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60 40 FOTOBLOG JUEVES 9- -8- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Marina González Diseñadora Nunca olvidaré haber estado cerca de Atocha en el 11- M Le encanta la variedad de obras de arte que hay en España RAQUEL RINCÓN MADRID. En 2002 Marina se aventuró a dejar Argentina para encontrar en España nuevos horizontes Ahora trabaja como diseñadora y, aunque durante cinco años ha vivido multitud de momentos imborrables, el que se grabó en su memoria fue el trágico día del 11- M. Nunca olvidaré haber estado cerca de Atocha y cómo mi familia trató de localizarme por si había ocurrido algo Más allá de recuerdos negativos, Marina reconoce que no le costó demasiado adaptarse a España, pues culturalmente estamos emparentados sin embargo, admite que a su llegada le sorprendió que en las cafeterías españolas se acostumbre a comer en la barra y dejar en el suelo una montaña de palillos, servilletas, huesos de aceituna y colillas Es más, se muestra encantada ante la implantación de la ley antitabaco, pues durante un tiempo pensó que España era el país donde más se fumaba del mundo La primera impresión que Marina tuvo de los españoles fue que son muy directos a la hora de comunicarse. ¡Parece que están enfadados! exclama con una sonrisa. Pero, pasado el tiempo, la argentina reconoce que no sólo se sintió bien recibida sino que España resulta especial gracias a cada paisaje y cada pueblo Es impresionante lo bien conservados que están los monumentos y poder encontrarse obras de Dalí, Picasso y Gaudí a cada paso afirma con contundencia. Frente a estas veleidades se muestra más disconforme con las corridas de toros y los precios desorbitados de la vivienda. Marina se despide risueña no sin antes confesar lo gracioso que le resulta que amigos españoles imiten su acento, porque ¡ponen la entonada y todo! AFP El puente de Santiago Calatrava en Venecia, recibido con protestas El arquitecto español Santiago Calatrava sigue levantando polémica, esta vez gracias a su último proyecto, un puente en Venecia. El ensamblaje del arco central del que será el cuarto puente sobre el Gran Canal comenzará en los próximos días. El paso en barco de esta estructura discurrió ayer por los canales venecianos, cerrados por unas horas a las célebres góndolas. Decenas de venecianos y turistas recibieron con expectación, pero también con fuertes críticas, abucheos y pancartas, la obra del valenciano, debido al elevado coste del proyecto, su utilidad y el impacto sobre la histórica ciudad Fernando Castro Flórez Springfield M e cae la bronca del siglo. Resulta que llevo todo el día sesteando en el coche, dándole con furia al ronquido, sin pestañear. Caparrós me acusa de ser un cutre y no tener respeto al paisaje Acaba de parar y me da la sensación de que estamos en un territorio heideggeriano: tierra de nadie. Según parece ha dejado atrás maizales sin cuento y está, no lo oculta, hasta los cojones. Le digo que no sea capullo, que no estaba pasando de todo sino que me entregaba a una profunda meditación, a la manera del zen- hippie. He citado, una de mis manías, a Pamela Anderson, la siliconada vigía de la playa: No me gusta pensar, porque cuando pienso me da miedo Mis patéticos argumentos le han dejado desarmado. A paso monja ha seguido carretera adelante. Hemos llegado, en un santiamén, a Springfield. ¡Para macho, que de aquí son los Simpson! En su anterior viaje por la Route 66, Paco ya preguntó aquí por la verdadera familia nuclear y recibió la más gélida de las respuestas. Resulta que hay una docena de springfields en los Estados Unidos. El de Homer, según los eruditos de la serie, está en Kansas, cosa que aprendieron cuando aquel cafre quiso ir caminando hasta Alaska. Nosotros tendremos también que cruzar, además de esta sórdida ciudad de Illinois, otra con el mismo nombre en Missouri. Decepcionado en mi mitomanía toponímica he rememorado a una abuela cubana que hacía ritos de mutilación de la familia Simpson en La Habana, mezclando los rituales yoruba con el puro y simple delirio. Coleccioné, hace años, toda clase de fetiches de esos dibujos proto- punks, desde la cartilla escolar de Bart a un diente de leche de la pequeña que no abandona el chupete ni a tiros. Si Camus llegó a decir que todo lo que sabía sobre ética lo había aprendido en el fútbol, yo me atrevo a pregonar, urbi et orbe, que no hay otra escuela de la parodia artística superior a la que Matt Groening ha montado. En la película que acaban de lanzar, Homer trabaja en el techo de su casa, junto a Bart y, patoso profesional, se mete el martillo en el ojo o lanza un container de mierda de cerdo en el lago generando la gran catástrofe ecológica. Springfield, el verdadero, esto es, el que está dibujado con intensos colores amarillos, es una alegoría de nuestra época esquizofrénica. Nos columpiamos entre la banalidad pantanosa del reality show y la paranoia de los atentados suicidas ubicuos. Es lógico que aíslen la ciudad atópica dentro de una campana de cristal. Sus sarcasmos son, en realidad, nuestro reflejo especular. Paramos en un motel cuasihitchcockiano en el que están dispuestos, lo juro, a dejar gratis las habitaciones. Me dan un par de toallas mojadas y una pastilla de jabón. Asomo la cabeza, temeroso, y compruebo que el cuarto de baño está vivo. Ahí no hay quien entre sin escafandra. Salgo, de puntillas, a dormir en el carro, bendito Manolo Escobar, y me encuentro que Caparrós ha tomado la delantera.