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ABC JUEVES 9 s 8 s 2007 Tribuna Abierta OPINIÓN 7 Javier Rupérez Embajador de España El tiro de Otegui, que destrozó las entrañas de Gabriel Cisneros, ha cobrado hoy formas metafóricas pero no menos reales para destrozar la sustancia de nuestra convivencia UANDO el coronel de la Guardia Civil Tejero ocupó violentamente el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981, sus secuaces y él mismo dispararon repetidas veces las armas que empuñaban, provocando la lógica conmoción en los diputados que ocupábamos el hemiciclo y en los invitados y periodistas que desde la tribuna contemplaban la sesión. Unos y otros, congregados en la Carrera de San Jerónimo para participar en la que hubiera debido ser la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno, apenas necesitamos del infame grito del golpista- ¡todos al suelo! -para encontrarnos rápidamente agachados. Sólo Adolfo Suárez y Manuel Gutiérrez Mellado- -dispuestos a morir de pie si necesario fuera- -y Santiago Carrillo- -cuya averiada columna vertebral no le permitía ejercicios de flexión- -fueron excepción a la regla. Algunos diputados de UCD, que se encontraban en escaños vecinos al de Gabriel Cisneros, quisieron emular el ejemplo del todavía presidente del Gobierno y de su vicepresidente y ministro de Defensa y desafiar la grosera orden del bigotudo del tricornio. Cisneros vivamente les desaconsejó que lo hicieran, argumentando con el peso de su experiencia: No os podéis imaginar el daño que hace un tiro En sus últimas semanas de vida, cuando Gaby respondía a las preguntas que sus amigos más próximos le dirigían, interesándose por su estado, la respuesta era invariablemente la misma: No, no estoy bien, no sé si podré vencer al cáncer, pero sobre todo lo que me duele todavía es el tiro, el tiro de Otegui El dolor al que se refería no era figurado o simbólico- -que seguramente también- sino uno muy real: el derivado de la herida de bala que le causaron los terroristas de ETA a principios del mes de julio de 1979 cuando, escapando a su acecho, logró evitar que le secuestraran. Tenía Gabriel Cisneros razones suficientes para pensar que el autor material de los disparos- -aunque luego la Audiencia Nacional estimara lo contrario por falta de pruebas- -era Arnaldo Otegui Mondragón, ya entonces, a pesar de su juventud- -apenas cumplía los veinte años- conocido miembro de la banda terrorista. Unos pocos meses después, el 11 de noviembre de 1979, yo mismo fui secuestrado por la banda terrorista vasca. Tengo también razones suficientes para pensar que mi secuestro fue el que los terroristas no pudieron consumar con Cisneros, y quesus autores fueron los mismos que con él lo habían intentado unos meses antes, con Arnaldo Otegui Mon- EL TIRO DE OTEGUI C len dar puntada sin bala. En las declaraciones ante la Policía de algunos de los participantes en mi secuestro se narra con todo detalle quiénes fueron los autores del mismo. También las características dela pistola quesirvió para amenazarme y que seguramente unos meses antes casi acabó con la vida de mi amigo Gabriel Cisneros. Y dragón a la cabeza- -aunque años más tarde la Audiencia Nacional estimara asimismo no contar con pruebas suficientes para establecer la autoría del delito- Antes del 79, cuando lo de su tiro y lo de mi secuestro, tenía por Gabriel Cisneros amistad trabada en la común tarea política, admiración y agradecimiento por sus esfuerzos constitucionales, un punto de envidia ante su rutilante y barroca capacidad estilística y mucha afición compartida en torno al cine y a la literatura. Después del 79, después del tiro y del secuestro, tuvimos los dos razones para sentirnos parte de una fraternal cofradía del sufrimiento donde los elementos comunes eran ETA y Arnaldo Otegui Mondragón. ueron muchas las conversaciones que mantuvimos sobre nuestras respectivas experiencias. A lo largo de los años, con ocasiones varias, algunas de ellas derivadas de la publicación en 1989 del relato de mi secuestro