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ABC DOMINGO 19 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA UNA DE LANGOSTINOS ESDE que sus ahorros se volatilizaron en el crack bursátil del 98 había decidido vivir intensamente al día. Se acostumbró a hacer pelotas con los créditos que cada cierto tiempo despejaba mediante una reconversión de plazos de la deuda; había descubierto en las nuevas empresas de refinanciación una panacea milagrosa para mantener su nivel de vida sin aumentar las letras que mensualmente descontaba de su nómina de directivo intermedio. Con el sueldo de su mujer afrontaban la hipoteca del adosado, y con el suyo respaldaba los préstamos que iban pagando el IGNACIO todoterreno, las vacacioCAMACHO nes, los viajes de los puentes, la pantalla de plasma, los móviles de última generación, el colegio de los niños, la mutua privada que le evitaba el atasco sanitario de la seguridad social. Algún amigo economista le advertía en las cenas de los viernes del riesgo de acumular deuda de consumo, pero siempre acababan conviniendo que se trataba de una práctica tan extendida que ningún Gobierno podría permitir que colapsara sin dar al traste con la estabilidad del país. Durante agosto miraba poco la televisión, salvo para algún partido de pretemporada, y compraba algo de prensa deportiva para seguir los fichajes, pero apenas sí echaba una ojeada a los diarios generalistas en el vestíbulo del hotel en que veraneaba. Siempre traían lo mismo: incendios, alguna catástrofe agrandada por la falta estival de noticias políticas, las broncas de los batasunos y muchas variedades que ya seguía en las revistas que se llevaba a la playa su mujer. Le gustaba sentirla contenta de haber abandonado la costumbre de alquilar un apartamento para trasladarse a un cuatro estrellas con media pensión que evitaba la engorrosa preparación de la cena de los niños, que se pasaban el día jugando con los animadores mientras ellos tomaban el sol o dormían la siesta a salvo de la obligación de entretenerles. Al fin y al cabo, sólo era otra letra más que cada año renovaba para sufragar el siguiente; pecata minuta, chocolate del loro en el brillante sistema de un consumo capaz de reciclarse siempre a sí mismo. Por eso apenas sintió una cosquilla de curiosidad cuando en el desayuno vio de reojo las noticias de una crisis hipotecaria en el diario que leía un vecino de mesa. Fue a la hora del almuerzo en el chiringuito cuando oyó a dos tipos de aspecto pijo que comentaban en la barra algo sobre pérdidas en Bolsa, y se acordó de aquel verano de angustia en que su dinero se evaporaba sin que pudiese localizar al broker que le llevaba las inversiones. Al lado había una familia cuya madre llevaba doblado en el bolso playero un periódico, que amablemente le prestó para echarle un apresurado vistazo a los titulares mientras le servían la paella. Entonces vio que se trataba de un problema con las hipotecas en Estados Unidos, y en las letras gordas vio a un ministro del Gobierno que se mostraba alegre y despreocupado ante cualquier eventual contingencia. La leve sombra de su entrecejo se disolvió en un gesto de alivio, devolvió a su dueña el periódico con una sonrisa y pidió al camarero que le traía el arroz una ración extra de langostinos de rayas. D ELOGIO DEL DONDIEGO DE NOCHE cómo voy a cometer la ordinariez de escribir de política, si acaban de abrir, una noche más, los dondiegos? Hasta en las flores hay clases. Hay flores pobretonas, de las que nadie se ocupa, y otras ricas y poderosas, que parece que tuvieran hasta jefe de publicidad. Cada primavera de incienso y tambores, ¿quién le lleva la campaña al azahar de los naranjos? Y a las magnolias, ¿quién les asesora en su imagen desde antiguo, desde el Ocnos de Luis Cernuda? Del prestigio literario de las jacarandas me acuso, padre Hércules, arrodillado ante tus columnas: ponme una penitencia liviana por haber unido sus moradas flores al sentimiento de la honda primavera de mi tierra. Pero nadie hasta ahora le ha dedicado no digo ya una línea de elogio literario, sino ni una mirada o un recuerdo en la memoria de la infancia a una flor de estas noches agosteñas, de cervezones en los veladores, de horizontes de grillos y de recuerdos de la nevería en los ya imposibles cines de verano. Es el dondiego de noche. El humilde dondiego, más veraniego que una chaqueta de mil rayas, que un puesANTONIO tecillo de higos chumbos o que un dorBURGOS nillo de gazpacho. Humildes y prolíficas flores, con las que en el colegio nos explicaban las leyes de Mendel según venían en el libro de Ciencias Naturales de Rafael Alvarado. De sus colores elementales, blanco, rosa, amarillo, rojo, podían salir las más inesperadas combinaciones y mutaciones, en exacto cumplimiento de las leyes de la herencia genética que promulgó Mendel. Ese cuaderno particional es la única riqueza que recibieron en herencia los humildes, abandonados, despreciados dondiegos, que en sus pétalos encierran la hermosa metáfora de la brevedad del verano. Flor modesta con la que nadie hizo nunca un ramo para regalarlo a un amor, el dondiego sabe cuándo tiene que llegar y cuándo irse: de San Pedro a San Miguel. Su esplendor dura lo que los antiguos veraneos de criadas con delantales de algodón, frías albercas de lejanos cor- EL RECUADRO ¿Y tijos al pie de un nogal, y cestas de mimbre para la merienda de los niños en la jira campestre. Por humilde, el dondiego es la flor menos jartible que hay. Se abre con el atardecer y se cierra con las claras del día. Como una discoteca elegante, como un refinado bar de copas. El dondiego cobra plus de nocturnidad en la breve belleza de sus flores abiertas, que no tienen olor, sólo la fragancia de sus colores. Y como la oscura golondrina de la copla, con lo que quieran llamarle se tiene que conformar. El dondiego tiene un nombre antiguo precioso, como de viejo nomenclator del callejero: Arrebolera. Para otros es Galán de Noche, o Don Pedro, o Periquito. Casi todos nombres machos y bien machos. El dondiego es un macho muy macho que vino de México. Concretamente desde Jalapa, al ladito mismo de Veracruz, de donde partían los galeones de la flota de la Nueva España. En su nombre científico, el dondiego nos enseña su pasaporte novohispano: Mirabilis Jalapa Podían haber roto en llamarlo Jalapeño, con un nombre como de carta de restaurante texmex. Pero le encontraron otro más lírico: Jazmín de México. ¿Seguro que de México? ¿No se hizo acaso españolísimo, como todas las flores que aterrizaron por aquí, en cuanto un fraile, un espadón o un escribano bajaron del galeón la maceta que lo traía? Seguís abiertos en mi memoria, efímeros dondiegos, galanes de la noche, con vuestros gritos de color junto a la cal de las tapias. No os pondréis colorados y os cerraréis, ruborizados, como si llegaran las claras del día, si revelo en vuestro elogio y para vuestro prestigio lírico el máximo secreto poético del verano: cuando llega agosto y se pone el sol de los días cada vez más cortos, cada dondiego tiene un amor imposible con una dama de noche. La altiva dama de noche, señorona perfumada, lo desprecia porque no tiene la fortuna del azahar o del jazmín. Y el pobre dondiego, con las claras del día, ojeroso, no se cierra como dicen: se esconde. Para que nadie vea llorar a un hombre por un amor desgraciado. ¿Cómo voy a escribir de política, si acaban de abrir, una noche más, los dondiegos?