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72 40 RICOS SOLEMNES SÁBADO 11- -8- -2007 ABC Ingvar Kamprad, el creador de la conocida cadena de muebles IKEA EPA Ingvar Kamprad El hombre que amuebla el mundo ISABEL GUTIÉRREZ S ólo dejas de cometer errores mientras duermes. Esta frase a modo de aviso para emprendedores de diverso cuño, y consejo perfectamente cabal para todo el que tiene dos dedos de frente, dice mucho del talante de Ingvar Kamprad (Suecia, 1926) Condensa la filosofía de vida de alguien omnipresente en buena parte de los hogares del planeta (humildes o fastuosos, lo mismo da) y que, sin embargo, no cuadra con ese modelo que tantas veces imaginamos de hipermillonario infalible y manirroto. Tacaño agarrado roñoso Lo típico es que al fundador de IKEA le acompañe una colección de calificativos lanzados como dardos envenenados, justo desahogo contra quien tiene mucho y gasta poco. Imperdonable pecado. A Kamprad, sin embargo, todo ello le debe dejar bastante indiferente cuando se pronuncia al Instaló un bazar en su bicicleta y, casa por casa, proporcionaba a sus vecinos lo que necesitaban. En 1948 comenzó a incluir venta de muebles y, dos años más tarde, editó su primer catálogo respecto: La gente comenta que soy tacaño, pero me siento muy orgulloso de seguir las normas de nuestra empresa Predicar con el ejemplo, en ciertos casos, puede resultar mezquino. Y es que, a lo largo de su existencia, este anciano octogenario ha aplicado a su cotidiano la regla de la sencillez. Acaso la crianza en la granja Elmtaryd, en el pueblo de Agunnaryd, al sur de Suecia, le dejó la impronta de la austeridad a toda costa. Cuentan que nunca viaja en primera y que los hoteles de lujo le están vedados, que repone las botellas de agua del minibar con otras que compra más baratas, que usa el mismo escritorio desde hace décadas, que conduce sus coches hasta que se convierten en cacharros que ya no dan más de sí, que utiliza el transporte público con su tarjeta de la tercera edad y que su casa, por supuesto, está amueblada con artículos de la compañía que creó e hizo grande a base de vender muebles de diseño contemporáneo a bajo precio. El inicio de su historia empresarial se fecha en 1943, cuando fundó su sociedad (para el nombre, utilizó sus iniciales y las de la granja y el pueblo donde creció) con el poco dine- ro que había recibido de su padre como premio por sus buenos resultados en los estudios. La idea de ofrecer a los campesinos de la zona un batiburrillo de artículos (cajas de cerillas, bolígrafos, medias, billeteras, relojes, bisutería... no tenía nada de original; lo verdaderamente audaz era que, tras anunciarse en periódicos locales, instaló un bazar en su bicicleta y, casa por casa, iba proporcionando a sus vecinos lo que necesitaban y hasta lo que ni falta les hacía. En 1948 comenzó a incluir venta de muebles y, dos años más tarde, editó su primer catálogo. En 1953, organizó su primer salón de exposición. Y empezaron los problemas: el éxito fue tan sensacional, que el gremio de vendedores de mobiliario de Suecia comenzó a presionar a los fabricantes para que dejaran de suministrar a IKEA; incluso, la empresa llegó a estar fuera de las ferias nacionales más importantes del sector. Pero ante un tipo tan resuelto, la china en el zapato del sindicato del mueble se convirtió en una piedra en el camino. Y entre 1955 y 1958, sentó las bases de su despegue definitivo: diseño y fabricación propios, importación de materias primas del ex- terior, sobre todo de países asiáticos, y refugio en sus propios centros de exhibición. La apertura de tiendas fue en cadena. Aquél año del 58, en los bosques de Smoland se levantó el primer establecimiento. En 1963, rebasó las fronteras de Suecia para aterrizar en Noruega, concretamente en Oslo, y en 1965, inspirándose en la arquitectura del Guggenheim de Nueva York, dio un tremendo golpe de efecto con una macrotienda en Estocolmo. Aunque las enormes letras amarillas de IKEA ahora forman parte del paisaje urbano de cientos de ciudades de todo el mundo, la apertura de cada nueva sucursal es un acontecimiento. Y en alguna ocasión, bastante desafortunado. En 1998, tres personas murieron a las puertas de una tienda recién inaugurada en Yeda (Arabia Saudí) a causa de una avalancha humana: una multitud excitada esperaba recibir alguno de los regalos destinados a los primeros 250 clientes y de los codazos, se pasó al aplastamiento. Parece ser que a Ingvar Kamprad le hizo particularmente feliz el estreno de dos establecimiento en Moscú y San Petersburgo amueblar hogares rusos era uno de mis viejos sueños y que su gran ambición es la definitiva conquista de China y Japón. Ha pasado, en fin, de ser quien amuebló el hogar del pueblo a uniformar interiores en latitudes dispares, lo mismo en el trópico que en el glaciar. Hace años que Kamprad se estableció en Lausana (Suiza) y que la propiedad de IKEA reside en una fundación con sede en Holanda. De hecho, sus tres hijos (Peter, Jonas y Matthias) han tomado las riendas del negocio. Sin embargo, a través de un complejo tejido organizativo, controla su obra e impide que la compañía se desmembre o pase a manos de los competidores. En tiempos se le acusó de alcohólico, de simpatizante del nacionalsocialismo, de cómplice de la opresión de la mujer en los países árabes, de colaborar con quienes abusan de la mano de obra barata o de beneficiarse del trabajo infantil. Frente a tantas recriminaciones, su respuesta fue estimular la responsabilidad social corporativa de la empresa e insistir en un escrupuloso respeto al medio ambiente. Sólo se ha arrepentido públicamente de una cosa: su presencia en mítines nazis durante sus años de juventud. Fue el error más grande de mi vida se lamenta. Más información en: http: www. forbes. com