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66 40 GRANDES CASOS MARTES 14- -8- -2007 ABC Anabel Segura El siniestro negocio de unos asesinos El 12 de abril de 1993 Anabel Segura era secuestrada en La Moraleja (Madrid) por Emilio Muñoz Guadix y Cándido Ortiz Añón. A partir de ese momento comenzó una investigación policial sin precedentes en España CRUZ MORCILLO PABLO MUÑOZ a mañana del 6 de octubre de 1995 los accesos al cementerio de Nuestra Señora de la Paz de El Soto de La Moraleja, en Alcobendas, estaban tomados por los medios de comunicación. Ese día, por fin, los restos mortales de Anabel Segura, de 22 años, iban a descansar en paz, tras el secuestro y asesinato del que había sido víctima dos años y medio antes. A mediodía la comitiva enfilaba la puerta. El silencio era absoluto, demoledor. En primera fila, los padres y la hermana de Anabel, destrozados, seguían el féretro acompañados sólo por familiares y otros allegados. Entre estos últimos, al fondo, en un discreto pero elocuente segundo plano, los policías que durante todo ese tiempo habían trabajado en el caso. En el rostro de los bragados investigadores también se podía apreciar la emoción. Para ellos éste no había sido un trabajo más. La compenetración con la familia había sido total. Aún hoy los lazos se mantienen. Todo había comenzado a primeros de abril de 1993, con una conversación de barra entre dos conocidos, Emilio Muñoz, repartidor en paro, y Cándido Ortiz, fontanero, que por aquella época arrastraban problemas económicos. En la relación entre ambos el primero siempre había llevado la voz cantante, mientras que Candi, un tipo de ademanes educados pero escasa voluntad, se limitaba a asentir y a hacer lo que le pedía su amigo. Así sucedió de nuevo esta vez con la propuesta que Emilio le presentaba. El plan era rudimentario: al mediodía irían a La Moraleja- todos los que viven allí, por la zona del Camino Viejo, tienen mucho dinero le explicó a su compinche- cogerían a la primera chica que vieran por la calle, exigirían a su familia el pago de un suculento rescate y en sólo unas horas, tras recoger el dinero, la soltarían. Aparentemente, un negocio limpio y sin riesgos. El 12 de abril Anabel Segura, de 22 años, salió de su casa de La Moraleja para hacer footing Vestida con ropa deportiva y con un walkman para amenizar la carrera, la joven estudiante de Empresariales ni siquiera se percató de que una furgoneta blanca acababa de superarla y paraba unos metros delante de ella, justo ante el Colegio Escandinavo. La calle estaba desierta, pues se trataba de un día festivo. Del vehículo salió un hombre corpulento que abordó a la chica, quien opuso seria resistencia. Los gritos de Anabel alertaron a un jardinero del centro escolar, que por casualidad trabajaba ese día. Salió a la calle y vio cómo se alejaba una furgoneta. Sólo pudo fijarse en que era blanca. No llevaba las gafas. El empleado avisó de inmediato a la Policía. En aquellos primeros momentos no se descartaba ninguna hipótesis- -incluso una fuga voluntaria, aprovechando que los padres de la joven estaban fuera de Madrid- pero cada minuto que pasaba quedaba más claro que la hipótesis principal era que se habían llevado a la muchacha a la fuerza. Además, en el lugar apareció la parte superior del chándal y el walkman de Anabel, que perdió en el forcejeo con los captores. Candi iba al volante de la furgoneta, mientras que Emilio se colocó detrás junto a Anabel para exigirle información sobre su familia. En ese momento, los secuestradores recibieron su primer jarro de agua fría: la joven les dijo que sus padres estaban fuera, por lo que ese día no podrían hablar con ellos. La inexperiencia de Candi y Emilio, unida a su falta de escrúpulos, fue el peor enemigo de Anabel. No habían previsto esta circunstancia, no tenían infraestructura para mantener un secuestro durante días. Había otro problema: la víctima les había visto la cara y si la soltaban podía denunciarles. Durante seis horas, en las que los tres circularon por carreteras de Madrid, Ávila, Segovia y Toledo, todos esos inconvenientes atormentaron la mente de los secuestradores, cada vez más nerviosos. Posiblemente la joven se dio cuenta y trató de escapar. L Era un día festivo El asesinato El estudio de la cinta enviada por los criminales a la familia de Anabel reveló un dato de interés. Muy al fondo se oía la voz de unos niños. Por tanto, quien la grabó tenía una vida bastante normalizada En junio de 2005 un comunicante dio el nombre del sospechoso. Cuando se grabó su voz, un jefe policial que trabajó desde el primer día en el caso supo de inmediato que era el asesino. En septiembre fue detenido A la caída de la tarde la furgoneta enfila la carretera que conduce a Numancia de la Sagra (Toledo) Saben que allí había una fábrica de cerámica abandonada y piensan que puede ser un buen escondite para unas horas. Pero de nuevo les puede el nerviosismo y la brutalidad. Emilio decide que aquello se acabó y mata a Anabel, agarrándola de forma cobarde por el cuello, desde atrás. Luego, los dos se deshacen del cadáver arrojándolo a una fosa que hay en el inmueble en ruinas. Tras el crimen, vuelven a su casa; el fontanero, a Escalona, y su amigo, a Pantoja, donde cena, como si nada hubiera pasado, con su mujer, Felisa, y sus hijos. A las 8 de la tarde del 14 de abril los secuestradores; en rea- lidad los asesinos, llaman a la familia para exigir 150 millones de pesetas (900.000 euros) de rescate. El suceso ya ha trascendido a los medios de comunicación, la conmoción es enorme y la Brigada Provincial de Policía Judicial de Madrid está volcada en las investigaciones. No teníamos prácticamente nada recuerda el jefe policial que llevó el caso desde el primer día. Sólo una furgoneta blanca, de la que no sabíamos ni marca ni modelo y algo fundamental en este tipo de casos: el apoyo de la familia, ejemplar en todo momento, que a pesar de la angustia confió en nosotros siempre Pero ningún dato operativo. No sólo había una casi total ausencia de pistas. El caso caló de tal forma en la sociedad que la presión con la que trabajaban los investigadores era enorme: En la brigada se recibían llamadas del entonces presidente del Gobierno, Felipe González, que quería informarse en persona- -recuerda el citado policía- El comisario jefe de entonces apenas dormía. Comprobábamos hasta lo que decían los videntes. El ritmo de trabajo