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ABC SÁBADO 18 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA ESTOCOLMO EN PAMPLONA U LA BATALLA DE LAS IDEAS N una Tercera publicada el pasado miércoles, Carlos Rodríguez Braun analizaba con su característica sorna las razones por las que la izquierda intervencionista y liberticida ha logrado, mediante sugestiones y trucos de birlibirloque que nos recuerdan los empleados por aquellos sastres de la fábula del rey desnudo, aparecer ante la sociedad y ante la Historia como la gran benefactora de la democracia y del género humano, cuando en realidad ha sido su más enconada enemiga. A este misterio estupefaciente, que nosotros hemos denominado en alguna ocasión anterior el chollo ideológico de la izquierda ha contribuido en no escasa medida la propia derecha, más acomplejada en la defensa de sus principios de lo que podría estarlo John Wayne en la celebración del Orgullo Gay. Este complejo de la derecha, tan patético y grimosillo, adquiere expresiones muy diversas, aunque su consecuencia sea siempre la misma: la aceptación de que la izquierda siempre tiene razón. Este aserto tan desquiciado debería ser combatido a muerte por la derecha, si en verdad aspirara a ganar la batalla de las ideas. Pero, por lo que se ve, la dereJUAN MANUEL cha se conforma con ganar de vez en DE PRADA cuando las batallas electorales, aprovechando errores garrafales de su adversario, sin entender que mientras no denuncie la desnudez del rey todas las demás victorias serán esporádicas, adventicias e insatisfactorias. Para vencer esta batalla de las ideas la derecha debería empezar por explicar su genealogía, mucho menos ignominiosa que la de la izquierda. Los regímenes fascista y nazi (fundados, por cierto, por líderes rebotados de la izquierda) en modo alguno pueden considerarse degeneraciones de la tradición conservadora y liberal, de la que abominaban. En cambio, los regímenes comunistas han sido durante décadas el espejo en el que admirativamente se contemplaba la izquierda. Hoy, cualquier analfabeto de la ESO es capaz de nombrar de corrido media docena de campos de concentración o exterminio nazis, convencido además de que el nazismo E fue una aberración ideológica derechista. En cambio, sería absolutamente incapaz de nombrar ni uno sólo de los campos de concentración y exterminio soviéticos, en los que por cierto murió muchísima más gente; si, por alguna rara casualidad, hubiese oído hablar del gulag o de las masacres estalinistas, en modo alguno se le ocurriría entablar ningún parentesco entre el régimen que prohijó tales atrocidades y la ideología izquierdista. Y es que la izquierda ha conseguido borrar cualquier rastro de su genealogía, arrojando además sobre la derecha la sombra de una genealogía que no le corresponde. Pero, una vez explicada su genealogía y la de su adversario, luchando contra las inercias de la propaganda, la derecha debería esforzarse por evitar caer en las trampas que la izquierda le tiende. Quizá la más grosera de estas trampas (pero también la trampa en la que la derecha más obcecadamente cae) sea la llamada alternativa centrista ese huesecillo que la izquierda arroja a conservadores y liberales cuando quiere provocar el desconcierto entre sus filas. Dejando aparte que, como sostenía Rodríguez Braun, proclamarse de centro equivale a definirse equidistante de la libertad y la coacción, ¿quién establece lo que es el centro La izquierda, siempre la izquierda; y lo establece, por supuesto, según su conveniencia. El espectáculo de la derecha española, persiguiendo cual perrillo sarnoso el hueso del centrismo que le arroja la izquierda es uno de los más bochornosos y entristecedores que hoy se pueden presenciar. Como en la paradoja de Ulises y la tortuga, la derecha nunca acaba de alcanzar ese centro ilusorio, puesto que la izquierda siempre lo cambia de sitio cuando ya su adversario se abalanza sobre él para atraparlo (y es entonces cuando la izquierda tira del hilo, como en las mejores comedias del cine mudo, privando a la derecha de su huesecillo y dejando que muerda el polvo) Mientras la derecha no plantee sin complejos la batalla de las ideas, denunciando la desnudez del rey y desmontado el chollo ideológico de la izquierda, tendrá que resignarse a desempeñar el papel del perrillo sarnoso en pos de un escurridizo hueso. N cierto síndrome de Estocolmo parece haberse apoderado de Miguel Sanz, el presidente de Navarra, tras verse aliviado de la incertidumbre sobre su permanencia en el poder. Una continuidad que se ha debido, sobre todo, a la presión ejercida por el Partido Popular sobre un Zapatero atenazado por las urgencias electorales, que ha tenido que ceder y desistirse en sus iniciales intenciones de propiciar un pacto entresocialistas y Nafarroa Bye ante la posibilidad cierta de pagar por él una altísima factura de desgaste en el resto de España. Pero, como de IGNACIO costumbre, ni el PP ha saCAMACHO bido vender su éxito como tal- -lo que ya viene siendo una tradición- ni su aliada UPN se ha mostrado dispuesta a agradecerlo. Antes al contrario, Sanz ha trufado su aliviada toma de posesión de guiños al PSN, como si le debiera reconocimiento por su impostada generosidad forzosa, y ha incomodado a sus socios nacionales con la ridícula solicitud de un grupo parlamentario propio para reforzar su imagen de presunta independencia política. Al final, ha quedado claro que tanto a Sanz como a su oponente, Fernando Sinpalabra Puras, lo que les importaba era el poder, la hegemonía en su feudo, el control de los importantísimos recursos de una comunidad foral con concierto económico propio, próspera caja de ahorros y enorme pujanza empresarial. Mientras la opinión pública debatía sobre el futuro de Navarra en la estructura del Estado, mientras el PP hacía de la españolidad de su territorio unas Termópilas constitucionales, mientras Zapatero calculaba el impacto de un acuerdo panvasquista en su mimado proceso de paz el presidente navarro y el aspirante a sustituirlo pugnaban por el usufructo directo del campanario de su aldea. Y aunque ha sido la perspectiva nacional del pulso lo que ha decidido la solución final- -o al menos, provisional- ellos se siguen moviendo en una dimensión empequeñecida, en la escala menor del microcosmos de sus ambiciones. Por esoa Puras sólo le frenó una orden directa de Madrid que desautorizaba su pacto con NaBai, y que a cualquier político con cierta dignidad le habría mandado directamente a su casa. Y por eso Sanz se ha sentido obligado a tocarle los costados a su socio popular como guiño a aquellos de quienes cree que depende la estabilidad de su cargo, como si hubiera sido él quien movilizó a cien mil personas en Pamplona en defensa del amenazado statu quo foral que ha constituido su caballo de batalla. Con su síndrome de secuestrado que recupera la libertad, Sanz ha permitido que lo que debería haber quedado como un triunfo suyo y del PP que ha obligado a ceder a Za, patero, acabepareciendo una concesión graciosa de éste. Eso no se llama exactamente lealtad, pero quizá Rajoy pueda extraer del episodio alguna conclusión enriquecedora para su celebrado pragmatismo. Y es que la política no sólo es muy dura, como sentenció cuando dejó caer a Piqué, sino que también, a menudo, resulta francamente desagradecida.