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ABC DOMINGO 12- -8- -2007 VISIONES 40 95 BELLEZA Teresa de la Cierva Marta Barroso Sudor y lágrimas Molesto, antiestético y absolutamente inoportuno. Así se presenta el sudor, ese líquido transparente y salado que se empeña en convertirse en el más fiel compañero de los días de verano. Qué pesado... Por la mañana, por la tarde, por la noche. En la playa, cuando haces ejercicio o en plena salida nocturna. Da igual. Siempre. Ahí está, omnipresente, dispuesto a aparecer en cualquier momento, cuando menos te lo esperas, cuando menos lo deseas. Qué desagradable, la verdad pero... mal de muchos consuelo de todos. Ya lo hemos dicho alguna vez, el que esté libre de sudor que tire la primera piedra; sudar, sudamos todos. No hay humano- -ni mamífero, por cierto- -que se libre de las glándulas sudoríparas de la piel, encargadas de segregar el sudor. Concretamente los humanos poseemos entre dos y cinco millones de glándulas ecrinas que enfrían el cuerpo eliminando el calor mediante la evaporación del sudor. De éstas, en el área axilar, hay unas veinticinco mil. Ahí es nada. Y también tenemos otras, las llamadas apocrinas, que se encargan de reaccionar con las emociones y son culpables del mal olor ya que producen una secreción que se descompone en la superficie de la piel por la acción de las bacterias. Un momento de pánico, de estrés o de vergüenza es suficiente para que se ponga en marcha la transpiración. En fin... Con lo cual, y con los datos en la mano, nada de tirarse el rollo. Eso de yo no sudo es falso (además de una cursilería) La biología manda. Otra cosa es que unos suden menos y otros más. En cualquier caso, higiene obligada. Sobra decirlo pensarán algunos. Pues no, no se crean. La ducha diaria con agua y jabón es básica para mantener la piel en óptimas condiciones y sentirse limpios. Pero no suficiente, porque no elimina completamente la flora bacteriana. Hay que contar con el apoyo de los desodorantes- -con agentes bacterianos que evitan que proliferen las bacterias culpables del mal olor aunque no impiden la transpiración natural de la piel y los transpirantes- -que si controlan la aparición de humedad. Entre los primeros- -hay tantos que imposible nombrar a todos- -están los de Klorane, Dove, Lactovit, Roc, Rexona (primera marca que tiene específicos para las adolescentes, los Rexona Girl) Axe (sólo para hombres) Heno de Pravia (renovados este año) etcétera. Y entre los segundos, un clásico, Pespirex, que se puede encontrar para la sudoración excesiva en las axilas o para la transpiración excesiva de pies y manos. Los pescaderos japoneses atienden en Ameyoko, una de las calles más concurridas de Tokio LAURA CASIELLES Viejos mercaderes En Japón es fácil disfrutar de la amabilidad de un pueblo que, sin necesidad de mostrarse íntimo (un japonés jamás se permitiría ciertas actitudes con un extraño) logra, gracias a su profundísimo sentido de la cortesía, que el visitante se sienta protegido RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN TOKIO. Muchas son las cosas que sorprenden al viajero en su periplo por Tokio. Unas, cercanas al alborozo, como observar la labor de punto que adorna la tapicería de los impecables taxis de la ciudad, descubrir los justamente famosos mihon, falsos platos de resina en los que se reproduce, a menudo con detalle hiperrealista, la comida que los restaurantes ofrecen puertas adentro, o admirar los ramilletes de lolitas que, inverosímilmente vestidas (polo universitario, minifalda de vértigo, medias hasta el muslo en pleno agosto y zapatos de plataforma) regalan la sensación de estar asistiendo a la hora del carnaval en un kindergarten a la vez que se goza de una epifanía nabokoviana con ojos rasgados; otras, dignas de asombro, como levantar la vista hacia los rascacielos del sofisticado y elegantísimo barrio de Marunouchi, algunos de ellos erigidos sobre la fábrica en ladrillo de construcciones del siglo XIX, gustar del talento para la belleza de sus diseñadores de jardines, visionarios que, allá por los días de Edo o bajo la férula de los poderosos Tokugawa, hicieron de Japón uno de los lugares más hermosos del planeta, o, por descontado, disfrutar de la amabilidad y educación de un pueblo que, sin necesidad de mostrarse íntimo (un japonés jamás se permitiría ciertas actitudes o gestos con un extraño) logra, gracias a su profundísimo sentido de la cortesía, que el visitante se sienta protegido ante cualquier eventualidad. Aunque sin duda uno de los grandes espectáculos de la metrópoli lo constituyen sus mercados. Al fin y al cabo, Japón es Oriente (Tokio significa la capital del Este y como en la España fenicia, también aquí estamos entre viejos, muy viejos comerciantes. En Asakusa, la Nakamise dori, vía de acceso al templo de Senso ji, sirve al viajero de pórtico al festín de espiritualidad (y de consumo, cómo no, pues igual que en la Fátima o la Chestojowa católicas, dinero y religión no se hacen ascos) que le aguarda salvadas las abigarradas tiendas donde cabe buena parte del ingenio humano en forma de objetos de papelería, pintura y caligrafía, útiles de alimentación, juguetes, joyas y vestuario. Aún más fascinante, ya que a él acuden menos turistas y el mercado posee un sabor y un color decisivamente locales, resulta Ameyoko, en el barrio de Ueno, la llanura de los cerezos, lugar de llegada de todo provinciano que peregrina a Tokio. Corazón del mercado negro tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Ameyoko es una apretada retícula de callejuelas a las que pone música el paso cercano (y constante) del ferrocarril. Pescado fresquísimo, frutas multicolores, verduras saladas y un sinfín de especies de algas se dan cita en un bullicio al cual los tokiotas acuden en masa durante el Shogatsu (los tres primeros días del Año Nuevo) y en el que, a medida que la tarde declina, los precios también lo hacen para consuelo y tentación del turista. El encanto de lo local Los efectos de una excesiva sudoración en la piel ABC