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62 40 FOTOBLOG SÁBADO 11- -8- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Valentina Astolfi Estudiante Los paisajes españoles menos típicos son los más bonitos Se enamoró de un español y decidió dar a luz a su hija en nuestro país IGNACIO SERRANO RUIZ MADRID. El destino hizo que Valentina tuviera que decidir su futuro en muy poco tiempo, pues su repentino embarazo la llevó a la mayor encrucijada de su vida. Conoció a su pareja, José Luis, un madrileño de 28 años, cuando éste viajó a Italia para estudiar un curso de la licenciatura de Ingeniería Agrónoma, que ella también está terminando. Al cabo de un tiempo, Valentina quedó encinta, lo que les planteó un comprometido dilema: ¿Quedarse en Italia, para cuidar a su bebé sin que ni ella ni su pareja tuvieran trabajo? ¿Abandonar su patria para tener más posibilidades de salir adelante, ya que su pareja sí tenía trabajo aquí? No había otra alternativa. Llegamos, creo yo, a la mejor conclusión, que fue vivir en España dice recordando aquellos ajetreados días. Ahora, con su pequeña Ariadna creciendo sana y su novio asentado en su trabajo en el Canal de Isabel II, está segura de que tomó la opción correcta. Una de las primeras cosas que le gustaron de nuestro país fueron los pasos que da la sociedad española para que vivamos en un mundo que acepte a todo tipo de personas Sin embargo, también asegura que en la piel de toro hay mucho más machismo que en Italia Aunque el lugar que más le ha gustado de nuestra geografía es una de las más típicas, Granada, sin ninguna duda asegura que deberíamos exportar otra imagen, que atrería más a la gente de otros países Los lugares menos representativos, como los acantilados gallegos, o las campiñas vascas, son mucho más bonitos que las conocidas llanuras castellanas o las playas del Mediterráneo afirma. Cualquier parte del norte, que es menos conocido, posée paisajes maravillosos, mucho más dignos de visitar AP Las Fuerzas Aéreas taiwanesas dicen sí al amor y no a la guerra Los miembros de las Fuerzas Aéreas taiwanesas no sólo han aprendido a dar el sí quiero a su profesión, sino también a sus novias, ahora ya esposas. Un avión de transporte C- 130 cambió por un día su bélico contenido para trasladar a 70 parejas hasta la base aérea de Hsinchu, en el noreste de Taiwán, donde tuvo lugar una boda masiva que hizo las delicias de los familiares y los curiosos presentes. En la imagen, un piloto besa a su novia momentos antes de la ceremonia delante de un avión con dos corazones enlazados en uno de sus costados, ofreciendo una romántica escena poco habitual en un centro militar Fernando Castro Flórez Una mierda V uelvo, en mi despiste mayúsculo, atrás, a un recuerdo. Sucedió en Saint Louis, aunque yo, descarriado, creí que estábamos llegando a New Orleans. En cualquier caso, terco como soy, me puse a buscar, en internet, un club de jazz para mentalizarme como si estuviera en el profundo Sur. Nos hemos acicalado y perfumado como mandan los cánones. Dispuestos a arrasar la ciudad o, por lo menos, a dejarnos la pasta en el intento. Quería llegar al local de marras en limusina. Como el hotel es bastante cutre no he tenido mejor idea que decir al chófer que nos espere en la puerta de otro de mayor solera a tan sólo dos manzanas. En buen momento se me ocurría tamaña estrategia camufladora. Apenas había dado cinco pasos, cuando pisé algo siniestramente blando: una mierda de tremendas proporciones. Uno de mis zapatos de tafilete, comprados cerca de Piazza Nabona, estaba horriblemente perjudicado. Comencé, como un profesional, a quitarme la inmunda sustancia en la acera cuando apareció una señora de edad provecta que empezó a increparme. Mencionó todo lo que pudo, en plan metralleta, desde el es- tatuto de la propiedad privada al delito ecológico, de Al Gore a la maldita presencia de los hispanos hasta que, viendo que yo no cejaba en mi empeño de desprenderme de la repugnancia, pasó a mayores y me propinó un empujón propio de un jugador de fútbol americano. Esa fue la gota que colmó el vaso: me quité el zapato infecto y lo lancé, en plan quaterback, al jardín del que había salido aquella demente parlanchina. Descalzo, como Moisés, llegué hasta la negra limusina y entonces recibí el definitivo bofetón: el fornido conductor se negó en redondo a llevarme de esa guisa, con un solo zapato y, según afirmó, con un calcetín asqueroso He visto luminarias del mundo mundial, sin ir más lejos Rajoy, en situaciones mucho más indignas en lo que a cobertura del pie se refiere. No quiero quedar como pretencioso pero tampoco como un analfabeto con tendencia macabra a pisar lo más sórdido que en la calle está sedimentado. Algo he aprendido de Barthes, aunque sea poco o únicamente que el saber tiene que dejar buen sabor. Traigo conmigo pocos pero doctos libros juntos, entre otros las lecciones que el autor de Mitologías dictara en el Collège de France entre 1977 y 1978 dedicadas el peliagudo tema de cómo vivir juntos De regreso al hotel, sorteando los restos todavía frescos, fantaseo con una vida anacorética sin perros ni señoras furibundas ni conductores enfermos por la higiene. Leo, con la mente espongiforme, una nota sobre la etología: el territorio no es solamente defendido, tambien es señalado (el hipopótamo jalona su territorio con excrementos) De allí dos funciones de la clausura (en su relación original con el territorio) de protección, de definición No pienso salir no sea que encuentre lo que no busco.