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60 40 www. abc. es cuarentagrados JAVIER CORTIJO SÁBADO 11- -8- -2007 ABC Cinecittà Arde la trattoria de sueños Un cortocircuito dio un buen susto a la comunidad cinéfila más nostálgica. Sin embargo, los fantasmas de Fellini, Visconti o Rossellini soplaron con fuerza para apagar las llamas de los estudios más legendarios de la vieja Europa no quemado (ahora, nunca mejor dicho) Como todo buen mausoleo italiano, Cinecittà pasó de vergel paradisíaco a jardín de piedra en múltiples ocasiones a lo largo de sus 70 años de vida. Mirando hacia atrás con nostalgia, digamos que los estudios más míticos de la historia del cine europeo (y, junto con los mexicanos Churubusco, casi del cine mundial exceptuando el planeta Hollywood) tampoco tuvieron unos inicios demasiado fáciles. La industria italiana había vivido su primera edad de oro con sus superproducciones mudas, sucumbiendo como todo el cine europeo a la increíble musculatura del estadounidense. Así que, a falta de pan creativo, buenas son tortas propagandísticas, por lo que Mussolini puso un ojo en los estudios UFA alemanes y, el 26 de enero de 1936, colocó la primera piedra de un complejo situado en la vía Tuscolana, a nueve kilómetros de Roma. Quince meses más tarde, el 28 de abril de 1937, se inauguraba la ciudad del cine aunque en sus primeros años de vida lo que brillaba no era el Séptimo Arte sino la camisa negra del Duce. Pese a todo, y aunque no tuviera una Leni Riefenstahl que llevarse a la boca, la producción cinematográfica subió como la espuma. De las 19 películas rodadas el año de su inauguración se pasaron a 58 en 1938, 88 en 1939, 82 en 1940 y 90 en 1941. Una media más que digna, sobre todo por los cañonazos de la Segunda Guerra Mundial que le tocó sufrir como banda sonora. Precisamente el fuego empezó a coquetear con Cinecittà en el 40 (el mismo año en que Rossellini rodó La nave blanca una de las cumbres del cine fascista) cuando un incendio destruyó buena parte de su imperio. Las llamas, y los bombardeos sobre Roma, dejaron en los huesos al estudio, reciclado en campo para refugiados al tiempo que el solomillo de su material se trasladaba a Venecia. Afortunadamente, no se hundió sino que salió a flote pasadas guerras, dictaduras y demás fantasmas. Había nacido el Hollywood del Tíber. Y es que el cine americano estaba dispuesto a tirar la casa por la ventana sin reparar en gastos ni viajes para localizar in situ sus superproducciones megalómanas. Películas como Elena de Troya Guerra y paz Ben Hur y, sobre a penúltima vez que saltó a los teletipos no fue para anunciar un rodaje ni algún fasto u oropel cuajado de estrellas, sino para algo mucho más mundano: la presentación de las impresionantes motos de Suzuki para el año que viene. Más de uno pensó que si Ben- Hur hubiese pillado alguna de esas máquinas se hubiese ahorrado unos cuantos latigazos de Masala. Sin embargo, el sentimiento que recorrió la columna vertebral de la cinefilia fue el de una amarga derrota largamente anunciada. El olor a celuloide dorado y fresco de antaño había sido eclipsado de un plumazo por el pestazo a neumático, o a cuer- L Éxito en la producción El filme Amarcord de Fellini (en el centro de la imagen) tuvo lugar en los decorados de Cinecittà ABC