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66 40 TIRIOS Y TROYANOS BAJOS FONDOS LUNES 13- -8- -2007 ABC ALTOS VUELOS PLANTANDO CARA La afición por tirar afotos dejó atrás el arte del retrato, de la misma manera que, un buen día, Elvis dejó de menear las caderas buen día, Elvis dejó de menear las caderas y se dedicó a inflar la castaña prostática. Desde aquel momento nadie estaría a salvo de la posteridad, y menos aún llegado el verano. Un sinfín de sabores y colores que incluía afotos en el retrete, bostezando o con los ojos pegados de legañas. Y como aquí hay gente pa tó, los más osados se las tiraban en un bodorrio por Las Vegas y con el mismísimo Elvis oficiando el casamiento. Toda una ceremonia que, bien mirada, viene a ser como ir a tomar baños de asiento a la playa de Parla y, de paso, hacerse unos afotos AYER MI CASA TUVO UN ORGASMITO Muchas experiencias no pueden fotografiarse. Y las emociones, ni una. ¿Quién tiene la foto del terremoto de ayer? nálisis. Ahora la película se ha convertido en una antigualla, pero las fotografías siguen siendo esa palanca de saldo con la que cualquiera puede maniobrar por los vericuetos de la memoria. Hay otras, desde luego, pero de consecuencias imprevistas: a Proust se le ocurrió mentar algo tan accidental como el sabor de una magdalena y ya no paró de escribir hasta que murió: siete novelas. Para quien no quiera cambiar de vida, es más seguro el recurso a una fotografía. No por lo que se ve en ella, sino por lo que permite evocar. Uno sabe qué quedó fuera y cómo se sentía en aquel momento, pese a estar sonriendo. Se trata de un ameno pasatiempo que, no obstante, conviene reservar para la intimidad. De lo contrario corre uno el riesgo de convertirse en el enseñador incesante de fotos, sin percatarse de que la parentela no puede recrear en una misma tarde el verano en el camping de Oliva, la luna de miel en Cancún y la escapada a Madeira, porque no lo vivió. Y se aburre. También hay que tomar la cautela de no fiar el recuerdo sólo a las imágenes, porque muchas experiencias no pueden fotografiarse. Y las emociones, ni una. ¿Quién tiene la foto del terremoto de ayer? Nadie. No me refiero a la de sus estragos, si los hubiera habido, sino a las sensaciones que provocó el instante. Esa imagen no existe, pero se puede dibujar con palabras y a eso voy. A la hora en que Epicentro y sus compinches actuaban cerca de Pedro Muñoz, esta cronista se encontraba en su mesa de trabajo en un piso alto del Este de Madrid. De repente vibraron las paredes y el suelo, y las ventanas parecieron salirse del marco: literalmente se desquiciaron. Todo se agitó unos segundos, y aunque ocurrió suavemente, resultó de una violencia inquietante, más desazonadora aún por la sordina. Parecía que la casa estuviera sintiendo la sacudida de un orgasmo incipiente, algo tan inverosímil que sólo podía ir seguido de un cataclismo desconocido. Al final la cosa fue breve y quedó en orgasmito: se ve que Atlas no agarró bien a la Tierra. Eso, o que cuando la tenía cogida por donde debía se movió una placa tectónica y se les fue el plan al garete. El de ayer fue, lo confieso, mi primer terremoto y mi momento Juan sin Miedo. Ahora sé que el pánico no es un estado de nervios sino una certeza: está ocurriendo algo muy peligroso y no sé qué es. Y sí, una voz te dice: Sal corriendo Pero como en casa el negociado de instintos lo lleva la perra, y seguía dormitando bajo la mesa, pensé que era mejor no perder la compostura. Lo clavó: 5,1 grados Richter, o sea, nada. En todo caso, si hubiera tenido que huir con lo puesto, me habría vestido con mis álbumes de fotos y algunos cuadernos. Porque en la peor hipótesis- -que tu casa se desintegre y sólo queden los escombros- se hace cierta la afirmación de Bierce: Los recuerdos son el mayor lujo de los desafortunados Para todo lo demás, Mastercard. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora l gusto por retratarse con una cámara de fotos viene de antiguo. Sin ir más lejos, a los de la torería y el flamenqueo, como que les iba un rato el asunto. A principios del siglo veinte, era cosa fina lo de plantar cara a la posteridad y dejarla estampada para los restos. Por lo mismo, la gente del bronce, al ser gente instruida en toda suerte de artes, también llevó a gala lo del posado. Así, y como quien dice, lo sacaron del barro y lo pusieron por las estrellas. Para ello se endomingaban a más no poder, marcándose una raya y un tupé que ríete tú del Elvis Presley. Y, cogiendo la postura bravucona, demostraban que, sacar un buen retrato no es cosa sencilla, y que el asunto requiere ceremonia. El capricho costaba unos cuartos pero, ya se sabe, a ciento de renta, mil de vanidad. Pues eso. Entonces eran otros tiempos, todavía no cantaba Elvis y la ciudad de Las Vegas era un desierto donde se podían enterrar cadáveres a buen seguro. Por nuestras tierras, las gentes del bronce se jugaban los cuartos al naipe y, según tocaban ganancias, así hacían la inversión. Los valores que se manejaban en aquel tiempo eran, además del tabaco, el vino y un buen afoto para camelar a las mujeres. La mirada siempre a cámara, desafiante, sosteniendo el aplomo en los ojos y la respiración en el pecho, inflándolo como una mentira. Llegado el momento, el fotógrafo desaparecía por la manga negra de la máquina y, pumba, de un fogonazo cogía el instante por los pelos. Después exponía su obra en el portal, como reclamo. Y se anunciaba con una flecha. Era otra época y, para retratarse, había que pedir cita. Por seguir en el túnel del tiempo veraniego, cabe aquí alcanzar los tiempos de Elvis, aquel ídolo de barro que se inflaba con pastillas y mentiras de garrafa. En estas fechas se conmemora su última orgía, y su cadáver viene al pelo para evocar aquí los primeros afotos a color, antes de que empezara el declive. Y como no crece el río con agua limpia, y llegado el desarrollismo a nuestra tierra, el asunto del retrato fotográfico fue perdiendo disposición artística para embarrarse, convirtiéndose en el embrión de lo que es ahora. Al igual que pasaba con los relojes y los transistores, las máquinas de tirar afotos también se traían de Canarias. Y así aparecía la peña en verano, con la máquina colgada del pescuezo, al estilo de un Elvis a rebosar de collares hawaianos y cada vez más enfermo. En resumidas cuentas, que la afición por tirar afotos dejó atrás el arte del retrato, de la misma manera que, un E P or ayudar a los recuerdos a sortear los obstáculos, ideó George Kodak el carrete para la máquina del obrero desmemoriado, porque no todo el mundo puede pagarse una terapia de psicoa- Para esta joven, una cámara no es suficiente y se cuelga tres del cuello AFP