de las consecuencias catastróficas de la guerra nuclear se puede destilar una estrategia militar que la sociedad pueda resistir. Durante la Guerra Fría, la principal doctrina estratégica estadounidense perseguía la disuasión a través de la capacidad mutua de aniquilación. Pero cuando las bajas previstas de la Destrucción Mutua Asegurada (DMA) se aproximaron a las decenas de millones, los gobiernos dieron marcha atrás antes de que se materializaran las consecuencias de lo que sus planificadores habían forjado. La llegada de los misiles balísticos en los años sesenta generó presiones para la creación de una defensa contra la nueva amenaza. En la práctica, sólo Estados Unidos y la Unión Soviética contaban con la capacidad militar para desarrollar el equivalente a una bala en el espacio, y sólo Estados Unidos poseía la capacidad industrial necesaria para construirlo a una escala global. En Estados Unidos, el concepto de defensa antimisiles tu- Putin en la región siberiana de Tuva, el pasado miércoles REUTERS Drástica transformación Muchos problemas globales pueden resolverse mejor con la cooperación entre Rusia y EE. UU. mundial encaminado a responder a ataques limitados, especialmente los de Estados rebeldes. El despliegue ha comenzado en Alaska, y algunas estaciones de radar ya existentes en otros lugares están integrándose en el sistema. El posible despliegue de un centro de radares en la República Checa y un número reducido de interceptores en Polonia serían las primeras instalaciones nuevas fuera de Estados Unidos diseñadas explícitamente para la defensa antimisiles. Rusia, que aceptó la retirada del tratado sobre MAB en 2002 con escasa o ninguna controversia, ha reaccionado de un modo neurálgico al despliegue en Polonia y la República Checa. Esto no debería sorprendernos. Moscú siempre ha mostrado un gran interés en la defensa antimisiles; de hecho, la Unión Soviética fue pionera en el despliegue de defensas antimisiles alrededor de Moscú a mediados de los años sesenta. En 1967, el primer ministro so- viético Alexei Kosigin rechazó altaneramente una propuesta del presidente Lyndon B. Johnson para que ambas partes renunciaran a la defensa antimisiles. Tres años más tarde, después de que se pusiera en marcha una campaña estadounidense de defensa antimisiles, Moscú cambió de postura, tal vez preocupada por la posibilidad de que la capacidad tecnológica de EE. UU. le diera una ventaja. Al cabo de 10 años, la respuesta soviética a la propuesta de la Guerra de las Galaxias formulada por Reagan siguió una trayectoria similar: críticas al principio y el posterior diálogo constructivo entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Por lo tanto, el diálogo actual entre rusos y estadounidenses repite en cierto sentido un patrón tradicional. Pero sus consecuencias van mucho más allá de las consideraciones estratégicas. En la conducta del presidente Vladimir Putin desde su crucial discurso pronunciado en Múnich va implícito un resentimiento profundo por el avance de la organización militar de la OTAN hacia las fronteras rusas, ignorando lo que Moscú considera unas garantías de que esto no ocurriría, sobre todo en lo que respecta a la tecnología militar avan- Patrón tradicional