y del acompañamiento que Gaby quiso prestarme a la hora de presentar el libro en varias capitales españolas, nos dirigimos repetidamente la misma pregunta: ¿qué es mejor, ser secuestrado o lograr evitarlo, aún a costa de ser gravemente herido en el intento? Nunca llegamos a conclusiones definitivas porquelos dos, mejor que nadie, comprendíamos la brutalidad de la alternati- F va. Yo sobreviví como pude a la vesanía del secuestro, temiendo quelashoras ylosdíasdelatortura no tuvieran otro final que la muerte, pero escapé con el cuerpo y con la mente íntegros. Gabriel, a veces, lamentaba no haberse dejado secuestrar. En efecto, fueron tales los dolores, tales los sufrimientos que durante tanto tiempo- -hasta el momento de su muerte- -le había producido el tiro de Otegui, que cualquier otra alternativa le hubiera parecido más llevadera. Yo mismosentí la tentacióninversaeincluso llegué a decírselo a mis secuestradores: ¿por qué nome disparanuntiroen larodilla- -práctica muy extendida en aquellos momentos entre los belcebúes de la metralleta- -y me dejan salir? Cualquier cosa mejor que aquella infamia. A la postre, y en la medida de lo posible, a los dos nos guiaba el firme propósito de superar nuestros respectivos y paralelos infortunios- -tantos otros en parecidas circunstancias ya no lo podían contar- -bien que en el fondo de mi corazón quedara un sentimiento confuso e incluso un punto culpable. Había escapado con relativo bien deunaterribleexperiencia mientras que Gabriel Cisneros, que la pudo evitar por muy poco, luego tendría que sufrir durante toda suvidalas secuelas delabalaasesina. Porque no era una bala de aviso o de fogueo, era una bala con voluntad mortal. El tiro fue certero. Los terroristas no sue- si bien se mira, el tiro que tanto sufrimiento le produjo no ha dejado todavía de retumbar en nuestros oídos con resonancias tenebrosas. El tiro de Otegui- -de quien sus amigos dicen no tener otro currículum vitaequesu propiohistorialdelictivo- -parece haber cobrado otras e inesperadas trayectorias. No es sólo que el presunto- -dejémoslo así- -autor material de la agresión se haya convertido, en el decir de algunos, en hombre de paz. Es también, según cuentan, que el fisco español estaría dispuesto a retribuir con 1.500 euros mensuales durante diez años a los pistoleros de la banda en el caso de que decidieran dejar de matar; que mediadores internacionales, allí donde siempre se mantuvo que la única internacionalización del tema era la cooperación para acabar con el terrorismo, participan en las conversaciones para solucionar el conflicto que algunos dicen tener con España; que se barajan por parte de responsables oficiales u oficiosos fórmulas inconstitucionales y abiertamente entreguistas en una negociación que no está abonada ni por la historia, ni por la política ni por la voluntad de los españoles; que se buscan con Irlanda del Norte y con los obscuros representantes desu republicanismonacionalista paralelismos inexistentes con el País Vasco y con España; que prelados españoles albergan en sus domicilios a curas trabucaires del Ulster, conocidos avalistas de la violencia durante decenios practicada por el IRA; que, en un delirio deexasperaciónclerical nacionalista, se pretende convocar al Vaticano para certificar los acuerdos que contienen el precio a pagar por la sangre de los inocentes... El tiro de Otegui, que destrozó las entrañas de Gabriel Cisneros, ha cobradohoy formas metafóricas pero no menos reales para destrozar la sustancia de nuestra convivencia. Y no es sólo la memoria de Gaby, a quien seguramente Dios ya tiene en la Gloria en la que él tan fervientemente creyó, sino la de todos los que como él han sufrido el acoso de los terroristas, y la de todas las generaciones de españoles que han trabajado para construir un país en libertad y en democracia, la que merece un recordatorio permanente y un permanente compromiso: no tenemos que pagar ningún precio por nuestra libertad. Pese lo que les pese a los que disparan tiros y a sus cómplices.