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74 40 RICOS SOLEMNES MIÉRCOLES 8- -8- -2007 ABC Un príncipe de las mil y una noches PAULA ROSAS n pleno desierto arábigo, alejado varios kilómetros de cualquier carretera y junto a un exuberante oasis, existe un lugar donde se cumplen los deseos. Un lugar de cuento, donde un príncipe del desierto recibe, sentado entre cojines de seda y tupidas alfombras persas, a sus súbditos en apuros. Los campesinos, obreros, pastores o carpinteros, 500 de ellos, o tal vez 700, o incluso 1.000, esperan pacientemente durante horas a ser recibidos por el generoso príncipe. La visita durará apenas unos Alwaleed bin Talal segundos, en los que tendrán tiempo para explicarle brevemente sus cuitas económicas y dejarle, escrito con la esmerada letra de aquéllos que apenas saben escribir, un papel con la historia de su desgracia. Y, lo más importante, con la cantidad exacta que necesitan para poner en orden su vida. Casi con toda seguridad, el príncipe atenderá sus plegarias económicas, y alguno de ellos incluso saldrá esa misma noche con ese pequeño- -pero tan necesitado- -tesoro en sus bolsillos. El príncipe Alwaleed, sobrino del rey Abdalá y nieto del fundador de Arabia Saudí, Abdelaziz al Saud, se refugia a menudo en este campamento creado en pleno desierto para huir de la estresante vida de Riad. Un lugar para relajarse y pensar. Pero Alwaleed nunca deja de trabajar. Equipado con televisión por satélite, teléfonos y ordenadores, el príncipe ha convertido el desierto en una prolongación de su oficina, donde recibe a líderes, empresarios y amigos. El lujo siempre ha acompañado a Alwaleed desde su nacimiento en la cuna de la familia real saudí. Pero su fortuna de más de 20.300 millones de dólares se debe única y exclusivamente- -o al menos eso dice él- -a su buen ojo y pericia en los negocios. Un modesto primer préstamo de su padre de 30.000 dólares cuando tan sólo tenía 22 años, y los 400.000 que el banco le dio al hipotecar la mansión que había recibido como regalo de su progenitor, fueron suficientes para iniciar su andadura en el incierto mundo de la inversión. Nacido en 1955, Alwaleed llegó a ser presidente de su propia compañía a los 14 años y multimillonario a los 31. Lo que sucedió en los 17 años intermedios le ha valido al príncipe saudí el apelativo del Warren Buffet árabe Su primer golpe de suerte se lo dio Citicorp, ahora conocido como Citigroup, el mayor banco del mundo. En 1991, Alwaleed invirtió 790 millones de dólares en la entidad, que por aquellos entonces pasaba por uno de sus momentos más bajos. Hoy sus acciones se valoran en unos 8.000 millones de dólares, casi un mil por cien de lo que invirtió. Precisamente, su buen olfato a la hora de detectar empresas subestimadas por el mercado ha sido su mejor herramienta a la hora de hacer negocios. Y, aunque resulte extraño tratándose de un príncipe saudí, su fortuna no procede de los petrodólares. A Alwaleed le gustan los hoteles. Los hoteles elitistas y lujosos, para ser más específicos. Tiene participaciones, algunas de ellas bastante jugosas, en la cadena Four Seasons, en Mövenpick, en el hotel Plaza de Nueva York, en el Savoy de Londres... También en empresas de nuevas tecnologías, telefónicas o inmobiliarias. En fin, todo lo que da dinero. Vegetariano confeso y bebedor compulsivo de Pepsi Light, el príncipe Alwaleed es, además, un buen musulmán. Reza cinco veces al día, sin importarle dónde esté, ya sea en una pista de esquí en los Alpes franceses o navegando en el Mediterráneo en uno de sus fabulosos yates. Y, como buen musulmán, dar limosna se ha convertido para él en una obligación de 100 millones de dólares anuales. En 2005, las universidades de Georgetown y Harvard recibieron de Alwaleed una donación de 20 millones de dólares para crear centros de estudios islámicos. Unos años antes había hecho lo propio con la Universidad Americana de El Cairo y la de Beirut, esta vez para crear departamentos de estudios americanos. Algunos han tachado estas donaciones de apostolado del islam, aunque él siempre ha defendido que su obsesión es ayudar a forjar puentes de entendimiento entre Oriente y Occidente. Aunque parece que sus cuentas no siempre están claras. El semanario británico The Economist puso en duda hace unos años el éxito como inversor de Alwaleed, y levantó algunas sospechas sobre el origen de sus ingresos. Incógnitas que no han mermado, no obstante, la popularidad de Alwaleed en los parqués de medio mundo ni su país, donde es considerado un triunfador. Príncipe por partida doble. E Apostalado del islam Su fortuna de más de 20.300 millones de dólares se debe a su buen ojo y pericia en los negocios El príncipe ha convertido el desierto en una prolongación de su oficina, donde recibe a líderes de todo el mundo El príncipe saudí Alwaleed bin Talal, una fortuna árabe al margen de los petrodólares REUTERS Más información en: http: www. forbes. com