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80 40 FOTOBLOG DOMINGO 12- -8- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Rodrigo Fernández Consultor Me gustan los españoles: no son unos conformistas Argentina y España: los padres se marcharon, los hijos regresan LUIS MIGUEL GÓMEZ MADRID. Dice que ha perdido el acento, que lo dejó en la Argentina, como dejó otras tantas cosas que hoy echa en falta. Durante unos momentos eso parece. Pero el recuerdo de su tierra aviva sentimientos, aviva un español de allá, y a medida que la conversación avanza él sesea y se emociona. A Rodrigo Fernández, España no le es extraña. La historia de su vida la hemos visto en muchas películas argentinas de los últimos años. Hijo de padre español, llegó a nuestro país en 2002, en plena crisis argentina, cuando en las calles bonaerenses se escuchaba aún el ruido de las caceroladas y el corralito hacía estragos entre la clase media. Vine con la idea de estudiar, hacer un máster e intentar buscar trabajo. España me ofrecía oportunidades mientras Argentina se hundía Así fue, y hoy trabaja como consultor en Deloitte. Reconoce que con los argentinos no hay prejuicios. Nos tratan muy bien, demasiado bien. La prueba es que voy a casarme con una española En su opinión, España y Argentina son muy semejantes: la cultura, el carácter abierto, las ganas de fiesta aunque aquí más Lo que más le gusta de los españoles es que no se conforman, luchan por lo que creen suyo. Aquí se protesta más. Son muy contestatarios, se quejan mucho, y eso es bueno Regresa a su país siempre que puede, al menos una vez al año. Echa de menos a su familia, a los amigos y un buen asado argentino De momento no tiene pensando volver. Habría que convencer a mi novia, y no está por la labor. Mucho habría que trabajarlo En definitiva, él se siente muy a gusto, si no, no me hubiera quedado estos años AP Marian Álvarez, premiada en el Festival de Locarno por Lo mejor de mí La joven actriz Marian Álvarez, coprotagonista del filme Lo mejor de mí de la directora catalana Roser Aguilar, obtuvo ayer el Leopardo a la Mejor Actriz en la sexagésima edición del Festival de Cine de Locarno. La ópera prima de Aguilar no pudo, sin embargo, hacerse con el máximo galardón, el Leopardo de Oro, que fue para el filme japonés Ai No Yokan (Presentimiento de amor) del director Masahiro Kobayashi. Lo mejor de mí había recibido una muy buena acogida por parte de la crítica. También competía en el Festival de Locarno otro filme español, Ladrones de Jaime Marqués Fernando Castro Flórez Director de museo uiero ser director de museo. Me da igual que sea de arte contemporáneo o del jamón de pata negra, pero necesito una tarjeta de visita en la que ponga mi nombre con todas sus letras y debajo Director plenipotenciario del Museo No quiero zarandajas de curator, gerente o asesor. Todo eso son chorradas y paños calientes. Lo que me tiene sin dormir es que ningún concejal, consejero de cultura o asesor del Ministerio se acuerda de mí, con el currículum que me he labrado, para cubrir el puesto que, no exagero, me corresponde. Hace poco nombraron responsable de catering para Q eventos expositivos de la Sociedad Estatal de cuyo adjetivo no quiero acordarme al primo segundo de la ex cuñada de uno que estuvo al frente de asuntos culturales overseas. La infamia y la desvergüenza se acumulan hasta tocar el cielo como aquellas ruinas que contemplara el ángel de Paul Klee, según la archicitada meditación benjaminiana, al volver la cabeza. Soporto como puedo, desde hace un mes, una tortícolis que me impide esa mirada retrospectiva. Afortunadamente. Me han comunicado, off the record, que la Asociación Española de Directores de Museo no quiere, bajo ningún con- cepto, contar conmigo. Han comenzado a picarse antes de comer los ajos que pensaba regalarles para que espantaran a las legiones vampíricas. Porque nunca pensé en ser jefazo del arte en los secarrales mesetarios ni tengo el glamour adecuado para propagar, en fiestas rave y desfiles en tanga, la buena nueva del arte post- pop en Soria o en la playa de Torrevieja. Si me postulo, descaradamente, para un cargo es para el de mandatario supremo del Museo de la Route 66. Ese espacio no puede ser superado por ninguna Kunsthalle, Casa de Cultura o kindergarten estetizado. Todos mis sueños y estratagemas, las horas de autopromoción perdidas y las críticas escritas en plan trepa, han encontrado su axis mundi. En el 2229 de Gary Boulevard en Clinton (Oklahoma) están mis futuros dominios. En una especie de escaparate gigantesco tienen un Chevrolet del 57 rodeado por los escudos de la histórica ruta. No ha- ce falta meter más cosas, aunque en este templo de cartón piedra también tienen unas camisetas que reiteran el logotipo, relojes que no ocultan su condición de verdaderas patatas y pegatinas a diestro y siniestro. El display, no lo niego, es cutre pero no peor que todo lo que con una retórica críptica han colocado este verano en la Documenta de Kassel. Por lo menos en estos andurriales creen todavía en la experiencia histórica aunque ésta se reduzca a la de unos automovilistas sudorosos o unos moteros greñosos enfundados en cuero negro. No me he andado con rodeos y he interpelado al director actual y próximamente cesante de este mágico museo: ¿Has ganado, como mandan las buenas prácticas, este cargo por concurso o eres uno más de los malvados directores de la dedocracia? Con cara de flipe, Pat Smith, que así se llama este impostor, me ha contestado algo así como so what? Le quedan dos telediarios.