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56 40 FOTOBLOG JUEVES 16- -8- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Lígia Borges Profesora de portugués Los horarios de las comidas me parecen de locos De Oporto, como el buen vino, llegó esta portuguesa viajera LUIS MIGUEL GÓMEZ MADRID. Como vecinos de los de toda la vida, con sus más y sus menos, pero en el fondo se llevan bien. España y Portugal, tan cerca y, en ocasiones, tan lejos. Lígia Vânia Borges llegó a nuestro país en 2004 como lectora del Instituto Camões- -el Cervantes de la lengua lusa- -en la Universidad de Extremadura. Nunca había vivido en España, pero era un país que visitaba con frecuencia. La imagen generalizada de los españoles en Portugal es que son un pueblo muy alegre Se adaptó con facilidad, aunque a los horarios no tanto. Los horarios de las comidas me parecen de locos. Comer a las tres de la tarde o cenar a las diez es impensable en mi país De España le llama la atención la variedad de paisajes, de formas, de ciudades. Y la división administrativa: En Portugal no tenemos comunidades autónomas. Sólo las islas Azores y Madeira gozan de cierta autonomía Se siente motivada en su trabajo como profesora de portugués. Cuando llegué a Extremadura me encontré con mucha gente que estudiaba el idioma o estaba interesada en hacerlo. Aquí es importante para conseguir un buen currículum. Extremadura y Galicia son los lugares de España que más se interesan por Portugal, por su idioma y su cultura Según Lígia, es una muestra de que las relaciones entre ambos países mejoran cada día. En el ámbito cultural el conocimiento ha sido lento, pero crece fuerte en muchos ámbitos ¿Piensa quedarse en España? He vivido en Portugal, Inglaterra, México y ahora España. En cuanto acabe mi contrato con la Universidad, pienso cambiar de país. Aún no tengo destino fijo REUTERS Una escocesa hace su agosto tras tocarle 35 millones de euros Angela Kelly ha pasado a engrosar la lista de los multimillonarios, y es que esta escocesa ha resultado ser la última ganadora del codiciado premio del Euromillón. A pesar de que el resultado de la combinación ganadora fue revelado el viernes, Angela no fue consciente hasta el lunes de ser la poseedora de la vertiginosa cifra de 35 millones de euros. En la imagen, Angela muestra orgullosa, en una rueda de prensa en Escocia, el cheque que la hace dueña del dinero. Durante su comparecencia, aseguró que no volverá a trabajar y que pretende cambiar el apartamento que tiene por un chalet de lujo en Italia Fernando Castro Flórez La mujer- medicina igo atrapado por la magia sublime de los navajos, esto es, por la inmensidad de sus paisajes desérticos y luminosos. Con el dolor de cuello que arrastro desde hace un mes me ha parecido adecuado buscar un hombre- medicina, uno de esos curanderos locales que están rodeados por el misterio y el respeto. Caparrós me contó que su hermana primero y, años después, él mismo se pusieron en manos de una mujer de capacidades chamánicas. Si mi buen amigo quiso aliviarse de la almorranas, lo que a mí me tiene sometido es una jaqueca monumental y una sensación de que me atravesaran dos cuchillos por detrás de la yugu- S lar. Puede que tenga que ver con el frío, aunque parezca raro en estas tierras secas, que he pasado algunas noches o, sencillamente, es que el cuerpo anhela regresar a la almohada matrimonial. Iniciamos reuniones parlamentarias de toda índole para conseguir que nos atienda la venerable señora de marras pero está tan ocupada que nos pide que vayamos a un poblado a unas veinte millas para que nos saque todos los males una prima suya que tiene no menos años y poderes. Aunque pregunto unas diez veces el nombre de la curandera, no soy capaz de entender lo que me dicen, podría llamarse tupacaluc o semouluté sin que tampoco pueda excluirse que en esas palabras atropelladas estuvieran fijando sus honorarios o pidiéndonos que hicieramos una devota genuflexión. Somos introducidos en una caseta que es el colmo de lo maloliente. La humareda que han formado impide que se vea nada salvo una fotografía de uno que parece Sean Connery. Por los canturreos y toques de tambor deberían estar instalados, desde tiempos inmemoriales, en ese cubículo por lo menos otros dos fulanos aunque no se les veía de tan primorosamente camuflados como estaban. La anciana tiró de mis jarapales y yo, con cierta preocupación, me quité la camisa. Con precipitación me obligó a tumbarme en el suelo, que era pura tierra. Con una pluma descompuesta acumulaba toda la cantidad que podía de humo sobre mis lomos. Yo señalaba insistentemente al cuello para hacerle saber la razón por la que me encontraba en tan indecoro- sa posición. Sentí cómo me pegaba un toque seco, al que podría calificarse de criminal, en la calvorota. Pude ver que tenía en la mano un pedrusco. La cosa se ponía feísima. Ya recibí en Bangkok un masaje a traición (me dolía un pie y me dieron palos en todo el cuerpo) del que tardé en recuperarme un año. Decidí por mi cuenta y riesgo poner fin a las operaciones étnico- medicinales, aunque antes tuve que contemplar cómo aquella abuela liaba una cigarro que era el padre de todos los canutos. Lo chupeteó por todas partes, con una perfección abyecta, y, una vez encendido, me lo ofreció con un ademán enérgico. Aquello sabía, como era de esperar, a rayos. Soltamos dólares como si fuéramos el premio gordo de una máquina de Las Vegas y salimos a la carrera. Caparrós se reía con recochineo. No le pegué una patada en el culo por respeto a sus antiguas dolencias. Larga vida a la Seguridad Social.