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ABC SÁBADO 18 s 8 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA VIAJE AL EPICENTRO DE LA CRISIS ...Aunque sólo sea por este endurecimiento del crédito, el otoño caliente está asegurado. Lo que resulta imposible saber es si el previsto regreso a la cordura será suficiente para reparar los estropicios y evitar que se repitan. El mal ha llegado muy al centro del sistema y esas patologías profundas son difíciles de curar y nadie puede descartar las recaídas... ASTA ahora, las crisis financieras habían tenido una característica común: el epicentro del terremoto estaba localizado y también resultaba relativamente sencillo hacer inventario de los daños. Cuando Rusia declaró suspensión de pagos internacionales, o cuando el tequilazo mexicano dejó sin aliento a medio mundo, o cuando la crisis de los países asiáticos emergentes... Incluso, cuando estalló la burbuja de las llamadas punto com las caras de los financieros se dividían entre las sonrientes, propias de quien había sido despabilado y no tenía ni un duro en esos charcos, y las más preocupadas de quienes sí habían invertido en esos países o sectores. Incluso, la superación de esos problemas también era clara; aunque las negociaciones para determinar la cuota de pérdidas que debía asumir cada quien resultaban extremadamente complicadas, nunca nadie puso en duda que aquellas eran crisis localizadas, algunas muy graves por la profundidad del agujero causado, pero sin capacidad de colapsar el sistema global. Pero las turbulencias financieras de las últimas semanas parecen de naturaleza radicalmente distinta. No me refiero al vaivén de las Bolsas. Desde luego que nunca es grato que los mercados se estozolen y en un par de días pierdan lo ganado en el año, pero en el fondo esa es la naturaleza de la Bolsa. Mucha gente sensata recuerda que el momento de comprar es cuando, como ahora, el mercado está bajista. El problema que marca la diferencia entre la crisis actual y las anteriores es que el parón ha afectado a la misma esencia del sistema financiero mundial: ha afectado al mercado interbancario. i entre el jueves 9 y el viernes 10 de agosto, el Banco Central Europeo y la Fed norteamericana (la Reserva Federal) inyectaron dinero en el sistema interbancario era, sencillamente, porque la normalmente febril actividad que desarrollan los bancos prestándose dinero unos a otros estaba prácticamente paralizada. Bancos de la entidad, solvencia y reputación de Barclays no conseguían en aquellas fechas treinta mil millones de dólares, una cifra exorbitada para el común de los mortales, pero insignificante en el balance del coloso bancario británico. El Deutsche Bank, otro gigante de la banca mundial, también encontraba dificultades en casar sus habituales necesidades de tesorería. De repente se convertían en imposibles operaciones que, en otras circunstancias, se casaban en cuestión de cuatro o cinco minutos. Si los Bancos Centrales no hubieran intervenido prestando dinero al tipo oficial a todo H aquel que lo necesitara, el mercado interbancario se habría colapsado, con unas consecuencias terribles para las economías y para las personas sólo comparables a las provocadas por un repentino, inesperado y simultáneo agotamiento de todos los pozos de petróleo mundiales. Sin dinero y sin petróleo, es claro que ningún sistema económico actual puede funcionar. aturalmente lo que cuesta admitir es que hemos estado al borde del precipicio porque unos insensatos codiciosos convirtieran títulos de alto riesgo en inversiones sumamente rentables y sin ningún riesgo aparente. En sí mismo, el mercado norteamericano de las hipotecas subprime no ha sufrido ningún tropezón; de hecho, su índice de impago en estos meses ha sido del 16 por ciento, prácticamente el mismo que en el año 2000. La diferencia está en la ingeniería financiera aplicada que, como digo, convertía a los peores segmentos del mercado subprime en activos altamente rentables y carentes de riesgo. La falta de proporción entre la causa aparente y el efecto real debe llevar necesariamente a preguntarse por la causa real. Y no por un afán académico o, lo que sería peor, periodístico, sino sencillamente porque si se desconocen las causas nadie podrá estar seguro de que el terremoto del interbancario sea replicado dentro de unas semanas, o meses, o incluso días. Para mí tengo que las hipotecas subprime han desempeñado el papel de detonador de una situación que cualquier observador N percibía como caliente, pero a la que nadie estaba dispuesto a dejar de jugar. Me refiero, claro, a la deuda. Un repaso a la colección de este periódico durante el último año puede resultar sumamente aleccionadora: todas las grandes operaciones corporativas, es decir de compra y fusión de empresas, han estado financiadas con deuda. No me refiero sólo a España, que también, sino a todo el mundo. Y no hablo de esa deuda que se contrata y cuando llega el vencimiento se paga, o se prorroga, sino de esa espiral de deuda en virtud de la cual una operación se apalanca cinco veces y sirve para contratar más deuda. Desde luego, en el futuro inmediato, esa facilidad de conseguir créditos va a desaparecer. Los grandes prestamistas nacionales e internacionales ya no concederán créditos sólo en virtud de grandes planes o de éxitos recientes: el viejo colmillo del banquero volverá a imponerse a las brillantes presentaciones de power- point repletas de términos y siglas en inglés. unque sólo sea por este endurecimiento del crédito, el otoño caliente está asegurado. Lo que resulta imposible saber es si el previsto regreso a la cordura será suficiente para reparar los estropicios y evitar que se repitan. El mal ha llegado muy al centro del sistema y esas patologías profundas son difíciles de curar y nadie puede descartar las recaídas. El peor supuesto a partir de ahora consistiría en que todos los sectores de la brillante industria financiera desarrollada estos años de bajos tipos de interés estuvieran tan frívolamente apalancados como las hipotecas subprime o las Bolsas continuaran su senda bajista, con lo que las acciones prestadas como fianza de créditos gigantescos perderían la mitad de su valor. Con todo, si como advirtió Keynes, el sistema bancario mundial funciona con unos kilos de dinero y toneladas de confianza, la pregunta es casi de naturaleza psicológica: ¿Cuál es su estado de ánimo respecto del futuro? En el resultado de esas imposibles votaciones se encuentra la clave del futuro económico inmediato. Si a la hora de la verdad la mayoría de los agentes se apunta al aquí no pasa nada y actúa conforme a ese criterio, resultará que, efectivamente, la tormenta del verano se quedó a fin de cuentas en una borrasca pasajera. En caso contrario, los tiempos por venir resultarán difíciles no sólo para el sistema financiero, sino también para la economía real. A S JOSÉ MARÍA GARCÍA- HOZ Periodista