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ABC SÁBADO 11- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 73 ALTOS VUELOS EL CIELO POR SOMBRERO Durante muchas noches el cine de verano fue mi patria, algo semejante a un territorio abierto al cielo donde nada echaba en falta sujeto y lo pone tan próximo como Juan Ramón nos puso a Platero, valga la comparación borrica. El mirón disfruta con el movimiento y, ya puestos, mirones somos todos cuando el meneo de la carne llama la atención. Y más aún en verano, época libertina, donde uno puede extender la pierna sin temor a que se salga de la sábana. Así pues, aunque ya no trabaje la Sandra Mozarowsky, ni la Ágata Lys, ni la Susana Estrada, ni tampoco su prima, y aunque ahora en las películas el bandido vaya en carreta y la justicia a caballo, lo del cine de verano es de las pocas cosas, junto con las pipas y leer a Juan Ramón, que hacen del estío época de siembra. LOS CINES SON PARA EL INVIERNO En los cines de verano todo estaba metódicamente calculado para el suplicio, porque la película, además de no verse, tampoco se oía de hierro, mal soldadas, con vértices cortantes puntillas salientes, y de pintura desconchada. La silla mordía cuando te sentabas. Y como las madres mandaban levantarse el vestido para que no se nos manchara, te quedabas ahí, dolorosamente reclinada sobre una cochambre de óxido, palpándola con los muslos, pensando que ni la mejor vacuna del tétanos te salvaría de la muerte segura. Podría haber ocurrido que la película distrajera aquellos pensamientos tormentosos. Podría, en el caso de que hubiera visto alguna película, cosa que nunca conseguí porque siempre se sentaba delante alguien más grande que yo, y allí no había alzas de asientos para niños. En los cines de invierno esto se solucionaba dejando cerrada la butaca y sentándose encima, algo que no se podía hacer en los de verano, porque no había butaca, sino potro de tortura, como ha quedado explicado. Además, en los cines de verano el suelo no estaba en rampa, aunque sí era perfectamente irregular: parecía que en vez de solar, los albañiles habían mordido el cemento. ¿Para qué? Para que las sillas cojearan y yo sintiera de nuevo la picana en cada vaivén. Todo estaba metódicamente calculado para el suplicio, porque la película, además de no verse, tampoco se oía. El sonido ya se había inventado, pero era de tan pésima calidad que por encima del tenue rumor de la voz de los actores se podía escuchar cualquier cosa: desde el regular runruneo del proyector hasta el desordenado jadeo de una pareja, pasando por los chasquidos de cada pipa pelada por aquella entrañable familia numerosa que diezmaba las cosechas de girasol. En el cine de verano lo de menos era la película; el verdadero pasatiempo colectivo lo constituían la conversación in situ a que daba pie o los chascarrillos que servía en bandeja al bufón local. No recuerdo ni una sola de las películas que no vi, pero sí con asombrosa claridad el momento de gloria del graciosillo del pueblo. Aquella noche en que la fortuna lo vino a ver, su botellín de cerveza cayó al suelo y se rompió con estrépito justo cuando el protagonista de la película, con gesto de pavor, decía: ¿Qué ha sido eso? Aquel hombre tan salao, tan rápido de reflejos, se puso en pie y contestó con voz tronante: Tranquilo. Es sólo un botellín El cine entero estalló en una sonora carcajada, mayor de las que yo oí nunca por algo sucedido en la pantalla. Aún debe de andar el chistoso contándolo por las esquinas en cada comunión de sus nietos. Comprenderán que desde aquel martirio deteste los cines de verano, pero soy consciente de que, con el material de ese trauma infantil, podría haber hecho La rosa púrpura del Cairo. Habría rentabilizado así mis llagas, magulladuras y arañazos. Aunque para eso, claro, se necesita el talento de Woody Allen. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora H oy toca ponerse tierno como solomillo, pues así lo pide el tema. Y coger la primera persona del singular y hacer con ella toda una declaración de principios. Y arrancar diciendo que, durante un buen número de noches, el cine de verano fue mi patria, algo semejante a un territorio abierto al cielo donde nada echaba en falta. Y entre cáscaras de pipa y pipas sin cáscara, servidor mamaba del pezón de la noche mientras la pantalla se llenaba de sobresaltos y tomate frito. Películas de terror y algo más que solía ser carne de hembra. Gracias a las fulanas y menganas de la época, un servidor aprendió que pone más la expectativa de la carne que la carne misma. Lección que pronto apliqué al rijoso oficio de la escritura. Cuando en la tapia del cine aparecía la Helga Liné, alemana de mirada fría y andares calientes, o esa otra, con nombre de queso eslavo, Mozarowsky, y que estaba como para deshacer los dientes, entonces servidor crecía unos centímetros. Por seguir con la del queso eslavo decir que era moza de cabello largo, suave y del mismo color que los azabaches de Platero, borrico célebre de nuestras letras. Luego estaba la carne patria, la de Amparo Muñoz, Sara Mora y las primas Estrada, capaces de levantar los manteles de una mesa camilla. Hay que recordar que una de estas primas, una vez siendo alcalde don Enrique Tierno y poniéndose cerca del cargo, dejó escapar un pezón que hirió la mirada del alcalde, haciéndole crecer unos centímetros. También contábamos con la Ágata Lys, una gachí que vestía la voz con humo de estraperlo, poniéndola al servicio de los iniciados. La citada era de Valladolid y lució pantaloncito untado a los muslos en lo del 1, 2,3... responda otra vez. No contenta, se había teñido el cabello de rubio por aquello de que las rubias gustan más, aunque, cuando se mostraba en cueros, su pelo era negro, suave y recortado en forma de corazón. Y para un servidor, que a lo más que había asistido era al pelo de Platero, aquello fue toda una revelación. En tales películas del cine de verano, fue donde aprendí que la mujer es igual al hombre, sólo que la barba le sale más abajo. Otro asunto de importancia, para este rijoso oficio, fue lo del movimiento, es decir, la acción. Al ser la acción esencia del drama, también lo es para la animación de la carne. Dicho por lo científico, el movimiento es lo que hace deseable el objeto, tanto es así que lo convierte en M is recuerdos del cine de verano se remontan al siglo pasado, a épocas en las que posiblemente España no hubiera ratificado aún la Convención contra la tortura y los tratos inhumanos, crueles o degradantes. De lo contrario, no se explica que estuvieran permitidas aquellas sillas verdes de láminas Una proyección al aire libre en la Piazza Grande de Locarno AFP