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72 40 VISIONES VIERNES 17- -8- -2007 ABC BELLEZA A CONTRAPLANO CHIPS DE VERANO José Manuel Nieves ORSON WELLES, EL CANÍBAL AUSENTE Caso: El tercer hombre Acusado: Carol Reed. Cómplices: Joseph Cotten, Orson Welles, Alida Valli, Trevor Howard y Bernard Lee. Estados Unidos, 1949. A iluminarse Teresa de la Cierva Marta Barroso Subir en un ascensor mal iluminado y con un gran espejo puede ser causa más que justificada de un terrible ataque de nervios. El reflejo de tu imagen se convierte de repente en algo aterrador y las arrugas, las manchas, los poros abiertos o el tono apagado de la piel, en testigos directos del estado de tu rostro. No tienes ninguna duda: la luz de ese ascensor ha sido maquinada por alguna mente maquiavélica poco amiga de las mujeres. ¡Qué exageradas! pensarán algunos. Pues no contestamos con rotundidad. Nos lo comentaron ayer varias vecinas de playa que habían compartido cena- -y ascensor- -en la misma casa. Al mirarse al espejo descubrieron esas imperfecciones acentuadas, probablemente, por la exposición al sol. Para devolver a la piel el esplendor perdido, pruebe El Iluminador (Radiant Infusión) de La Mer (99 un tratamiento de choque para pieles apagadas. ¿Su objetivo? Estimular la piel para que aparezca más luminosa, fresca, sana y con los poros más afinados. Se aplica por la mañana y por la noche tras tonificar la piel y antes de la crema hidratante y su textura en gel- -que se convierte en líquido al contacto con los dedos- -proporciona una agradable sensación de frescor. Si quiere tener buena cara, ya sabe. A iluminarse. Federico Marín Bellón El Nokia que no se ahogó contra el Motorola que cayó del caballo Con esto de las nuevas tecnologías, no se vayan a creer, también vale eso de ya no se hacen las cosas como antes Y da igual que nos quieran meter en el bolsillo cada vez más adelantos, que no se trata de eso... Me recordaba ayer mi amigo Miguel, en plena euforia nostálgica, lo que le pasó una vez con su viejo Nokia 2110. Visto desde hoy, un auténtico y enorme zapatófono con antena extraíble y todo. Pues bien, el bueno de Miguel, persiguiendo a su hijo en la playa, se metió al agua sin darse cuenta de que llevaba el móvil en el bolsillo. Cuando salió, claro, el teléfono no daba señales de vida. Pero él, ni corto ni perezoso, lo echó a la bolsa y nada más llegar a casa lo metió, a chorro, bajo el grifo, para quitarle la sal Lo dejó después un día entero al sol. Y luego lo encendió. Como el primer día decía orgulloso. Le contesté yo con otra parecida, pero con un StarTac de Motorola, de la era analógica, cuando ni siquiera se había inventado el SMS. El caso es que, montando a caballo, se me cayó del bolsillo al suelo. Rebotó por lo menos cinco veces sobre la dura piedra, y salió disparada una parte hacia cada lado. Fui a recoger los pedazos, los junté y lo encendí. Funcionaba. En ese tipo de pruebas quiero yo ver a los móviles de hoy... s tan difícil encontrar un solo defecto en esta obra maestra del británico Carol Reed que lo primero que hicieron los críticos fue poner en duda su autoría. Director de títulos tan estupendos como Larga es la noche El ídolo caído Oliver El tormento y el éxtasis y Trapecio Reed era hijo ilegítimo de un conocido actor y empresario que le cogió cariño a la chacha, con perdón, por lo que la sensación de que algo suyo no le pertenecía del todo no era nueva para él. Por si su currículum no basta para avalar el logro, el productor David O. Selznick le encargó el guión a Graham Greene, que fue ayudado por Alexander Korda, mientras Anton Karas tocaba la cítara más famosa de la historia y Robert Krasner lo fotografiaba todo en un memorable blanco y negro. Con todo, en cuanto Orson Welles asoma el careto, el resto del universo desaparece e incluso el gran Joseph Cotten queda eclipsado. Incluso la frase más famosa de la cinta no es de los guionistas, sino que la sube a la noria el protagonista (y para muchos director) en la sombra: En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonar- E Welles, para muchos director en la sombra de El tercer hombre hubo algo de suerte. La magistral dosificación de sus apariciones obedece en gran parte a que en esa misma época estaba rodando otra película, lo que obligó a sustituirlo en muchas escenas por un doble, por lo general Guy Hamilton, ayudante de Reed que acabaría firmando algunas películas de James Bond. Las famosas manos que asoman por la alcantarilla en la persecución final pertenecen al propio Carol Reed, a quien sólo podemos acusar de inocente, valga la contradicción: él sí sustituyó a Welles como actor y sin embargo ha dejado que la historia y la leyenda lo consideren un director de paja. A la hoguera con él. Carol Reed se deja robar por un actor faltón, secundario y muy cuco do da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz. Y ¿qué nos dejaron? el reloj de cuco En realidad, el invento procede de la Selva Negra alemana, aunque más caro le salió a Orson Welles otro error al preferir un sueldo fijo a la oferta de un porcentaje sobre los beneficios. Sobre el modo en que el genio se come a todos, también